Cristina De Fabritiis, graduada de Estudios de Desarrollo Internacional en la Universidad de York (Toronto, Canadá) formó parte de la ‘Gira Solidaria’ a Perú 2025, organizado por Development and Peace ― Caritas Canada (DPCC), una experiencia de dos semanas conociendo la realidad de las poblaciones de Lima e Iquitos y la labor social que la institución realiza junto con sus socios en el país, entre ellos, el Instituto Bartolomé de Las Casas.
Compartimos parte de su testimonio* tras su experiencia en nuestro país.
‘Gira Solidaria’: una reflexión femenina
Las Hermanas de Santa Dorotea nos recibieron con gran amabilidad. Desde el inicio del viaje noté la fuerte influencia de las mujeres en mi delegación y en las alianzas de la DPCC. También observé el papel vital que desempeñaban las religiosas en el apoyo a comunidades en riesgo en la región de Lima. Valoré el rol de las mujeres en la Iglesia como esencial para su espíritu de cuidado hacia los pobres.
La presencia, compasión y fortaleza de las hermanas frente al sufrimiento me recordaron el papel de Nuestra Señora en el ministerio de Cristo. Al evocar su influencia como Madre Santísima en las bodas de Caná, comencé a inspirarme en su llamado: “Hagan lo que él les diga” (Juan 2:5).
Me sentí llamada a nutrir y acompañar a quienes sufren, enfrentan injusticias y abusos y son ignorados a pesar de estar más cerca de Cristo en su sufrimiento. Admiré las cualidades profundamente receptivas de las mujeres a lo largo del viaje.
En un sentido espiritual, la ‘Gira Solidaria’ fue una reflexión profundamente femenina del carácter de la Iglesia. Me mostró cómo nosotras, las delegadas, podíamos reflejar el corazón del Evangelio de maneras únicas, como lo hacían las mujeres que trabajaban con las organizaciones socias de DPCC al servicio del pueblo.
Aprendiendo de los socios
Durante el recorrido viajamos junto a socios de DPCC, como el Instituto Bartolomé de Las Casas (IBC) y el Centro Amazónico de Antropología y Aplicación Práctica (CAAAP). Ellos nos enseñaron sobre los complejos problemas que afectan la vida urbana y rural en Perú. La analista política del IBC, Pilar Arroyo, nos ayudó a comprender el alcance de las crecientes economías ilegales en el país antes de visitar comunidades afectadas en Lima e Iquitos.
Como estudiante de desarrollo global, me resultó enriquecedor escuchar y ver temas que solo había leído en la universidad. Más edificante aún fue aprender cómo DPCC apoya a socios como el IBC y el CAAAP en la implementación de proyectos que contrarrestan los impactos de la minería ilegal en la política del Perú y la seguridad de su población.
La colusión empresarial en cargos públicos y las fuerzas del orden, la trata, la mala gestión de residuos y la contaminación y un sistema de justicia debilitado han llevado a comunidades rurales a buscar apoyo en los socios de DPCC.


La lucha contra la degradación ambiental
Al visitar San Mateo, en la diócesis de Chosica, junto con la Comisión Episcopal de Acción Social (CEAS), vimos la degradación ambiental de la cuenca del río Rímac causada por una mina de oro cercana. El Vicariato de Iquitos nos mostró cómo los misioneros trabajan con el CAAAP y los residentes de Loreto para superar las barreras en la atención por los efectos de los derrames de petróleo y la minería ilegal.
Barbara Fraser, del vicariato, compartió experiencias e investigaciones sobre cómo la ausencia de infraestructura sanitaria ha costado vidas en regiones afectadas por la minería. Lo que vimos en Lima, Iquitos y San Mateo revelaba un sentido de negación de los niveles local y nacional del gobierno peruano frente a diversas injusticias.
Este negacionismo se evidenció especialmente en 21 de septiembre, un asentamiento de Iquitos que parece abandonado por las autoridades. El poblado, que según el CAAAP enfrenta una crisis grave de agua, se asemejaba inquietantemente a los mundos distópicos de algunas novelas que había leído.
El suelo era arenoso, no como la arena suave de la playa, sino húmeda y pesada, como si ocultara algo. El aire era espeso y fétido, impregnado del olor de los desechos de un hospital cercano. El fuerte olor metálico de la sangre había teñido el arroyo y saturado el ambiente.
Todo lo que percibimos se convirtió en metáfora de los males presentes: corrupción, colusión, trata, codicia y abuso parecían dominar la vida cotidiana. Pensé que la contaminación no siempre es física, también está en los vínculos que algunos cultivan con el poder. Contaminar es también sacrificar la justicia y la verdad para proteger la reputación y el poder de quienes abusan de los derechos humanos y del medio ambiente. ¡Es escandaloso no nombrar el daño de la contaminación o fingir que no existe!
Una Iglesia que escucha al pueblo
Presenciar esto despertó en mí una mezcla visceral de compasión y urgencia. Al preguntar qué podía hacerse por la gente, nos aconsejaron hacer lo que habíamos venido a hacer: servir, escuchar y acompañar.
Los hispanohablantes del grupo preguntaron a los pobladores cuáles eran sus desafíos respecto al agua y cómo los estaba ayudando el vicariato. Estas dos simples preguntas abrieron la puerta a historias de lucha, resiliencia y profunda fe. En ese desahogo conocimos no solo su sufrimiento, sino también el silencioso trabajo de la Iglesia que se gloría en cuidar a los pobres y hace presente a Cristo en rincones olvidados de la Amazonía.
Durante años, los residentes han luchado por su derecho al agua limpia. A pesar de obtener fallos judiciales a su favor, aún esperan acciones concretas. Una vecina de 21 de setiembre nos relató las duras realidades de tener que comprar baldes de agua para cocinar, de niños que van a la escuela con hambre y de familias que beben de pozos improvisados cuya agua se vuelve negra al hervirla. “Es inhumano vivir en Iquitos, estar rodeados de agua y aún así no tenerla”, dijo.
A pesar de todo, ella agradece al vicariato por acompañarlos, guiar sus esfuerzos y recordarles que “tienen derechos y deben permanecer unidos, como hermanos, como seres humanos”. Bajo un proyecto piloto, el CAAAP también está brindando asesoría legal a pueblos indígenas en Iquitos.
Así es como estos problemas están siendo enfrentados con corazón maternal por una Iglesia que escucha, acompaña y resiste silenciosamente la injusticia con valentía y presencia. Este viaje de solidaridad fue una manera de elegir permanecer cerca cuando otros apartan la mirada. Quizás ahí comienza la verdadera justicia: no en soluciones técnicas de corto plazo, sino en llegar al corazón de quienes sufren y negarse a fingir que su sufrimiento no existe.


*Pueden leer el testimonio completo (en inglés) en:
Notes from a solidarity tour to Peru: Refusing to look away