En las últimas semanas, las noticias de los incendios forestales que estaban arrasando con miles de hectáreas de 22 de las 24 regiones del Perú nos puso en alerta. No se puede ocultar que, al inicio, la información sobre la magnitud y gravedad de estos incendios se propagó rápidamente por redes sociales, generando la indignación y preocupación de la población que comenzó a difundir lo que estaba ocurriendo.
Ante ello, la prensa -que atendía y priorizaba otros temas- recién puso énfasis en estos hechos que ya se venían registrando desde julio. Como consecuencia, 21 personas han perdido la vida y más de 360 incendios forestales se han reportado hasta la fecha. Comenzamos octubre y, pese a los esfuerzos, todavía siguen activos algunos.
Nuevamente, las zonas más afectadas son las rurales, especialmente nuestra Amazonía se ha visto como una de las más perjudicadas. Estos hechos, independientemente de cuál sea su origen revelan, de un lado, la pasividad y el ninguneo del Estado hacia los pobladores que viven en las zonas afectadas y, de otro lado, la ligereza con la que la opinión pública y los medios de comunicación atribuyen la responsabilidad de estos fenómenos a individuos aislados de esas regiones, siendo los mismos habitantes quienes se han ofrecido como voluntarios para contener los incendios a pesar de ni siquiera contar con los implementos y medidas de seguridad necesarios ante la inacción e indiferencia del Estado.
Todo ello mientras se tolera desde hace décadas que, en esa región, que ocupa el 60% de nuestro territorio, el manejo del agua, del oxígeno y de los bosques sean objeto de la acción depredadora de grandes empresas nacionales o internacionales, así como actividades humanas que buscan la expansión de la agricultura y, en algunos casos, cultivos ilegales a costa de la vegetación. ¿Cuándo entenderemos los más de 34 millones de peruanos que la Amazonía es única y sobre todo nuestra? Frente a esta problemática es importante encomiar y reconocer la solidaridad de los obispos de las zonas afectadas con los pobladores de la región, como es el caso del obispo de Chachapoyas, quien ha pedido tomar conciencia del cuidado de la madre tierra y de nuestra casa común para vivir en armonía.
Hace unos días apareció en los medios un artículo titulado “¿Qué debería hacer el Perú para efectivamente prevenir, responder y recuperarse de los incendios forestales en el mediano-largo plazo?” El autor del informe, Henrique Vale Costa, especialista internacional de incendios forestales, dice que esta situación no es nueva (infelizmente): 2000, 2005, 2010, 2016, 2020. En cada uno de estos años se han quemado en el Perú más de 150 mil hectáreas (GWIS, 2024). En las próximas semanas están pronosticadas lluvias. Los incendios se apagarán y la gran mayoría de los “comentadores de turno” se olvidarán del tema hasta el próximo año, cuando todo se esté quemando de nuevo.
Pero entonces, ¿qué deberíamos hacer? ¿Cómo se organiza un país para responder a un problema público? No es casual que los incendios forestales sean más frecuentes no solo en el Perú, sino en toda la región y diversas partes del mundo. Y es que, en las últimas décadas, el aumento de la temperatura en el planeta y el cambio climático han intensificado los incendios forestales que cada vez son más difíciles de controlar.
En resumen, necesitamos ser más proactivos y menos reactivos. El país necesita contar con una estructura nacional, permanente, especializada y con los recursos necesarios para mitigar el problema público todo el año, no solo en las semanas en las que existen una gran simultaneidad de incendios forestales que sobrepasan las capacidades de los recursos disponibles independientemente de ciclos políticos o institucionales. Ya lo ha venido repitiendo innumerables veces el papa Francisco. Recordemos que justo este mes se cumple un año de la publicación de la Exhortación Apostólica Laudate Deum, en la que Francisco reflexiona sobre la crisis climática y su impacto en nuestra casa común. El tiempo se agota. La solución está al alcance de todos nosotros, pongámonos manos a la obra.