“Talitha kum”: resurrección, justicia y despertar juvenil

En el Evangelio de Marcos se narra uno de los gestos más conmovedores de Jesús: toma de la mano a una niña dada por muerta y pronuncia: “Talitha kum”, “Niña, a ti te digo, levántate” (Mc 5:41). Tradicionalmente, este pasaje ha sido interpretado como un milagro extraordinario que devuelve la vida biológica a un cuerpo sin vida. Sin embargo, cuando este texto se lee desde la realidad histórica de los pueblos empobrecidos y desde las víctimas de la injusticia, la resurrección adquiere un significado mucho más profundo y desafiante.

Desde la reflexión de Jon Sobrino, la resurrección no puede reducirse a un hecho aislado ni a una esperanza únicamente ultraterrena. Resucitar es hacer justicia a la víctima; es negar que la muerte, especialmente la muerte provocada por la injusticia, tenga la última palabra. En este horizonte, el “levántate” de Jesús resuena hoy como una interpelación directa a nuestras estructuras sociales, a nuestras prácticas comunitarias y, de manera especial, a las juventudes.

Resurrección y justicia: una lectura situada

Pensar la resurrección como justicia implica reconocer que muchas muertes no son “naturales”, sino el resultado de sistemas económicos, políticos y culturales que producen exclusión. En el relato evangélico, la niña no es solo un cuerpo enfermo: es una menor de edad, sin voz pública, dependiente de un sistema familiar y social que no logra sostener la vida. Su fragilidad no es únicamente biológica, sino también social.

Esta lectura se vuelve dramáticamente actual cuando observamos la realidad contemporánea postpandemia. Miles de personas mueren cada año porque no pueden acceder a tratamientos médicos. La pobreza, la desigualdad, la corrupción y la mercantilización de la salud configuran una violencia estructural que condena a muerte anticipada a sectores enteros de la población. Frente a esto, la fe cristiana no puede limitarse a ofrecer consuelo espiritual, más bien está llamada a denunciar las causas de muerte injusta y a anunciar alternativas de vida.

En este sentido, la resurrección no comienza después de la muerte, sino en el momento en que se desmontan las estructuras que la producen. Hacer justicia a las víctimas es devolverles la dignidad negada, reconocer su sufrimiento y comprometerse activamente en la transformación de las condiciones que hicieron posible su exclusión.

La resurrección como praxis histórica y comunitaria

Así mismo, hablar de resurrección como justicia conduce necesariamente al terreno de la acción concreta. No se trata únicamente de una afirmación de fe ni de una esperanza futura, sino de una tarea histórica que interpela a personas, comunidades e instituciones. Entonces, la resurrección comienza allí donde se crean condiciones reales para que la vida sea posible y digna.

En este sentido, la resurrección se construye en comunidad; ninguna transformación profunda puede surgir del individualismo ni del esfuerzo aislado. La vida se defiende y se reconstruye en relaciones solidarias que hacen frente a la lógica de la exclusión. Allí donde surgen vínculos que cuidan, organizan y resisten, la muerte deja de ser destino y se convierte en desafío.

Estas prácticas comunitarias se expresan de múltiples formas: redes locales de apoyo para el acceso a la salud, experiencias de educación popular que devuelven la palabra a quienes han sido silenciados, iniciativas económicas alternativas que priorizan la vida sobre la ganancia, y movimientos sociales que luchan por derechos básicos históricamente negados. Cada una de estas acciones, aunque a veces pequeñas y frágiles, constituye un gesto de resurrección histórica, porque devuelve dignidad a quienes han sido empujados a la muerte social.

Desde esta perspectiva, la resurrección deja de ser un acontecimiento aislado del pasado o una promesa relegada al más allá y se convierte en un proceso cotidiano que se gesta en medio de conflictos, tensiones y esperanzas. Resucitar es, entonces, sostener la vida donde el sistema la descarta, y afirmar que ninguna víctima es invisible ni prescindible.

Es precisamente en este horizonte donde la juventud adquiere un lugar central. No como simple relevo generacional, sino como fuerza histórica capaz de imaginar y ensayar nuevas formas de convivencia. Allí donde los jóvenes se organizan, cuestionan las lógicas de muerte y apuestan por relaciones más justas, la resurrección comienza a tomar cuerpo en la historia concreta.

Juventud: entre la vulnerabilidad y la potencia transformadora

Las juventudes viven hoy una paradoja profunda. Por un lado, son uno de los sectores más golpeados por la violencia estructural: precarización laboral, exclusión educativa, criminalización de la protesta, falta de acceso a la salud mental, migración forzada, estigmatización social y más. Muchos jóvenes experimentan la vida como un “estar tirados”, sin oportunidades reales, como si ya estuvieran muertos antes de haber vivido plenamente.

Pero, al mismo tiempo, las juventudes encarnan una enorme potencia transformadora. Allí donde el sistema produce cansancio, apatía y resignación, emergen jóvenes que se organizan, cuestionan e imaginan otros mundos posibles. En clave evangélica, podríamos decir que los jóvenes son hoy tanto la niña postrada como la mano que Jesús sigue extendiendo para levantar.

El “Talitha kum” no es solo una palabra dirigida a una niña, sino un llamado actual a las juventudes: levántense, no acepten como normal lo que mata la vida, no resignen su capacidad de soñar y de luchar. Este llamado no es moralista ni ingenuo; reconoce el sufrimiento real, pero apuesta por la posibilidad de transformación.

El despertar juvenil como experiencia pascual

Hablar de despertar juvenil no significa idealizar a los jóvenes ni cargar sobre ellos una responsabilidad mesiánica. Se trata de reconocer que el despertar de la conciencia crítica, del compromiso social y de la espiritualidad encarnada es una auténtica experiencia pascual: un paso de la muerte a la vida.

Cuando un joven toma conciencia de que su situación personal está conectada con estructuras injustas, comienza un proceso de reconstrucción interior. Cuando descubre que no está solo, que otros viven las mismas heridas y que es posible organizarse colectivamente, ese proceso se profundiza. Y cuando ese despertar se traduce en acción, militancia social, servicio comunitario, incidencia política, en cuidado del territorio, la resurrección se vuelve histórica.

Desde la fe cristiana, este despertar también es espiritual. Es el Espíritu el que impulsa a levantarse, a no conformarse con una fe intimista ni con una religión desconectada del dolor del mundo. Así, la juventud se convierte en un lugar teológico privilegiado: allí donde la vida lucha por abrirse paso, Dios sigue actuando.

Juventud e Iglesia: de objeto pastoral a sujeto histórico

Uno de los grandes desafíos actuales de la Iglesia es pasar de una pastoral “para” jóvenes a una pastoral “con” y “desde” los jóvenes. Si la resurrección es justicia, entonces la Iglesia no puede limitarse a acompañar espiritualmente a las juventudes sin cuestionar las estructuras que las oprimen.

Los jóvenes no necesitan solo espacios de contención emocional, sino también espacios de formación crítica, participación real y protagonismo. Necesitan una Iglesia que escuche sus preguntas, que reconozca sus luchas y que se deje interpelar por sus búsquedas. Una Iglesia que camine junto a ellos en la construcción de alternativas de vida y dignidad.

Cuando la juventud es reconocida como sujeto histórico, la resurrección deja de ser un discurso abstracto y se convierte en una experiencia compartida. Los jóvenes no son solo destinatarios del “levántate”, sino mediadores de ese llamado para otros y otras.

Conclusión: resucitar hoy

El relato de Marcos 5:35-43 sigue siendo profundamente actual. En un mundo marcado por la desigualdad, la exclusión y la muerte evitable, el “Talitha kum” resuena como una palabra incómoda y esperanzadora a la vez. Resucitar no es ignorar la muerte, sino confrontarla; no es huir del conflicto, es atravesarlo con la convicción de que la vida puede más.

La resurrección, entendida como justicia para las víctimas, nos compromete a transformar las estructuras que producen muerte. Las prácticas comunitarias nos muestran que esta transformación es posible cuando se construye desde abajo, en relaciones solidarias. Y el despertar juvenil nos recuerda que el futuro no está cerrado, que la historia sigue abierta y que la vida puede levantarse incluso allí donde parecía definitivamente derrotada.

Hoy, cada joven que se organiza, cuida, lucha y sueña está pronunciando, con su vida, un nuevo “Talitha kum”. Y allí, en ese gesto concreto y cotidiano, la resurrección comienza de nuevo.

Steve Privat Pérez
Coordinador del Proyecto
«Agroecología para una buena vida» – APTES

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