El fútbol es político: lo que este Mundial nos dice sobre el mundo

Cada cierto tiempo, cuando algún futbolista o aficionado opina sobre una guerra, una selección se arrodilla contra el racismo o un gobierno utiliza una victoria deportiva para alimentar el fervor nacionalista, reaparece una frase conocida: “No mezclen fútbol y política”.

La afirmación parece razonable. Sin embargo, la historia demuestra exactamente lo contrario: el fútbol nunca ha sido un territorio neutral. Los estadios, las selecciones nacionales, los himnos, las banderas y los grandes torneos internacionales forman parte de las disputas simbólicas del poder. El fútbol es político no porque alguien quiera convertirlo en política, sino porque siempre ha estado atravesado por ella.

El Mundial de Fútbol 2026, organizado por Estados Unidos, México y Canadá, está confirmando esta realidad con una claridad pocas veces vista. Lo que debía ser una fiesta global del deporte ha terminado revelando algunas de las contradicciones más profundas del mundo contemporáneo: el endurecimiento de las fronteras, la discriminación cultural, la crisis climática, la mercantilización extrema del deporte y el uso político de los grandes espectáculos internacionales.

Cuando la geopolítica entra al vestuario

La primera gran controversia ha sido la relacionada con las restricciones migratorias y los visados. El caso más emblemático es el de Irán. La federación iraní anunció una denuncia ante la FIFA debido a las dificultades que enfrentan jugadores, dirigentes y familiares para ingresar y permanecer en territorio estadounidense bajo las actuales restricciones impuestas por Washington. El problema no es únicamente administrativo, lo que está en discusión es un principio fundamental del deporte internacional: la igualdad de condiciones entre los participantes.

Cuando una selección debe preocuparse por limitaciones migratorias que otras no enfrentan, el terreno de juego deja de ser un espacio neutral. Los conflictos internacionales, las sanciones y las tensiones diplomáticas terminan condicionando la competencia deportiva. El Mundial deja de ser solamente un torneo de fútbol para convertirse en un escenario donde se expresan las jerarquías del sistema internacional.

Un Mundial para todos… pero no para cualquiera

Pero la cuestión va mucho más allá de Irán. Organizaciones de derechos humanos han advertido que numerosos aficionados procedentes de distintos países enfrentan obstáculos para asistir al campeonato. Paradójicamente, el mismo país que promociona el Mundial como una celebración de la diversidad global mantiene políticas migratorias que dificultan la movilidad de miles de personas.

La contradicción resulta evidente. Dentro de los estadios se celebra la multiculturalidad, fuera de ellos las fronteras continúan seleccionando quién puede entrar y quién debe quedarse afuera.

Quizá por ello, una de las imágenes más poderosas de este Mundial no sea un gol ni una celebración, sino la sensación de vigilancia permanente que atraviesa a muchas comunidades migrantes. Diversos colectivos han expresado preocupación por el impacto que los controles migratorios y las políticas de seguridad pueden tener sobre aficionados y residentes extranjeros. En un contexto global marcado por el ascenso de discursos nacionalistas y antiinmigrantes, el Mundial aparece también como un escenario donde se disputa el significado mismo de la ciudadanía y la pertenencia.

La batalla por el idioma

Otra polémica reveladora ha sido la relacionada con el idioma español. Diversos periodistas y medios denunciaron restricciones o limitaciones para formular preguntas en español durante determinadas conferencias y actividades oficiales. Más allá de las explicaciones administrativas, el episodio tiene una carga simbólica imposible de ignorar.

Resulta difícil imaginar un Mundial sin español. América Latina ha sido una de las principales constructoras de la cultura futbolística global. Argentina, Uruguay, México, Colombia y otros países han contribuido durante décadas a la historia, la pasión y el imaginario del deporte más popular del planeta. Además, una parte considerable de la población estadounidense habla español como lengua materna.

Por eso la controversia trasciende lo lingüístico. Lo que está en juego es “quién tiene derecho a ser escuchado”. En un contexto donde los discursos nacionalistas vuelven a ganar terreno, incluso las lenguas pueden convertirse en espacios de disputa y exclusión.

Cuando el negocio vale más que el juego

Desde hace décadas, la FIFA ha evolucionado desde una organización deportiva hacia una gigantesca estructura corporativa capaz de movilizar miles de millones de dólares. Las decisiones sobre calendarios, horarios, formatos y sedes responden cada vez más a criterios comerciales. Las pausas televisivas, la expansión constante del número de partidos y la búsqueda permanente de nuevos mercados muestran que el espectáculo se encuentra profundamente condicionado por intereses económicos.

En teoría, el fútbol profesional existe para servir al juego; en la práctica, con frecuencia parece ocurrir que el juego es adaptado para servir a la industria; como las “pausas de hidratación”, que se han convertido en una ventana para la publicidad. Por tanto, no deja de ser significativo que muchas de estas controversias tengan un elemento común: la lógica del negocio.

El balón nunca rueda solo

Quizá por eso el Mundial 2026 está resultando tan revelador. No porque haya introducido la política en el fútbol, sino porque ha hecho visible una relación que siempre existió. Desde las dictaduras que utilizaron campeonatos para legitimarse hasta los gobiernos democráticos que buscan capitalizar triunfos deportivos, pasando por conflictos diplomáticos, boicots, campañas contra el racismo o reivindicaciones de derechos humanos, el fútbol ha sido constantemente un espacio de disputa política.

La diferencia es que hoy las contradicciones son demasiado evidentes para ocultarlas detrás del espectáculo. El Mundial de 2026 nos muestra un mundo atravesado por fronteras más duras, nacionalismos renovados, desigualdades persistentes y una crisis ecológica cada vez más profunda. Nos muestra también cómo las grandes corporaciones deportivas intentan convertir esas tensiones en mercancía sin resolver las causas que las producen.

Por eso resulta insuficiente repetir que el fútbol debería mantenerse alejado de la política. El problema no es que la política haya invadido el fútbol. El problema es creer que alguna vez estuvo ausente.

Cada partido, cada bandera, cada visado denegado, cada idioma silenciado y cada pausa por calor extremo nos recuerdan una verdad incómoda: los estadios no están fuera del mundo. Son parte de él.

Y mientras el balón siga rodando sobre una tierra marcada por conflictos, desigualdades y disputas de poder, el fútbol seguirá siendo mucho más que un juego. Será también un espejo de nuestro tiempo.

Steve Privat Pérez
Coordinador del Proyecto
«Agroecología para una buena vida» – APTES

Compartir Artículo

Compartir en Facebook
Compartir en Twitter
Compartir en Linkdin
Compartir en WhatsApp