Amazonía 2026: el cinismo político detrás del discurso vacío

En el marco de las elecciones de 2026 ha reaparecido una idea que, más que una propuesta técnica, revela una forma de pensar el país: instalar cárceles en la Amazonía, como si la distancia geográfica fuera una solución política. No se trata simplemente de dónde ubicar infraestructura penitenciaria, sino de cómo se entiende el territorio. No como una región viva, compleja y habitada, sino como un espacio disponible, reducible, casi inexistente en términos políticos.

La Amazonía no es un espacio vacío, que puede reducirse a un lugar de castigo. No es un territorio disponible para decisiones tomadas desde el centro. Porque tanto la propuesta como muchas de sus críticas comparten una misma superficialidad: ninguna está pensando seriamente cómo gestionar el territorio. 

La Amazonía como recurso discursivo

En cada ciclo electoral, la Amazonía reaparece como un elemento útil dentro del lenguaje político. Pero esa presencia es superficial. La Amazonía no aparece como un territorio con problemas concretos que requieren soluciones complejas, sino que sigue ocupando un lugar extraño en la imaginación política nacional. Está presente en el discurso, pero ausente como realidad concreta. Se habla de ella, pero no se la reconoce plenamente como territorio social y político.

Por eso puede ser tratada como si fuera un espacio disponible. Porque, en el fondo, no se la percibe como un lugar donde viven ciudadanos con derechos plenos y autogobiernos, sino como una extensión del mapa donde predominan los recursos, no las personas. Esa es la raíz del problema. La Amazonía no es ignorada. Es conceptualizada de manera incompleta.

Cárceles en la selva

La propuesta de instalar cárceles en la Amazonía no es solo torpe. Expone una lógica que ha atravesado la historia del país: la tendencia a proyectar hacia afuera aquello que el centro no quiere resolver dentro de sí mismo.

No se trata de una decisión aislada. Es parte de una continuidad. Durante décadas, la Amazonía ha sido vista solo como espacio de extracción, como reserva de recursos, como frontera de expansión. Ahora aparece también como posible espacio de contención.

Y mientras el debate político se queda en el nivel de las consignas, en el terreno ocurre otra cosa. El control de grandes zonas de la Amazonía no está en manos del Estado ni de comunidades protegidas por un equilibrio ideal, sino de economías criminales que operan con lógica empresarial.

El narcotráfico, la minería ilegal y el tráfico de tierras no son fenómenos marginales. Son estructuras complejas que aprovechan precisamente la debilidad institucional. Funcionan mejor donde el Estado no llega, donde no hay regulación efectiva y donde la autoridad es fragmentaria.

Ignorar esto en el discurso político no es ingenuo. Es una forma de evadir una realidad incómoda. Porque reconocerlo implicaría aceptar que la Amazonía es un territorio complejo y que sigue ignorada por el Estado. En todos los casos, el patrón es el mismo. El territorio no se entiende por lo que es, sino por lo que puede ofrecer o soportar.

El lenguaje del recurso

Hablar de la Amazonía como fuente de biodiversidad, de riqueza natural o de potencial económico puede parecer positivo. Pero incluso ese lenguaje, cuando no se matiza, refuerza una forma de invisibilización. Porque reduce el territorio a lo que produce o contiene. Lo convierte en objeto, no en sujeto. Lo define por su utilidad, no por su condición de espacio habitado.

La propuesta de las cárceles encaja perfectamente en esa lógica. No es una ruptura sino es una extensión. Si la Amazonía es vista principalmente como recurso o soporte, entonces no resulta tan extraño pensar que también puede funcionar como espacio para infraestructura que nadie quiere cerca.

La verdadera pregunta

Más allá de la polémica puntual, la cuestión de fondo es incómoda, pero inevitable. ¿La Amazonía es realmente concebida como parte del país en igualdad de condiciones?

Si lo fuera, ciertas propuestas ni siquiera entrarían en discusión. No se pensaría en el territorio como lugar inhóspito. No se lo trataría como espacio disponible. No se lo reduciría a recurso.

El hecho de que estas ideas aparezcan y circulen indica que esa integración no está completa. Que, en algún nivel, la Amazonía sigue siendo percibida como otra cosa.

Steve Privat Pérez
Coordinador del Proyecto
«Agroecología para una buena vida» – APTES


(Fotografía compuesta con imágenes de CIFOR y El Comercio)

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