“Farmear aura” en el Perú

Mientras el país enfrenta problemas que pueden determinar su futuro durante décadas, la conversación pública puede terminar concentrada en un grupo de jóvenes que se enfrenta en una plaza para ver quién tiene más “aura”. En los últimos días, el Perú ha descubierto el “farmear aura”, una expresión nacida de los videojuegos y los memes que ahora se ha convertido en una tendencia viral, con jóvenes que compiten mediante bailes, gestos, poses y actuaciones para acumular ese intangible puntaje social llamado “aura”.

No hay nada malo, por supuesto, en que los jóvenes jueguen, se diviertan o inventen nuevas formas de entretenimiento. El problema aparece cuando una sociedad comienza a preguntarse por qué determinadas expresiones aparentemente intrascendentes adquieren, de pronto, una capacidad extraordinaria para ocupar la conversación pública. Y aquí es donde conviene formular una hipótesis, ¿podría el “farmear aura” estar funcionando como una nueva forma de distracción política en el Perú? Porque el fujimorismo no necesita controlar completamente la agenda mediática para controlar, al menos parcialmente, nuestra atención.

El antecedente argentino: los therians y la reforma de Milei

Para entender por qué esta hipótesis merece ser discutida basta mirar hacia Argentina. Durante febrero de 2026, el fenómeno de los therians pasó de ser una subcultura relativamente marginal de internet a convertirse en una conversación nacional. Jóvenes utilizando máscaras de animales, imitando comportamientos o participando de encuentros vinculados a esta identidad comenzaron a aparecer en redes sociales y, posteriormente, en programas de televisión y medios tradicionales. Lo llamativo no fue solamente la existencia del fenómeno, sino la velocidad con la que fue amplificado.

Y allí apareció la coincidencia que despertó sospechas, porque mientras los medios argentinos discutían intensamente sobre los therians, el gobierno de Javier Milei impulsaba una reforma laboral de enorme trascendencia. La iniciativa buscaba modificar aspectos sustanciales de las relaciones laborales, incluyendo indemnizaciones, jornadas, convenios colectivos y derechos sindicales.

No existe evidencia suficiente para afirmar que el gobierno argentino haya creado deliberadamente el fenómeno. Sin embargo, existe algo que resulta políticamente más interesante, ya que diversos medios analizaron precisamente la posibilidad de que la viralización funcionara como distracción. Incluso se ha señalado que la dimensión real del fenómeno podía ser mucho menor de lo que sugerían las redes y los medios.

De la cortina de humo al algoritmo

Durante el gobierno de Alberto Fujimori, la política de la distracción tenía una lógica diferente. El poder comprendió la importancia de controlar la televisión, influir sobre los medios y administrar cuidadosamente aquello que llegaba a millones de hogares. Los acontecimientos políticos podían ser desplazados por espectáculos, escándalos o noticias capaces de dominar la agenda. La caída del régimen, paradójicamente, estuvo marcada por la aparición de los vladivideos, que demostraron hasta qué punto el poder había construido una maquinaria de control político y mediático.

Hoy no hace falta necesariamente comprar una línea editorial, controlar un canal de televisión o fabricar un escándalo; hoy existe el algoritmo, y las redes sociales premian aquello que provoca reacción. Lo polémico, absurdo, gracioso, indignante e inesperado tienen mayores posibilidades de convertirse en contenido viral. Una discusión sobre una reforma laboral requiere leer documentos, comprender leyes y seguir debates parlamentarios. Una batalla para “farmear aura” puede entenderse en diez segundos. El sistema de atención pública, por tanto, tiene una inclinación natural hacia aquello que entretiene y simplifica.

¿Y qué ocurre ahora en el Perú?

Y mientras el “farmear aura” se convierte en espectáculo, el Perú real continúa acumulando problemas que no caben en un video de treinta segundos. El gobierno de Keiko Fujimori acaba de comenzar, pero ya existe una contradicción que resulta difícil ignorar, porque frente a un país que exige capacidad de gestión, prevención y respuestas concretas, el Ejecutivo parece demasiado cómodo en la lógica de las redes sociales. La presidenta ha demostrado que sabe utilizar TikTok, hablarle a la cámara y convertir una declaración política en contenido viral.

En Ucayali, la crisis del abastecimiento de combustibles y las actividades de hidrocarburos obligaron al gobierno a declarar una emergencia; mientras tanto, los efectos del clima, las lluvias asociadas a DANAs, el riesgo del Fenómeno El Niño y los huaycos en el sur vuelven a poner en evidencia la precariedad de la prevención y la capacidad de respuesta del Estado. Además, el Congreso avanza en asuntos igualmente relevantes, como la Ley del Artista y las modificaciones vinculadas a la APCI, decisiones que involucran derechos laborales, condiciones de trabajo, cooperación internacional y el espacio de acción de la sociedad civil.

La presencia mediática puede confundirse con presencia estatal muy fácilmente: un ministro llega a una región afectada, graba contenido, ofrece declaraciones, aparece rodeado de funcionarios y regresa a Lima. El video circula y durante algunas horas queda la sensación de que el Estado está actuando, pero después desaparecen las cámaras y permanecen las mismas carreteras destruidas, las mismas poblaciones vulnerables y las mismas obras de prevención que nunca se hicieron. Un Estado que comunica mucho, pero resuelve poco, termina convirtiendo la comunicación en una especie de maquillaje de la incapacidad.

Fujimori y la memoria de una vieja estrategia

El fujimorismo no puede separarse de una historia en la que comunicación, espectáculo y poder estuvieron profundamente relacionados. Alberto Fujimori comprendió antes que muchos políticos latinoamericanos la importancia de convertir la política en espectáculo y utilizar los medios como instrumentos para construir realidad.

Por ello, habría que preguntarse: ¿quién está “farmeando aura” en el Perú hoy? No porque sea una conspiración, sino porque la política de la distracción ha cambiado. Durante el primer fujimorismo el poder comprendió la importancia de controlar la televisión, administrar la información y construir una determinada narrativa pública. Hoy el escenario es diferente. Ya no es necesario controlar todos los medios, basta con comprender cómo funciona la economía de la atención.

Y aquí es donde el fantasma del viejo fujimorismo vuelve a aparecer, aunque bajo una forma completamente distinta: Alberto Fujimori entendió que la política también consistía en administrar la atención, Keiko Fujimori gobierna en una época en la que esa atención ya no está concentrada en cinco canales de televisión, sino dispersa entre TikTok, Instagram, YouTube, Facebook y cientos de cuentas que compiten por nuestros segundos de atención.

La hipótesis que debemos vigilar

Tal vez estamos frente a una nueva generación de “cortinas de humo”; pero, quizá, la expresión misma haya quedado antigua. Una “cortina de humo” supone que alguien “produce humo” para ocultar algo. En la política digital podría ocurrir exactamente lo contrario, porque el humo aparece espontáneamente y el poder simplemente aprende a caminar detrás de él.

Porque el verdadero peligro no es que los jóvenes “farmeen aura”, sino que nosotros, como sociedad, terminemos “farmeando” distracción. Y si algo debería enseñarnos la historia del fujimorismo es que nunca resulta prudente mirar solamente aquello que el poder nos muestra. También hay que mirar aquello que ocurre fuera del encuadre.

Tal vez el “farmear aura” sea solamente una moda pasajera. Probablemente lo sea. Pero, en una democracia que acaba de entrar en una nueva etapa bajo un apellido cargado de historia, la pregunta incómoda merece permanecer abierta: mientras todos miramos quién está acumulando “aura”, ¿quién está acumulando poder?

Steve Privat Pérez
Coordinador del Proyecto
«Agroecología para una buena vida» – APTES

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