Hay películas que no solo fueron hechas para verse sino para que atraviesen tu vida. Uyariy fue una de ellas. No salí del cine con la sensación de haber asistido a una función, sino con el corazón estrujado por haber vuelto a un tiempo que aún no termina de irse. Lo que propone Uyariy no es solo una reconstrucción de hechos, sino una invitación a escuchar aquello que el poder ha intentado silenciar.
Para mí, ese llamado no llega desde la distancia. Yo estuve en las calles de Lima durante las movilizaciones de 2023. Marché, acompañé, cuidé. Vi llegar a compañeros y compañeras desde distintas regiones del país, cargando mochilas, banderas, cansancio y duelo. Como estudiante de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos fui parte de quienes abrimos las puertas de la universidad para alojar a quienes habían viajado días enteros para protestar. Por eso, al ver Uyariy, no pude adoptar la posición cómoda del espectador, porque el documental dialogó directamente con mi propia experiencia.
Escuchar como acto político
“Uyariy” significa “escuchar”. En un país donde históricamente se ha negado la voz a los pueblos andinos y amazónicos escuchar no es un gesto neutro: es una toma de posición. El documental apuesta por esa ética. No explica desde arriba, no traduce para tranquilizar conciencias limeñas; se detiene en los rostros, en los silencios y en los quiebres de voz. Escuchar, aquí, implica aceptar la incomodidad de una verdad que no encaja con el relato oficial.
Las protestas que estallaron tras la llegada al poder de Dina Boluarte fueron presentadas desde muchos medios como un problema de orden público, como una amenaza, como caos. Lo que Uyariy hace, y lo que muchos vivimos, es devolverles su dimensión humana y política. No eran hordas sin rumbo, eran ciudadanos exigiendo ser reconocidos, reclamando una democracia que nunca les ha sido plenamente concedida.
El peso de Juliaca en la memoria colectiva
Uno de los ejes más dolorosos del documental es lo ocurrido en Juliaca. Las imágenes y testimonios de esa jornada no buscan el impacto fácil; su fuerza está en la sobriedad con la que se muestra la ausencia. Cada nombre pronunciado es una herida abierta. Cada relato de una madre o un padre desarma cualquier intento de justificación técnica o legalista.
Para quienes marchábamos en Lima, Juliaca marcó un antes y un después. A partir de ese momento, la protesta dejó de ser solo indignación y se convirtió en duelo compartido. Uyariy logra condensar esa sensación: la de un país que, de pronto, se reconoce capaz de matar a los suyos para preservar un orden profundamente desigual.
Por eso, San Marcos fue uno de esos espacios donde la solidaridad se hizo concreta. Alojar a los manifestantes no fue un acto heroico, sino una respuesta ética mínima ante la injusticia. Sin embargo, esa decisión fue criminalizada. El ingreso policial a la universidad, las detenciones y el discurso que nos señalaba como peligrosos revelaron algo más profundo: la incapacidad del Estado para comprender la organización popular fuera de la lógica del enemigo interno.
Cine y censura
A menudo se acusa a quienes insisten en la memoria de “no pasar página”. Como si el olvido fuera condición para avanzar. Uyariy desmonta esa falsa dicotomía. Recordar no es quedarse atrapado en el pasado; es impedir que la violencia se repita bajo nuevas excusas. Es reconocer que no habrá futuro digno mientras los cuerpos sigan siendo sacrificables.
Que Uyariy haya enfrentado obstáculos para su exhibición no es una anécdota. Forma parte del mismo entramado de silenciamiento que el documental denuncia. Cuando una obra incomoda, cuando señala responsabilidades, cuando insiste en la memoria, se activa el reflejo de borrar, minimizar o desplazar.
Pero ocurrió algo significativo: el público respondió. Las salas se llenaron. La gente quiso ver, quiso escuchar. Esa reacción demuestra que hay una necesidad latente de comprender lo ocurrido, de nombrarlo, de no permitir que el olvido se imponga como política de Estado. En ese sentido, Uyariy no solo documenta la resistencia: la provoca.
Así, el documental propone una memoria viva, encarnada en la música, en los rituales, en la palabra compartida. No se trata de “museificar” el dolor, sino de integrarlo en una narrativa colectiva que permita seguir caminando.
Del cine al cuerpo
Salí del cine con el cuerpo cargado. No era solo tristeza; era una mezcla de rabia, cansancio y determinación. Minutos después escribí un poema. No como un ejercicio literario, sino como una forma de procesar lo vivido. Hay días —escribí— en los que la oscuridad lo envuelve todo. Esa frase no nació de la metáfora, sino de la experiencia concreta de marchar sabiendo que, en cualquier momento, alguien podía no volver a casa.
Pero el poema también habla de otros días. De la posibilidad de que la luz disipe la oscuridad. Esa esperanza no es ingenua; es una decisión. Uyariy se mueve en ese mismo registro: no promete justicia inmediata, pero se niega a aceptar la derrota moral.
Hay días como este,
en los que la oscuridad lo envuelve todo.
Días en los que el corazón se parte en mil.
Hay días como este
en los que el dolor del otrx también es el mío,
y no hay atisbos de esperanza,
solo lágrimas como único desahogo.
Pero habrá días, como mañana,
en los que la luz disipe toda oscuridad.
Llegará el día
en que ya no compartamos el dolor,
sino la canción, el baile y la alegría.
Llegará el día
en que los cuerpos sean bajados de la cruz,
porque habremos alcanzado la justicia.
Porque la justicia llegará.
Y, sobre todo,
¡la vida vencerá!
Escuchar para seguir
Escribir sobre Uyariy desde mi experiencia personal no busca protagonismo. Es, más bien, un intento de asumir responsabilidad. Porque estuve allí. Porque marché y acompañé. Porque sigo creyendo que la justicia no es un concepto abstracto, sino una práctica que se construye desde abajo, con memoria, con escucha y con acción.
Y quizá por eso esta película es necesaria. Porque frente a un Estado que manda a callar, Uyariy insiste: ¡ESCUCHA! Y al hacerlo, nos devuelve algo fundamental para seguir viviendo juntos: la posibilidad de no olvidar.