“Sicario asesina a obrero de construcción civil a plena luz del día en El Agustino”, “Tras 44 años, el colegio Hans Christian Oersted cerró sus puertas debido a extorsiones”, “Desborde criminal”. Estos son algunos de los titulares que, día tras día, ocupan las portadas de los diarios nacionales. Reflejan una dolorosa realidad: la violencia ha cobrado la vida de más de 1870 peruanos y peruanas en estos últimos tiempos. Detrás de cada número hay un rostro, una historia, una familia; obreros, choferes, bodegueros, artistas, personas que trabajaban de sol a sol para llevar sustento a sus hogares y que hoy ya no están.
Vivimos tiempos de miedo e incertidumbre. No es la primera vez que el Perú enfrenta una crisis de inseguridad, pero la magnitud de la violencia actual nos deja sin aliento. Desde el conflicto armado interno, no habíamos sentido con tanta crudeza que la muerte se convirtiera en nuestro pan de cada día, debido a la violencia.
La violencia se llevó a Paul Flores (39 años), cantante del grupo de cumbia “Armonía 10”, y también a Kenyi Mamani (26 años), un joven taxista de San Juan de Lurigancho, cuyo caso, como tantos otros, quedará en la impunidad. Mientras tanto, nuestra clase política está más preocupada en proteger sus propios intereses que en atender la urgencia de millones de peruanos que exigen vivir sin miedo.
A raíz del asesinato de Paul Flores, la indignación creció y miles de personas salieron a las calles el pasado 21 de marzo. Artistas, colectivos sociales, gremios de transportistas, jóvenes, etc., salieron a protestar exigiendo soluciones reales contra el crimen. ¿Servirá de algo la vacancia del exministro Santivañez?, ¿tendrá el nuevo ministro un verdadero compromiso para enfrentar el sicariato? Por otro lado, no podemos cerrar los ojos, el crimen organizado encuentra un caldo de cultivo favorable en la falta de empleo digno y oportunidades.
En su visita al Perú en 2018, el papa Francisco nos animó a no resignarnos, a no caer en la indiferencia ni en la desesperanza. Hoy, sus palabras resuenan con más fuerza que nunca: ¡No nos dejemos robar la esperanza! La violencia no puede definir nuestro destino ni arrebatarnos el deseo de construir un país donde cada persona viva con dignidad.
En Fratelli Tutti, el papa Francisco nos recuerda que “la esperanza nos habla de una realidad que está arraigada en lo profundo del ser humano, independientemente de las circunstancias concretas y los condicionamientos históricos en que vive” (cf. 55). La esperanza no es ingenuidad ni simple optimismo. Es una fuerza transformadora que nos impulsa a no quedarnos de brazos cruzados. Es la convicción de que, aun en medio de la oscuridad, podemos sembrar luz con acciones concretas que humanicen nuestra sociedad.
Estamos en camino a las elecciones presidenciales del 12 de abril de 2026. ¿Nos estamos preparando con responsabilidad para elegir a quienes gobernarán el país? No dejemos que la oscuridad nos venza. No permitamos que la desesperanza nos paralice. Es tiempo de organizarnos, de exigir justicia, de recuperar la confianza en que un futuro mejor es posible.
Como dice el papa Francisco, “la bondad, junto con el amor, la justicia y la solidaridad, no son alcanzadas de una vez para siempre; han de ser conquistadas cada día” (Fratelli Tutti, 11). No nos dejemos robar la esperanza, porque el país que soñamos empieza con la decisión de no rendirnos, escucharnos y organizarnos.