¿Podremos acabar con el hambre y la malnutrición?

Por María Rosa Boggio, socióloga especialista en políticas sociales

El hambre, triste compañera de la pobreza

Luego de los años críticos de la pandemia y en el contexto de la crisis económica y climática actual, la pobreza ha repuntado y con ella el hambre. En el año 2023, una encuesta del Instituto de Estudios Peruanos nos revelaba que había crecido el número de personas que alguna vez se quedaron sin alimentos: En el año 2012 era el 17%, en el año 2022 el 44% y en el año 2023, llegó al 46%. También mostró que dos tercios de la población habían reducido su consumo de alimentos.

Este año, el informe de mayo del INEI sobre la evolución de la pobreza confirma que ésta creció y alcanzó, en el 2023, al 29.1% de la población, dos puntos más que el 2022, representando 600 mil personas más en esta condición. La pobreza extrema afectó a 1.9 millones de personas, con un nivel de gastos inferior al costo de una canasta básica de alimentos. A su vez, las personas en pobreza (9.8 millones) tienden a disminuir sus gastos en alimentos, en función de costear otros gastos necesarios como salud, educación y otros.

En este contexto, se incrementó la desnutrición infantil aguda, la desnutrición crónica infantil continuó estancada alrededor de 12% y la anemia infantil se incrementó en dos puntos respecto al 2019, llegando a un 43%, a pesar de los programas sociales orientados a disminuir ambos indicadores. 

Una paradoja del hambre en nuestro país es que golpea más a las personas y familias que producen los alimentos que llegan a nuestras mesas. Los sectores más pobres son los pequeños agricultores (que aportan el 60% de nuestros alimentos) y los pescadores artesanales. Ambos, tradicionalmente discriminados, en una situación mayoritaria de pobreza estructural. Si bien en el período 2019-2023, la pobreza creció más en las ciudades, la pobreza extrema se incrementó más intensamente en las zonas rurales, subiendo 6.2 puntos, frente a 2.2 puntos en las ciudades. Así, la desnutrición crónica en el sector rural llega a 22% y la anemia a 50.3%.

La malnutrición y los grandes negocios alimentarios

En el país no sólo enfrentamos el hambre, también enfrentamos la malnutrición, debido al creciente consumo de alimentos no saludables, produciendo sobrepeso y obesidad, asociados a diversos tipo de enfermedades crónicas y discapacidades. El Perú presenta una tendencia creciente en sobrepeso y obesidad afectando actualmente al 24% de la población mayor de 15 años (2 puntos porcentuales más que en 2019). El principal factor que incide en la malnutrición es el sistema alimentario dominante, que favorece la invasión de productos alimenticios no saludables en los mercados.

El sistema alimentario dominante se basa en la conversión de los alimentos en mercancías, orientadas centralmente a la obtención de ganancias y no a garantizar el derecho a la alimentación y adecuada nutrición. Esta lógica promueve la agricultura y la pesquería industrializada como tipo dominante que privilegia el monocultivo y la depredación, reduce la biodiversidad, degrada los suelos y el agua y exige la alta emisión de gases de efecto invernadero. Asimismo, ha generado una alta concentración de poder en la producción y comercialización de alimentos en un reducido grupo de trasnacionales con gran poder de incidencia en el poder político.

Pocas empresas controlan el mercado mundial o mercados regionales de alimentos básicos como maíz, trigo, soya o lácteos. Sobre la base de estos alimentos, se promueve la producción masiva de productos alimenticios ultraprocesados, con composiciones dañinas a la salud (exceso de azúcar o sodio, grasas nocivas, entre otros) que inundan los mercados a precios baratos. En Perú tenemos la creciente presencia de cadenas como Tambo, Oxo o Mas. Las trasnacionales también concentran la producción de insecticidas y fertilizantes, con frecuencia nocivos para la salud, fomentando la presencia de alimentos frescos contaminados en nuestros mercados.

Incidir en los factores estructurales

Enfrentar el problema del hambre y la malnutrición en el país requiere ir más allá de los necesarios programas sociales que enfrentan su mitigación y el apoyo a la población afectada. Si no se plantean estrategias nacionales de transformación de los factores estructurales asociados a la inseguridad alimentaria y nutricional en el país, tendremos permanentemente la reproducción de hambre y malnutrición entre nosotros.

Requerimos la articulación de políticas sociales y económicas que enfrenten las causas de reproducción de la pobreza en el país, así como una nueva política nacional de seguridad alimentaria y nutricional, actualmente en proceso de elaboración, que se oriente hacia la transformación de nuestro sistema alimentario dominante.

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