El Sínodo: una valoración de las peripecias

Por el Dr. Juan Pablo Espinosa Arce, profesor de Teología en la UC Chile

La RAE define el concepto de “peripecia” como “[un] cambio repentino de situación debido a un accidente imprevisto que altera el estado de las cosas” (acepción 1) y también como “[un] accidente imprevisto o cambio repentino de situación” (acepción 2). A partir de estas dos acepciones a la mencionada palabra quisiera pensar cómo el Sínodo sobre la sinodalidad supone en el pueblo creyente una valoración de las peripecias.

Las peripecias hablan de un camino que tiene determinados tropiezos, fracturas en el terreno, imposibilidades surgidas por un imprevisto, situaciones que complejizan un trayecto determinado. Las peripecias, con ello, no están en la lógica de un camino liso, sino que muestran y nos hacen tomar conciencia de un camino texturizado. El punto es que para autores como Byung-Chul Han[1] lo liso es un imperativo que domina nuestra época social, técnica, política y cultural y que suprime toda forma de negatividad. Lo liso no acepta la peripecia, porque la peripecia es un camino problemático. El problema o lo negativo, según la perspectiva de Han, impide el rendimiento, la productividad acelerada o la dominación inmediata ya que supone un retardarse o la emergencia de una pregunta.

El Sínodo ha tenido sus peripecias. Obispos, clero, religiosos y laicos en diferentes latitudes han declarado que la Iglesia se encuentra en sede vacante, que las reformas de Francisco no van en sintonía con el Evangelio ni con la tradición. Otras voces se han levantado criticando el mismo Sínodo, sobre todo por sus dinámicas de escucha universal y de puesta en común de sendos temas de relevancia para la Iglesia toda. Es interesante, con ello, ver cómo un proceso de maduración espiritual, pastoral, eclesial, teológica y humana tiene de tropiezos. No ha sido un camino liso, sino que las peripecias se han ido presentando y, a pesar de ellas, el Sínodo ha continuado caminando.

Y el Sínodo tiene y tendrá sus peripecias. En el tiene podemos aventurar: no llegar a acuerdos inmediatos sobre algún punto, las buenas y sanas discusiones dentro del aula sinodal, reconocer que el Sínodo se está realizando en medio de la crisis de los abusos. Todo esto hace que el acontecimiento eclesial sea peripatético, es decir, que se mueva, que tropiece, que caiga y que vuelva a levantarse. Y tendrá sus peripecias, porque después de que el Sínodo concluya con la última sesión y la publicación de su documento conclusivo viene el tiempo de leer, recepcionar y poner en práctica lo dicho, vivido y escuchado en el Sínodo. ¿Qué peripecias serán las que vendrán? Eso lo dirá el futuro.

Quisiera quedarme con un punto que es clave. A pesar de las peripecias del Sínodo, que son naturales en todo proceso humano ya que lo humano se evidencia justamente en las peripecias, el Espíritu de Dios es aquel que está acompañando el Sínodo. En el Instrumentum Laboris se le llamó “el protagonista del Sínodo”. Si la Iglesia no confía en que el Espíritu sopla y habla a las comunidades (Ap 2,17) todo el trabajo será en vano. Hay que dar espacio al Espíritu, a su fuerza transformadora y creativa, porque ese Espíritu está caminando con nosotros y nosotras en las peripecias, no al margen de ellas, no saltándoselas, sino que vinculándose con ellas. Ahí hay un proceso de discernimiento por realizar porque el Sínodo es, ante todo, una valoración de las peripecias.


[1] Byung-Chul Han (Pyong-Chol Han) ( Seúl , 1959 ) es un filósofo y ensayista surcoreano, profesor de la Universidad de las Artes de Berlín. Actualmente es profesor de Filosofía y Estudios Culturales en la Universidad de Berlín y autor de una docena de ensayos críticos sobre la sociedad del trabajo y la tecnología. 

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