Huérfano suelo: cuando la tierra grita, la fe no puede quedarse muda

Todas y todos venimos de algún lugar. De un barrio polvoriento, de una comunidad en la sierra, de una ciudad caótica, de un cerro que nos vio crecer. Esos lugares no son solo puntos en el mapa: son memoria, identidad y raíces. Pero ¿qué pasa cuando el lugar del que vienes ya no puede sostener la vida? ¿Qué pasa cuando la tierra empieza a desaparecer y nadie parece hacerse cargo?

Cerro de Pasco: una ciudad que se hunde

Cerro de Pasco está ubicada en el centro del Perú, a más de 4380 metros sobre el nivel del mar. Es conocida como la “capital minera del Perú” por la enorme cantidad de plata, cobre, zinc y plomo que guarda su subsuelo. Desde una mirada lejana, la minería suele venderse como sinónimo de progreso y desarrollo. Pero para quienes viven ahí, la realidad es mucho más dura.

Durante décadas, la minería ha dejado contaminación en el agua, en el aire y en el suelo. Ha provocado enfermedades, especialmente en niñas y niños, y ha obligado a familias enteras a vivir rodeadas de polvo tóxico y relaves mineros. Las casas se rajan, los cerros desaparecen y las lagunas mueren.

Esto no es algo reciente. Ya desde los años 70, el escritor peruano Manuel Scorza denunció en sus novelas los abusos que sufrían las comunidades andinas frente al poder de las empresas mineras y la indiferencia del Estado. Sus textos no eran solo literatura: eran gritos de denuncia.

Y ha seguido por varios años. Tanto así que, en el año 2017, la Comunidad Simón Bolívar viajó hasta Lima para exigir algo tan básico como un hospital. La minería había dejado marcas profundas en sus cuerpos. Sin embargo, como suele pasar, las demandas de las regiones no siempre son prioridad en un país tan centralista como el nuestro.

Un huayno que sigue diciendo la verdad

En 1929 se escribió un huayno que, casi cien años después, sigue siendo totalmente actual: Huérfano suelo, con letra de Andrés E. Urbina y música de Adrián Galarza Gallo. No es solo una canción triste, es una denuncia clara y directa.

Huérfano suelo querido
pronto, pronto te hundirás;
hoy en ruinas convertido
mañana nada serás.

El huayno personifica a la tierra. El suelo aparece como un ser vivo, herido, explotado y abandonado. Se le llama huérfano porque nadie lo cuida, porque fue entregado al “ingrato extranjero”, porque su riqueza se regala mientras su gente vive en pobreza.

Lo más fuerte es que el mensaje no ha perdido vigencia. Cambian los gobiernos, cambia el nombre de las empresas, pero la lógica sigue siendo la misma: extraer todo lo posible, dejar contaminación y pobreza, y luego irse a otro lugar. El huérfano suelo no es solo Cerro de Pasco; es también muchas comunidades del Perú.

La creación también se queja

La Biblia no es ajena a esta realidad. En Romanos 8:19–23, el apóstol Pablo usa una imagen muy potente: dice que toda la creación está gimiendo, sufriendo como una mujer con dolores de parto. La creación espera ser liberada de la esclavitud de la corrupción.

La naturaleza no está dañada porque quiso. Fue sometida por la acción humana, por un sistema que pone el dinero y la ambición por encima de la vida. El texto bíblico nos recuerda que la creación tiene un propósito y que ese propósito ha sido frustrado.

Cuando el suelo se contamina, cuando el agua se envenena, cuando el aire se vuelve irrespirable, no solo sufre la naturaleza: sufrimos también las personas. Especialmente las más pobres, las que no pueden irse, las que no tienen otra opción.

Pablo dice que la creación espera la manifestación de los hijos y las hijas de Dios. Esta frase es clave. No se refiere a personas superiores o perfectas, sino a personas conscientes, responsables, comprometidas con la vida. Ser hijo o hija de Dios no es solo una identidad religiosa, es una tarea. Implica cuidar, proteger, sanar; dejar de ver la naturaleza como un objeto para usar y botar, y empezar a verla como creación de Dios, como casa común.

La esclavitud de la que habla el texto no es solo espiritual. Es una esclavitud muy concreta: un sistema económico que necesita destruir para generar ganancias, que promete desarrollo, pero produce desigualdad, que beneficia a unos pocos y sacrifica a muchos.

Manos a la obra: cambiar hábitos, cambiar miradas

No se trata de cargar con toda la culpa ni de salvar el mundo solos. Se trata de empezar. Cambiar hábitos cotidianos importa: consumir menos, reutilizar, reciclar, informarnos mejor, apoyar iniciativas comunitarias y ambientales.

También importa conversar estos temas en la Iglesia, en el colegio, en la universidad, en casa. La fe no es solo algo privado; es una fuerza que puede generar conciencia y transformación. Hablar de ecología también es hablar de justicia social.

Además, es importante informarnos sobre los conflictos socioambientales en nuestro país. Porque la crisis socioambiental que vivimos no es solo un problema técnico o político. Es un problema ético y espiritual. El afán de dominar la naturaleza ha roto la relación de equilibrio y cuidado que deberíamos tener con ella.

Como cristianas y cristianos creemos en un Dios de vida, de justicia y de amor. Creemos en un Reino que es justo, incluyente y solidario. Ese Reino no es solo una promesa futura; se empieza a construir aquí y ahora, con decisiones concretas.

El huérfano suelo sigue clamando. La creación sigue gimiendo. La pregunta es si vamos a seguir mirando al costado o si vamos a responder con una fe viva, crítica y comprometida con la justicia y la vida.

Por Steve Warren Privat Pérez
Coordinador del Proyecto
«Agroecología para una buena vida» – APTES

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