Diálogos más humanos: del disenso al consenso del bien común

Los diversos actos de violencia desatados en el país, a raíz de las protestas de transportistas y agricultores, y la medida del gobierno de inamovilidad social como respuesta, son una gran preocupación. Expresan una incapacidad para afrontar con eficacia los problemas de nuestro país que se generan en una situación de crisis internacional, y además una indolencia ante el sufrimiento y angustia de una ciudadanía que viene padeciendo el deterioro de su calidad de vida; a todas las carencias ya vividas desde la pandemia, se añade el alza de precios, que rápidamente significa más pobreza y más hambre. Estas condiciones refuerzan el hecho de que una vida digna en el Perú es un estado de excepción, accesible a una minoría privilegiada, como lo señala Glafira Jiménez en su artículo.

Desde la ciudadanía existe una indignación creciente por la incapacidad repetida del Ejecutivo y del Legislativo (en su conjunto) para enfrentar los problemas y prever soluciones. Esta incapacidad tiene muchas aristas, pero la expresión de esta incapacidad que hemos tenido en estas semanas con consecuencias devastadoras, ha sido la pérdida del diálogo, que es una premisa fundamental para la construcción democrática.

El diálogo orientado a la resolución del conflicto tendrá como punto de partida el disenso y como objetivo final el consenso, basado en alternativas de solución consistentes y viables. Esto último implica el establecimiento de un acuerdo sobre la base del bien común. Al respecto, es importante señalar que el diálogo no alcanzará el consenso si no se funda en condiciones humanas; dos condiciones mínimas de esta humanidad que nos parecen centrales son: la capacidad de escucha y el rechazo a la violencia. La escucha es clave, pues si no existe se convierte en un diálogo vacío y rápidamente se pasa a la violencia. Una premisa básica para la escucha sincera y humana es ponerse en el lugar del interlocutor, entender su realidad y luego tener propuestas concretas que expresen esta escucha. Pasar a tomar acciones violentas en un proceso de diálogo es anularlo y dejar de lado la condición humana del interlocutor.

Desde una perspectiva de fe podemos ahondar en las condiciones humanas del diálogo. En la antropología bíblica, escuchar al Dios que habla se relaciona con la memoria para recordar y al mismo tiempo con la capacidad del corazón para acoger, discernir y adherirse a lo oído. Es en el recuerdo de la palabra escuchada que el pueblo de Israel se siente invitado a adherirse con el corazón a dicha palabra. Así, tanto la memoria como la acogida de la palabra desde el corazón darán un sentido mucho más profundo al proceso de escucha.

Practiquemos y exijamos diálogos más humanos
Desde la sociedad civil debemos promover procesos de diálogo que corten tajantemente con la violencia y que tengan la capacidad de ponerse en el lugar del otro, desde la memoria y el corazón. Esto es lo que dará más posibilidades de poner por delante el bien común y construir consensos. La exigencia del diálogo con esta base humana debe ser el objetivo. Pues, “existe el riesgo de no querer dialogar, el riesgo de que la complejidad de la crisis induzca a elegir atajos, en vez de los caminos más lentos del diálogo; pero son estos, en realidad, los únicos que conducen a la solución de los conflictos y a beneficios compartidos y duraderos”. (Papa Francisco, Basílica San Pedro, diciembre 2021).

En estos momentos tan duros y complejos para nuestro país, como cristianos estamos llamados no solo a mantener la esperanza sino a generarla y alentarla desde las experiencias de solidaridad que se vienen desarrollando para afrontar la crisis. Un ejemplo inspirador es la experiencia de las ollas comunes en diversos lugares del país, que pese a las grandes dificultades permanecen gracias al esfuerzo de su comunidad local.

Semana Santa: celebremos la esperanza del Cristo vivo
Muchas personas y grupos de nuestras comunidades, en sus sufrimientos crecientes en estos días, comprenden mejor la Pasión y se unen a los sufrimientos de Jesús. Y al mismo tiempo, entienden y se sienten capaces de compartir con los que más necesitan. Reconocen a Jesús como el Servidor fiel, capaz de sufrir hasta dar su vida por los demás, pero que es también luz para las naciones y exigencia de justicia para todos. Se acuerdan del Padre bueno, que nos quiere a todos, que nos consuela y nos mostró a Jesús como el primero de los Vivientes, el Salvador, el que nos libera, nos anima y fortalece. Con el Cristo vivo el pecado y la muerte ya no tienen la última palabra, y podemos vivir y celebrar la esperanza y la alegría profundas de la Pascua.

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