El que lloró con los pobres duerme entre los justos

Steve Warren Privat Pérez

La noticia de la muerte del Papa Francisco no solo pone fin a un pontificado; podría también marcar el cierre de una etapa en la que la voz moral de la Iglesia aún encontraba eco en el mundo. A los 88 años, Jorge Mario Bergoglio, el primer Papa latinoamericano, primero en llevar el nombre del poverello de Asís, ha muerto en Roma, dejando atrás un tiempo de reformas valientes, gestos simbólicos cargados de humanidad y discursos que supieron incomodar a quienes detentan el poder. Pero su partida no solo es una pérdida para el catolicismo, es una grieta en la arquitectura moral global. Es, tal vez, el desmoronamiento del último bastión visible de resistencia ética frente a la barbarie ecológica, económica y bélica que avanza.

Durante más de una década, Francisco habló de las periferias cuando el mundo centraba su atención en las bolsas de valores. Defendió y acogió a migrantes cuando los gobiernos construían muros. Habló de fraternidad cuando el algoritmo promovía la fragmentación y el odio. Denunció sin ambigüedades la “economía que mata”, el “colonialismo extractivista”, la “idolatría del dinero”, el “capitalismo desalmado” y la hipocresía de quienes privatizan la fe y politizan el miedo. Con una voz que venía del sur, abrazó a los descartados, enfrentó a los mercaderes del templo y soñó una Iglesia que no sea fortaleza sino hospital de campaña. Deja una herencia valiosa, y al mismo tiempo, una sensación de orfandad que sólo provocan quienes supieron estar cerca sin imponer.

Francisco no era ingenuo. Sabía que sus palabras y gestos eran incómodos que muchas veces, estas eran acogidas más por la prensa laica que por algunos obispos. Sabía que la “Iglesia en salida” que predicaba tropezaba con una curia envejecida y sectores eclesiásticos que preferían el incienso al barro. Pero también sabía que el tiempo era breve. Que había que hablar ahora. Gritar, incluso. Porque el mundo se le escurría a la humanidad entre los dedos. Lo dijo con todas las letras en Fratelli tutti: “La historia da señales de retroceso” (FT. 11). Hoy, esas señales se han vuelto truenos.

Su muerte deja a la Iglesia en un tiempo de vulnerabilidad. Vulnerable ante intentos de apropiación ideológica por parte de corrientes que, desde una religiosidad endurecida, que coquetean con la xenofobia, la homofobia y se acercan peligrosamente a discursos excluyentes, nostalgias de poder y lecturas del Evangelio más centradas en el enfrentamiento que en la compasión. La partida de Francisco deja, además, un espacio difícil de ocupar, su cercanía, claridad y profundidad espiritual ofrecían a muchos una referencia luminosa en medio de tiempos inciertos.

En este mundo en que las democracias se agrietan, los liderazgos autoritarios se fortalecen, las redes sociales dictan la opinión pública y las noticias falsas superan en velocidad a la verdad, la figura del Papa Francisco era una brújula en medio de la tormenta. En sus gestos, tan deliberadamente sencillos, tan escandalosamente humanos, muchos encontraron algo que el siglo XXI parecía haber perdido: un principio de esperanza. Francisco no hablaba desde el optimismo fácil, ni prometía soluciones inmediatas ni evangelios de triunfo. Lo que ofrecía era más exigente y más profundo: una esperanza nacida del compromiso concreto, del sufrimiento compartido y de la fidelidad en medio de la fragilidad del mundo.

Con su partida, se abre un tiempo de mayor incertidumbre. Porque su palabra y su testimonio ofrecían un contrapeso ético en medio de un mundo que, cada vez más, normaliza formas sutiles de exclusión y violencia. Hoy, las amenazas no llegan con botas ni uniformes, sino con discursos pulidos sobre eficiencia, seguridad y prosperidad. Llegan disfrazadas de neutralidad tecnológica, de nacionalismo económico, de promesas de orden que no siempre incluyen a todos. Visten el ropaje de la fe, pero olvidan el amor. Hablan de patria, pero olvidan la justicia. Prometen futuro, pero descuidan la humanidad.

Muchos miran hacia el norte, donde figuras como Donald Trump –con su influencia creciente sobre sectores religiosos conservadores– comienzan a construir una narrativa cristiana de poder, no de servicio; de superioridad, no de fraternidad; de cruzada, no de compasión. Con su ausencia, podrían intensificarse las tensiones sobre el rumbo de la Iglesia. Sin embargo, Francisco nos ha dejado una dirección clara, trazada con gestos y palabras que hoy siguen siendo faro. Nos recordó que ‘la Iglesia no es una aduana, sino una casa abierta’, y reafirmó con valentía: ‘prefiero una Iglesia accidentada por salir, que enferma por encerrarse’. Su testimonio no se apaga con su partida; sigue invitando, interpelando, y puede seguir inspirando caminos nuevos en medio de los desafíos del presente.

El humanismo, ese delicado puente entre la fe y la razón, entre el ser humano y su dignidad, agoniza lentamente. Lo que vivimos hoy es un déjà vu de los años oscuros del siglo XX, donde las respuestas simples a problemas complejos condujeron al desastre. Pero esta vez, el fascismo no necesita botas ni camisas negras. Le basta con redes sociales, discursos de odio, fronteras cerradas y una nueva idolatría del líder fuerte. La diferencia es que ahora el control ya no se ejerce solo con armas, sino con datos. No con el terror físico, sino con la vigilancia permanente.

En medio de este panorama, la Iglesia del tercer milenio está llamada a continuar el camino trazado por Francisco: encarnar el Evangelio en medio de la pobreza, abrazar la ecología integral, tejer una fraternidad sin fronteras. No como un programa político ni como una consigna ideológica, sino como una forma de vida fiel al mensaje de Jesús. Está llamada a ser semilla humilde en la tierra, paciente y fecunda, y también voz profética que acompaña los dolores del mundo, que denuncia las injusticias y anuncia la esperanza. El desafío no es menor, pero el horizonte es claro: caminar con el pueblo, cuidar la casa común y mantenerse abierta al soplo del Espíritu.

La historia juzgará. Pero los pueblos del sur, los descartados del mundo, los jóvenes que buscan sentido, los creyentes que aún confían en que la fe puede cambiar la historia, extrañarán su voz. Su voz suave y firme, su sonrisa cansada pero luminosa, su obstinación por el diálogo, su pasión por la justicia. En un mundo que se hunde, Francisco no ofrecía tablas de salvación individuales, sino el llamado a construir juntos una nueva arca. Su voz decía: “No hay salvación sin los otros”.

Hoy, su voz nos sigue acompañando. Y, si algo aprendimos de él, es que la muerte no es el final Sus palabras hoy, más que nunca, nos interpelan y nos sostienen:

“La muerte no tiene la última palabra, porque vivimos en la esperanza de la resurrección a la vida eterna en comunión con Cristo. La esperanza no defrauda. ¡El optimismo defrauda, la esperanza no!”

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