Por Vicente-Peter Woodruff, ssc, Australia
Traducción por Pedro De Guchteneere
Luego de cuatro meses en un instituto de idiomas en Cochabamba, llegué al Perú en septiembre de 1968 y comencé a trabajar en la parroquia limeña de San Martín de Porres, en la margen norte del río Rímac. Australia me parecía un país estable, pero el Perú era un país en movimiento. A menos de un mes de mi llegada sucedió un golpe de estado que provocó grandes cambios sociales. Encontrar nuestro lugar en una Iglesia en cambios buscando su papel en una sociedad en rápida evolución, fue un desafío para nosotros, extranjeros que habíamos llegado al Perú para apoyar la Iglesia local y el pueblo peruano. Tres jóvenes sacerdotes diocesanos peruanos fueron clave para ayudarnos a ubicarnos, y Jorge Álvarez Calderón me ayudó particularmente, pero nunca logré decírselo. Lo que sigue precisará algunos momentos de esta historia.
En los años 1950 tres jóvenes peruanos viajaron a Europa para prepararse al sacerdocio. Jorge, su hermano Carlos y Gustavo Gutiérrez eran universitarios en Lima y miembros de un movimiento católico estudiantil, la Unión Nacional de Estudiantes Católicos (UNEC). Dicho movimiento usaba el método ver-juzgar-actuar para formar a sus miembros a la luz del Evangelio. Jorge, Carlos y Gustavo se sentían llamados a ser sacerdotes diocesanos en Lima; el arzobispo de Lima, cardenal Juan Gualberto Guevara, los acogió y aceptó su deseo de estudiar en Europa (sus familias financiaban sus estudios).
Los tres estudiaron filosofía en Lovaina y teología en Lyon. absorbiendo ideas que iban a influenciar la Iglesia universal en la siguiente década, por las conclusiones del Concilio Vaticano II. Jorge y Gustavo regresaron a Lima en 1959 para ordenarse como sacerdotes y asumir sus cargos respectivos, Jorge en una parroquia pobre cerca del centro de Lima y Gustavo como docente de teología en la Pontificia Universidad Católica del Perú y asesor de los estudiantes universitarios. Carlos, con cuatro años más que su hermano, era asesor de movimientos laicos.
Después del cardenal Guevara, Juan Landázuri Ricketts fue nombrado arzobispo de Lima en 1955, Tuvo que crear y desarrollar nuevas parroquias en áreas ocupadas por olas sucesivas de migrantes que provenían de las regiones rurales del Perú. Dada la escasez de clero local, Landázuri invitó un gran número de organizaciones religiosas y misioneras, en particular de América del Norte y de Europa. Los Columbanos llegaron a Lima en 1951 (en los últimos tiempos del arzobispo Guevara) y la mayor parte de ellos en los 1960.
El cardenal Landázuri confiaba en Jorge, Carlos y Gustavo para ayudar al clero y a los religiosos extranjeros a apreciar, adaptarse y responder a los retos pastorales de las nuevas zonas urbanas alrededor de Lima, ocupadas por los migrantes de las provincias. Estos nuevos barrios urbanos se llamaron al comienzo barriadas, y más tarde pueblos jóvenes. Landázuri conservó esa preocupación hasta su jubilación en 1989.
En 1968, en Medellín, representantes de los obispos de los países latinoamericanos se reunieron para determinar lo que las conclusiones del Concilio Vaticano II significaban para la Iglesia del continente. Tres conferencias más tuvieron lugar, siendo la más reciente la de Aparecida, en 2007. El cardenal Jorge Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, fue elegido por sus colegas para supervisar la redacción del documento final de esa conferencia. Más tarde llegó a ser el papa Francisco. Esas conferencias ayudaron a las Iglesias locales de América Latina a apropiarse, con diversos grados de éxito, el espíritu de Vaticano II, a pesar de los esfuerzos del Vaticano por frustrar ese proceso, especialmente durante el pontificado de Juan Pablo II (1978-2005).
En los años 60 y siguientes, Jorge, Carlos y Gustavo tuvieron un papel clave para apoyar a los sacerdotes y religiosos venidos del extranjero a suplir la escasez de religiosos peruanos disponibles para trabajar en las zonas urbanas y rurales. Sus propuestas no conseguían el acuerdo de todos los religiosos invitados a trabajar en el Perú, pero muchos de nosotros los considerábamos una bendición. Los tres tenían su propia pastoral, pero Jorge, al menos desde mi perspectiva, era el más cercano a los grupos de base. Pasaba su vida en las parroquias, siempre abierto para ayudar a otros, laicos hombres y mujeres, hermanas o hermanos, y sacerdotes. Encontrar su camino en un país culturalmente distinto y en el proceso de un cambio social masivo, cargado por una herencia de colonización y de opresión, obliga al extranjero a repensar y reimaginar su visión y sus ideas. Aprendí de Jorge una buena parte de lo que me ayudó a vivir mi ministerio, en particular la escucha.
Irónicamente, una de mis mejores lecciones de escucha fue una ocasión en la que no escuché. Soñé durante años con ser parte de una parroquia en desarrollo y descentralizada, cuya base sería una red de comunidades coordinadas entre ellas y también con las organizaciones civiles locales, con el objetivo de generar un apoyo mutuo y un intercambio de ideas al servicio del bien común. Me habían nombrado párroco, con una fuerte presión para la construcción de una gran iglesia central, y yo apuntaba hacia un modelo descentralizado. Creo que no expliqué precisamente lo que pensaba, probablemente porque la gente de la parroquia tenía una sola experiencia de una iglesia parroquial. En las zonas rurales de donde habían emigrado, cada ciudad, pueblo o aldea tenía su templo o su capilla. Actuar en redes no hacía parte de su experiencia de vida parroquial. Sin embargo, un buen número de miembros de la comunidad aceptaron la idea y, una vez experimentada, no hubo retroceso. Durante un tiempo, me pregunté por qué, y luego me di cuenta de que la pequeña comunidad y el trabajo en redes correspondía con su cultura comunitaria de base. De haber escuchado más atentamente, me habría dado cuenta!
En 1989, Landázuri se retiró y Augusto Vargas Alzamora le sucedió como arzobispo de Lima. Propuso y supervisó la separación de tres partes (norte, este y sur) de la arquidiócesis y la creación de tres nuevas diócesis. Gran parte del pueblo de las nuevas diócesis eran migrantes recientes venidos de las provincias en busca de un mejor futuro para ellos y sus hijos. Vargas se retiró en 1999 y fue reemplazado por Juan Luis Cipriani Thorne, miembro del Opus Dei. No le interesaban la visión pastoral ni las opiniones teológicas de Jorge Álvarez Calderón. Pero Jorge supo a tiempo el nombramiento de Cipriani y pudo trasladarse de la arquidiócesis de Lima a la nueva diócesis de Chosica, en la zona este de Lima.
He pensado muchas veces que Jorge hubiera sido un gran obispo, pero viéndolo después, me alegro de que no haya sido el caso. Se habría sentido limitado en una pequeña zona del Perú, la diócesis de la que sería obispo. En todo caso, no creo que se le hubiera ofrecido esa oportunidad durante el largo pontificado de Juan Pablo II, quien era más bien el líder de una Iglesia desde arriba, sin demasiado interés en que la base sea parte de la dinámica. Como párroco en un suburbio de Lima, Jorge tenía libertad para circular. Tenía redes en todo el Perú con clero, religiosos y laicos hombres y mujeres. Iba a dar charlas en comunidades parroquiales que iban creciendo en pueblos o ciudades. Lograba animar y fortalecer esas comunidades, les daba aire fresco. No es que la comunidad permanente y sus líderes fueran deficientes, pero a todos nos gustaba un visitante inteligente y animador.
Jorge no sólo alentaba a los equipos locales de Iglesia a abrirse a los llamados de solidaridad con los pobres; promovía actitudes coherentes. Las tres etapas, ver, juzgar y actuar a la luz del Evangelio, seguían siendo la base de su pedagogía y de su acción pastoral. No tendía a hacer cosas en lugar de otros, pero se esmeraba en ayudar a otros a descubrir cómo actuar por ellos mismos y por los demás.
Tenía una visión clara del sacerdocio de los bautizados, mucho antes de que fuera tenido en cuenta por el liderazgo de la Iglesia católica. Me acuerdo de que trataba de proponerlo, consciente, lo supongo, de que sus auditores se habían formado en otra estructura teológica, la que insistía en que los obispos y sacerdotes dirigían la Iglesia, mientras que la sociedad era el campo de los laicos (pero guiados por la enseñanza de la Iglesia, es decir, de los obispos). El bautismo se consideraba como un rito de iniciación, no como una invitación a la misión. Se insistía tanto en la estructura jerárquica de la Iglesia que su naturaleza comunitaria se encontraba relegada como un complemento, con poca relevancia práctica más allá del valor evidente de la comunidad a nivel parroquial.
Jorge también, sin saberlo, me ayudó a entender que nosotros, los columbanos, no fundemos parroquias para luego poder irnos. Más bien, creamos una estructura que ayude a las comunidades a surgir, crecer y ser sal de la tierra, levadura en la masa, etc. De hecho, las parroquias nunca están establecidas, más bien son comunidades que van surgiendo y creciendo constantemente, comprometidas por el bien del mundo. Al menos, así me parece que es la teoría y, gracias en buena parte a las ideas y al ejemplo de Jorge, muchas parroquias en Lima y en otras zonas del Perú se han ido desarrollando en esa línea, para ser así signos del Reino de Dios.
En el curso de mi vida, soy consciente de que muchas personas me han ayudado de alguna manera. Sin embargo, con las que me han asistido en asuntos importantes, he tendido a no preocuparme en darles las gracias. Cuando me daba cuenta de lo que significaba para mí el gesto de otra persona, estaba ya en otro espacio y la ocasión de decir gracias había pasado. Tal vez me avergüence de compartir mi gratitud! No es un factor positivo en el contexto de sanas relaciones interpersonales. Pero cada uno es lo que es y, a modo de consuelo, existe el dicho: «nunca es tarde». Gracias, Jorge.









