[Editorial] Razones para reacercarnos a la política

Los lectores de SIGNOS podrían intuir que este editorial trataría de las elecciones presidenciales. Nadie podría saber si estas dejarían avances democráticos de valor. Nos atrevemos a plantearles que esto sí ha sucedido y les proponemos revisar las razones para decirlo y sacar algunas conclusiones desde nuestra perspectiva cristiana.      

Algo que vemos es que más personas discuten sobre el Perú; aún amigos escépticos han dado muestras de interesarse en la política institucional, que por años ha sido impresentable. Sin duda, han salido a la luz más muestras de la gravedad de muchos problemas; pero también, esperamos, la conciencia de que estos no son fatalidades insuperables.

Desde semanas previas a la primera vuelta, ¿no nos hemos politizado algo siquiera, y mirado de reojo la relación entre política y bien común? En todo caso, hay material nuevo para rediscutir cosas básicas, por ejemplo: que la política no es mala en sí misma, es una lucha de poder que puede producir mejores equilibrios sociales; que podemos tener representantes políticos superiores a los de estos 5 años; y que los jóvenes han percibido que hay políticos no corruptos. Esto no es poco.

Pasemos a mirar el proceso de la campaña, más allá de quién gane la presidencia, asunto no definido aún al escribir estas líneas. En ella, una realidad de nuestra larga historia nos volvió a golpear a la cara: los peruanos tenemos identidades diferentes. El lugar donde nacimos, sus idiomas, su espíritu, fueron decisivos en el momento de votar; no tanto por ideologías. Por eso debemos superar las actuales dualidades: la de costa – sierra se repitió idéntica como hace 5 años, el sombrero de Castillo, ahora de Sánchez, reveló que la diferencia étnica sigue entrelazada con la desigualdad social y que ellas son más sufridas por los andinos; el oriente sigue lejos, el racismo ha disminuido relativamente, pero los jóvenes de allá sienten una amenaza peor, la de la exclusión. Esto nos lleva a poner la desigualdad y la pobreza en relación con los riesgos de violencia en elecciones y en la vida social.

La violencia política está cambiando de origen, ojo. Ahora viene de más arriba y es más integral. Los trabajadores (hoy “los emergentes”) sólo pueden luchar individualmente para sobrevivir; en cambio, el presidente Trump se volvió símbolo mundial de la amenaza directa, no contra los comunistas, sino contra los sectores populares y, peor aún, contra los migrantes del sur. El cierre de la Agencia para el Desarrollo Internacional (USAID) fue su primera agresión a nuestros pueblos. Negó dinero para miles de programas de ayuda social. La segunda fue aprobar una política de seguridad para Estados Unidos que niega a toda Sudamérica tener la seguridad exterior en manos propias, como países libres. Ellos pueden intervenirnos por la fuerza militar cuando ellos se sientan amenazados. En su legislación no somos ya países autónomos.

Es así urgente que la juventud estudie y comprenda cómo funcionan nuestros países y el mundo.

Para que los peruanos puedan sentir suyos el gobierno y el Estado hay que reorientar políticas públicas claves, los dos candidatos están llamados a hacerlo. La lglesia los ha invitado por ser una cuestión más humana que política. Es más factible, además, porque ya no tendremos un Congreso que pueda ignorar a la sociedad civil.

Cuando el Papa León XIV contestó al presidente Trump que él no podía cambiar su misión, sólo afirmó que a él le toca lo suyo, alentar la fraternidad. Ese suyo es también nuestro: forjar más vínculos y tener más incidencia pública como sociedad civil; impulsar que este reacercamiento a la política no se pasme, sino que se plasme; y encontrar los mínimos comunes de unidad con la otra mitad de peruanos, para que no sea viable que nadie nos conquiste por su superioridad militar.

Editorial publicada en Signos N° 6 – junio 2026

Compartir Artículo

Compartir en Facebook
Compartir en Twitter
Compartir en Linkdin
Compartir en WhatsApp