Por Steve Warren Privat-Pérez
En la vorágine de la vida moderna, comer parece haberse convertido en un acto automático, mecánico, casi inconsciente. Elegimos productos preenvasados, los metemos en el carrito, pagamos con tarjeta y seguimos con nuestras vidas. Pero detrás de cada alimento hay una historia, una cadena de producción, una serie de decisiones políticas, económicas y éticas. Comer no es una acción neutra. Comer es un acto político. La manera en que decidimos nutrir nuestros cuerpos habla de cómo entendemos el mundo, a quién le damos nuestro dinero, qué modelo económico sostenemos y qué tipo de sociedad queremos construir.
Por eso, urge salir del supermercado como espacio central de abastecimiento. Urge comprender que allí las cosas no están puestas de manera inocente: están diseñadas para seducirnos, para confundirnos, para hacernos desear lo que no necesitamos. El supermercado, como emblema del consumo masivo, es una puesta en escena donde reina la lógica del capital: eficiencia, volumen, margen de ganancia. Y en ese escenario, los alimentos son apenas mercancía, despojados de su historia, de su territorio, de sus vínculos con la tierra y con las personas que los producen.
Las góndolas no están ordenadas al azar. La música ambiental, la disposición de las frutas, la ubicación estratégica de los productos más rentables al nivel de los ojos, todo responde a un diseño meticuloso. El supermercado no es un espacio neutro, sino un teatro de operaciones de la industria alimentaria. En él, los productos con más márgenes de ganancia y mayor capacidad de seducción —envoltorios coloridos, slogans llamativos, promesas de salud rápida— tienen un lugar privilegiado. En cambio, los ingredientes básicos, muchas veces sin marca, sin lobby publicitario detrás, suelen quedar relegados a los rincones menos transitados.
Volver al mercado, entonces, no es una nostalgia bucólica, sino un gesto de resistencia. Volver al mercado es recuperar la relación directa con quien cultiva, cosecha, transporta y vende el alimento. Es mirar a los ojos a una persona y no a un código de barras. Es preguntar de dónde viene el tomate, cómo se cultivó la zanahoria, qué tipo de semilla usó el campesino. Volver al mercado es construir comunidad. Es salir del anonimato del hipermercado y volver al tejido social que sostiene la vida.
Comprar ingredientes, no productos con ingredientes, es otro pilar de este acto político. Un pan con tres ingredientes —harina, agua y sal— contrasta violentamente con los panes industriales que incluyen estabilizantes, saborizantes, conservantes, mejoradores de masa, azúcares ocultos y grasas de origen dudoso. Cada ingrediente agregado en la industria alimentaria responde a una lógica: alargar la vida útil del producto, reducir costos, estandarizar sabores, suprimir variabilidad. Pero también responde a otra lógica más siniestra: hacer que el producto se vuelva adictivo, que no podamos comer solo uno, que nuestro paladar se habitúe al sabor artificial y rechace lo natural.
Este proceso no es inocente. Los productos ultraprocesados son el núcleo de la dieta industrial globalizada. Se producen en serie, se distribuyen a escala planetaria, se promocionan con millones de dólares, y son responsables de epidemias silenciosas: diabetes, hipertensión, obesidad, enfermedades cardiovasculares. Comer productos ultraprocesados no solo daña el cuerpo individual, sino también el cuerpo social. Genera costos enormes en sistemas de salud, aumenta la dependencia de los pueblos a empresas transnacionales, debilita las economías locales y rompe los lazos entre las personas y sus territorios.
La agroecología emerge como una alternativa ética, política y técnica frente a este modelo depredador. Hablar de agroecología no es solo hablar de una forma de producir sin agrotóxicos. Es hablar de una cosmovisión distinta, donde la tierra no es un insumo, sino un ser vivo; donde la semilla no es una patente, sino un legado; donde el trabajo no es explotación, sino colaboración con la naturaleza. Elegir alimentos agroecológicos es elegir una economía de cuidado, donde el productor no envenena su cuerpo ni el suelo, donde el consumidor se alimenta con confianza, y donde se regeneran los ecosistemas dañados.
Asimismo, comer libre de trabajo esclavo es una urgencia moral. En las cadenas de producción industrial, especialmente en la agricultura intensiva, se esconde una realidad invisibilizada: jornaleros explotados, trabajadores sin derechos, migrantes sin papeles sometidos a condiciones laborales infrahumanas. Los tomates perfectos que brillan en la góndola pueden haber sido cosechados por manos exhaustas, en campos donde el derecho laboral es una entelequia. Lo mismo ocurre con la caña de azúcar, el café, el cacao o los cítricos. La industria alimentaria ha perfeccionado la capacidad de ocultar el sufrimiento humano detrás de empaques brillantes.
Frente a este panorama, la pregunta es: ¿qué podemos hacer? ¿Cómo transformar nuestra manera de comer en un acto consciente, justo y político?
Primero, reconociendo que no hay consumo inocente. Cada moneda que gastamos en alimentos es un voto. Votamos por el modelo de agricultura que queremos sostener, por el tipo de relaciones laborales que avalamos, por el trato que consideramos digno hacia los animales, por el paisaje que queremos preservar o degradar. Comer no es solo nutrirse: es tomar posición en las disputas del mundo contemporáneo.
Segundo, hay que recuperar la cocina como espacio de soberanía. Cocinar como un acto revolucionario. En tiempos donde todo nos empuja a la velocidad, al delivery, al “listo para consumir”, cocinar desde ingredientes simples es una forma de desacelerar, de reconectarnos con el tiempo, con la materia, con el sabor real de los alimentos. Cocinar es un arte, pero también un derecho. Y como todo derecho, requiere condiciones: tiempo, conocimiento, acceso a ingredientes sanos, infraestructura adecuada. Por eso, la lucha por una alimentación digna también es una lucha por condiciones de vida justas.
Tercero, es necesario fomentar redes de distribución alternativas. Las ferias agroecológicas, los bolsones de productos campesinos, las cooperativas de consumo, los mercados itinerantes, las compras comunitarias: todos son espacios que resisten la lógica del supermercado. Son espacios donde se reconstruye la relación entre productor y consumidor, donde se paga un precio justo, donde se habla cara a cara. Estos espacios no solo venden alimentos: construyen ciudadanía.
Cuarto, debemos exigir políticas públicas que garanticen el derecho a una alimentación saludable, soberana y sustentable. El acceso a alimentos sanos no puede ser un privilegio de clase. Hoy en día, en muchas ciudades, comer mal es más barato que comer bien. Eso no es una elección individual, sino una estructura de injusticia. Se requiere una transformación profunda de los sistemas de subsidios, de la distribución de tierras, de la educación alimentaria, de los sistemas de compras estatales. La escuela, el hospital, el comedor popular deben ser lugares donde se enseñe y practique otra forma de comer. Una que respete al cuerpo, al ambiente y a quienes producen.
Por último, hay que disputar el relato cultural. Durante décadas, la industria nos ha vendido una imagen de progreso asociada al supermercado, a los productos ultraprocesados, a las marcas globales. Reivindicar la comida local, los saberes culinarios ancestrales, las “recetas de la abuela”, los ingredientes que no vienen en caja ni en sobre, es también un acto de rebeldía simbólica. En esa disputa cultural se juega mucho más que el menú: se juega la soberanía de los pueblos, la memoria colectiva, la posibilidad de otro futuro.