«El mundo está, en efecto, lleno de peligros, y en él hay muchos lugares oscuros; pero aún hay mucho de bello, y aunque en todas las tierras el amor se mezcla ahora con el dolor, quizás crece aún más».
J.R.R. Tolkien, La Comunidad del Anillo
Por más sorprendente que pueda parecer, una de las reflexiones más profundas para pensar las elecciones presidenciales que vive hoy el Perú proviene de una frase pronunciada por Gandalf el Blanco en El retorno del Rey, la obra de J. R. R. Tolkien. Hace apenas unos días, el papa León XIV recuperó estas palabras en su primera encíclica Magnifica Humanitas dedicada a los desafíos éticos de la inteligencia artificial y de la sociedad contemporánea. La cita dice:
Otros males podrán sobrevenir, porque Sauron mismo no es nada más que un siervo o un emisario. Pero no nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza. Pero que tengan sol o lluvia, no depende de nosotros» (El Retorno del Rey, La Última Deliberación)
La escena en la que Gandalf pronuncia estas palabras es particularmente significativa. Los pueblos libres de la Tierra Media avanzan hacia una guerra que parece imposible de ganar. Están cansados, disminuidos, golpeados por las continuas batallas y conscientes de que quizá no vivirán para ver la victoria. No tienen garantías de éxito ni control sobre los acontecimientos. Sin embargo, siguen adelante.
La esperanza en medio de la última batalla
Vivimos tiempos de incertidumbre. La polarización política ha erosionado la confianza ciudadana. Las instituciones enfrentan niveles preocupantes de descrédito. La corrupción parece reaparecer una y otra vez bajo distintos rostros y colores partidarios. Las desigualdades persisten. Las promesas se acumulan mientras las esperanzas se desgastan. En medio de este panorama, no son pocos quienes sienten que su participación política tiene escaso valor o que nada cambiará, independientemente del resultado electoral.
Es precisamente en este contexto donde la enseñanza de Tolkien adquiere una fuerza inesperada. La tentación permanente de las elecciones peruanas es creer que la política es un asunto exclusivo de las élites, que las decisiones importantes ocurren lejos de la ciudadanía común y que los grandes empresarios, los dirigentes partidarios, los grupos de poder o los líderes mediáticos son quienes determinan realmente el destino de una nación.
Sin embargo, las democracias se sostienen sobre una verdad mucho más sencilla y poderosa: la historia también es moldeada por millones de actos pequeños realizados por personas ordinarias. Tolkien comprendía profundamente esta realidad; de hecho, toda su obra está construida sobre esa convicción. El destino de la Tierra Media no depende únicamente de reyes, guerreros o sabios, depende sobre todo de personajes aparentemente insignificantes: hobbits que aman los jardines, las comidas sencillas y la tranquilidad de sus hogares. Son ellos quienes terminan cargando el peso de la historia.
No es casualidad. Tolkien había vivido las devastaciones del siglo XX, había sido testigo de guerras, totalitarismos y crisis civilizatorias. Sabía que los grandes males suelen avanzar cuando las personas comunes renuncian a su responsabilidad moral. Pero también sabía que los cambios más profundos suelen comenzar cuando esas mismas personas deciden actuar.
Y es aquí donde me nace una intuición profundamente cristiana. En las lecturas bíblicas, Dios no suele transformar el mundo a través de los poderosos; por el contrario, elige pastores, pescadores, campesinos, viudas y extranjeros. El Reino de Dios comienza como una semilla diminuta: la levadura que transforma la masa es pequeña y casi invisible. Los milagros más importantes nacen de gestos cotidianos de fidelidad.
Por eso no me sorprende que León XIV haya encontrado en Tolkien una imagen adecuada para hablar de los desafíos contemporáneos. La política, entendida en su sentido más noble, comparte esta lógica espiritual. No exige héroes perfectos ni salvadores providenciales. Exige ciudadanos responsables.
Cuidar la democracia es un acto de amor
Desde diferentes áreas se puede hablar de ciudadanía activa o de corresponsabilidad, pero Tolkien hablaba de custodiar los campos que conocemos. Son lenguajes distintos para expresar una misma verdad: el mundo mejora cuando las personas asumen la responsabilidad de cuidar aquello que les ha sido confiado.
Es más, en palabras del Papa León XIV, “Hay situaciones en las que, para seguir siendo humanos, debemos abandonar las vacilaciones y tomar partido. Hay conflictos en los que no es justo permanecer neutrales y no basta pensar en “no ser cómplices”. Cuando nos enfrentamos a bombardeos contra civiles, a ataques contra hospitales, escuelas o infraestructuras vitales, a abusos que afectan a los niños, nos encontramos ante escándalos que hieren a la humanidad misma. Por eso no podemos quedarnos a nivel de análisis abstractos. Como recordó el Papa Francisco, debemos “tocar la carne” de quienes sufren: mirar los rostros, escuchar las historias, reconocer las heridas. Los acontecimientos dolorosos necesitan tanto de historia como de memoria: la una para tratar de relatar los hechos, la otra para dar testimonio de lo vivido”. (Magnifica Humanitas, 216)
En este sentido, votar puede entenderse también como un acto de amor al bien común. Un amor que protege lo valioso, piensa en las generaciones futuras y se niega a abandonar la esperanza incluso cuando las circunstancias parecen adversas.
Quizá por eso resulta tan significativa la reflexión final que León XIV añadió a la cita de Tolkien: “La civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces que hacen frente a la deshumanización” (MH, 213). Esta afirmación resume una de las enseñanzas más importantes tanto del cristianismo como de la obra de Tolkien.
“En el Monte del Destino caerá la perdición”
Las grandes transformaciones históricas rara vez comienzan con acontecimientos extraordinarios. Surgen de pequeñas fidelidades repetidas a lo largo del tiempo; de ciudadanos que siguen participando cuando sería más fácil retirarse; de personas que continúan creyendo en el bien común cuando el cinismo parece más rentable . Nacen de hombres y mujeres que comprenden que la esperanza no es optimismo ingenuo, sino una decisión ética.
Este domingo, los peruanos y peruanas enfrentamos una de esas pequeñas fidelidades. No resolveremos todos los problemas del país con una sola elección ni cambiaremos el mundo de manera instantánea. No controlamos todas las mareas de la historia. Pero sí podemos hacer aquello que nos corresponde. Podemos acudir a las urnas pensando en el país que amamos y votar recordando a quienes lucharon para que hoy disfrutemos de libertades democráticas. Podemos ejercer nuestro derecho con responsabilidad y con conciencia y hacerlo desde la convicción de que las generaciones futuras merecen recibir una tierra un poco más limpia para la labranza.