[Editorial] Pensando el reverso de la historia

Este editorial presentará tres temáticas que suelen estar en los márgenes de las discusiones en diversos espacios de nuestras vidas; pero que, sin embargo, son fundamentales porque constituyen no solo el por-venir de la dignidad humana; sino también su propia existencia; a saber, la herida amazónica; la violencia contra las mujeres; y, los últimos de la historia.

En primer lugar, la herida Amazónica, descrita por el comunicado de los obispos de Jaén, Chulucanas y Chachapoyas, significa hoy un punto de no-retorno frente al cambio climático producido por la era del “Antropoceno”. Ello se conjuga con la explotación minera formal, informal e ilegal que impacta en las diferentes dimensiones de nuestras vidas: ambientales, sociales, económicas y de salud. Asimismo, como lo expresa la exhortación Laudate Deum, la herida ecológica se revela como un “aguijón ético” en nuestras formas de ser (y hacer), y sin duda nuestro desarrollo humano.

En segundo lugar, la violencia contra la mujer es la muestra más clara de que también vivimos en la era del “Androceno”. Violencia que no solo es directa como los feminicidios; sino también con formas y lenguajes sutiles (eufemismos) que excluyen a las mujeres de los espacios de toma de decisiones. A su vez, a propósito del día internacional de la Mujer (8 de marzo), es fundamental detectar lenguajes que excluyen a las mujeres como: “las mujeres tienen su espacio”, “hay que reivindicarlas, pero respetando las jerarquías” o “ellas son la base de la iglesia y ahí se deben quedar”, para denunciarlos; en palabras del Papa Francisco, para “hacer lío” en favor de una iglesia realmente sinodal donde el poder se desconcentre y se reparta entre todos sus miembros, empezando por las mujeres y los últimos.

En tercer lugar, la Semana Santa que se avecina debe recordarnos la Opción que Jesús de Nazaret hizo por quienes más lo necesitan. La Semana Santa implica repensar nuestra santidad como un lugar teológico, que no es otro que los espacios de sufrimiento y dolor de quienes son violentados por la sociedad. Significa visibilizar a quien no tiene voz e impulsar mayores condiciones de vida para que “ellas se hagan cargo de su propio destino”, como tantas veces ha afirmado Gustavo Gutiérrez. De lo que se trata es de reconocer que nuestra espiritualidad debe estar encarnada los últimos de la historia.

Finalmente, la herida ecológica que no solo significa “el grito de la tierra”, sino también “el grito de los pobres”; la violencia contra la mujer con lenguajes sutiles que la excluyen y normalizan la subalternidad de la mujer en la iglesia; y repensar la santidad para visibilizar los últimos de la historia, deben resonar en la compasión de nuestro seguimiento a Jesús en la próxima Semana Santa. De esa manera, co-sufrir con la otra persona y co-celebrar la vida son procesos necesarios para la liberación de quienes, hoy, padecen diversas dolencias.

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