Yo fui un manifestante

Yo fui un manifestante.

Uno más entre tantos cuerpos anónimos que salieron a las calles a reclamar algo tan sencillo como el derecho a existir sin miedo. No nací con nombre en los periódicos ni con retrato en los archivos del Congreso. Fui como tantos seres de origen incierto: campesino, estudiante, obrero, madre, hija o simplemente joven. Fui uno de esos que la historia llamará “muertos en protestas”, como si la protesta hubiera sido la asesina y no el arma.

Nos mataron, sí. Nos acribillaron a fuego, pólvora, cuchillo y pistola, pero no sangrábamos. Nuestras heridas eran silenciosas, como si el cuerpo se negara a delatar el crimen. Nos enterraron sin nuestros restos, porque no bastó matarnos; también quisieron borrarnos. En los días que siguieron, los nuestros nos buscaron: madres con pañuelos manchados de tierra, hermanos con fotos en los bolsillos, amigos con carteles improvisados. Llegaron a los lugares de nuestro fin —a las plazas, a los aeropuertos, a los caminos llenos de piedras y gases—, y no encontraron nuestros cuerpos. Pero allí seguían nuestras sombras, sangrando a través de los forados que las balas dejaron a la altura del corazón.

Yo fui un manifestante. Y desde esa condición —tan humana y tan temida— aprendí que el Estado tiene puntería. No dispara al aire, no dispara al azar: dispara a los cuerpos morenos, a los que vienen desde las alturas, a los que hablan quechua, a los que no votan igual que Lima. Dispara a la espalda del país que trabaja, a la cabeza del país que piensa distinto, al pecho del país que se atreve a sentir. Nos llamaron terroristas, delincuentes, infiltrados. Pero solo éramos ciudadanos que pedíamos justicia. Y en este país, la justicia suele ser el primer muerto de cada represión.

En las calles gritábamos nombres, exigencias, sueños. Pero los oídos del poder estaban sellados con balas. Mientras nosotros levantábamos carteles con el rostro de nuestros muertos, el gobierno levantaba expedientes. Mientras nos abrazábamos en medio de los gases, ellos firmaban decretos que legalizaban la muerte. La televisión nos mostraba como hordas; los ministros, como amenazas; la Policía, como blancos. Así, la república que se vanagloria de ser democrática se miró al espejo y no reconoció su propio rostro: un país que mata a sus hijos para no escucharlos.

Yo fui un manifestante, y aprendí a oler la pólvora antes que la lluvia. Aprendí a correr sin mirar atrás, a llorar sin hacer ruido, a sostener el cuerpo de un compañero mientras el aire se volvía humo. Aprendí también que la represión tiene rostro, número y rango: que el dedo que aprieta el gatillo tiene apellido, que la orden que lo autoriza lleva sello oficial, que la bala que atraviesa el pecho de un joven no viene sola —viaja con una historia de racismo, indiferencia y desprecio.

Nos dijeron que los muertos eran culpa nuestra, que no debimos salir, que el orden debía mantenerse. Pero ¿qué orden puede mantenerse sobre cadáveres? ¿Qué paz puede construirse sobre la sangre del pueblo? El orden que ellos defienden es el de los que siempre mandan, el de los que nunca salen a marchar porque tienen quien marche por ellos: la policía, las leyes, las empresas. Nosotros, en cambio, no tenemos más arma que el cuerpo. Y por eso el cuerpo es lo primero que nos quitan.

Desde el suelo vi caer a mis hermanos. Algunos eran tan jóvenes que aún llevaban la sonrisa de los 17 años; otros venían desde lejos, desde las alturas donde el aire es más limpio que el poder. Llegaron con fe, con su bandera enrollada, con la convicción de que esta vez sí los escucharían. Y lo que recibieron fue el ruido seco del disparo. Cayó uno, cayeron varios. Y, sin embargo, nadie cayó solo: cada cuerpo arrastró un país entero en su caída.

Yo fui un manifestante. Y aunque hoy me nombro en pasado, no he desaparecido. Estoy en las fotos colgadas en los postes, en los murales pintados a escondidas, en las marchas que cada tanto vuelven a llenar las plazas. Estoy en la voz de una madre que no se cansa de preguntar “¿quién dio la orden?”, en la rabia contenida de un pueblo que todavía busca justicia, en el eco de los pasos que se niegan a retroceder. Estoy en cada joven que sale con su cartel y grita “¡ni uno más!”, sin saber que repite el mismo grito que nosotros pronunciamos antes de caer.

Nos dijeron que el tiempo cura todo. Pero el tiempo no cura una bala en el alma de un país. El tiempo solo transforma el dolor en memoria, y la memoria en fuerza. Por eso, cada vez que alguien pregunta por los muertos, vuelvo a levantarme. No como fantasma, sino como evidencia. Porque los muertos de este país no descansan: esperan justicia.

No fuimos héroes, ni mártires, ni santos. Fuimos ciudadanos cansados del abuso, de la mentira, del desprecio. Fuimos los que dijeron “basta” cuando nadie quería escucharlo. Y por eso nos mataron. Pero matar no borra, solo multiplica. Hoy, cada nombre caído es semilla, y cada semilla germina en una nueva indignación.

Yo fui un manifestante. Y si algún día el país vuelve a amanecer libre, será porque los que quedamos vivos aprendimos a no olvidar. Porque los que cayeron nos enseñaron a no arrodillarnos. Porque sus sombras siguen sangrando, recordándonos que la justicia no es un discurso: es un acto pendiente.

A quienes leen esto, les digo: no busquen mi cuerpo. No lo encontrarán. Busquen mi sombra. Está en la plaza donde comenzó todo, en las paredes donde alguien escribió nuestros nombres, en el corazón de quienes aún marchan por nosotros. Allí estoy, todavía, esperando que esta vez el país tenga el valor de mirar su herida y de reconocerla como propia.

Porque solo cuando el Perú deje de negar a sus muertos, podrá empezar a vivir.

Yo fui un manifestante.

Y aunque me mataron, sigo marchando en la memoria de todos los que aún creen que la justicia algún día llegará.

Steve Warren Privat-Pérez
Coordinador del Proyecto
«Agroecología para una buena vida» – APTES

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