[Editorial] ¿Qué nos ha tocado vivir?

Al hacer un balance de lo vivido este medio año en la política peruana, aprendemos que su degradación no tiene límites, que destruyó la idea compartida de que había diques institucionales, legales o mentales que impedirían su avance. Pero los diques fueron derrumbados con numerosos cambios de la constitución, al estar el poder político en manos de representantes inescrupulosos movidos por negocios ilegales, informales y hasta criminales. Eso representa el equipo de gobierno actual encabezado por un congreso que cuenta con el consentimiento de un ejecutivo pasivo. Afortunadamente todavía hay autoridades que se resisten en otros poderes del Estado, como el electoral, judicial y la junta nacional de justicia. Y ciudadanos peruanos que demandan justicia por sus muertos.

Tampoco sorprende que los ciudadanos esperen poco o nada del Estado, eso queda claro con la baja legitimidad de ambos poderes: ejecutivo y congreso. Y tampoco que los mayoritariamente afectados sean las poblaciones que necesitan cotidianamente los servicios del Estado (salud, educación, alimentación etc.). Igualmente ocurre con los que siguen esperando ser incluidos en proyectos de la gestión pública, dado el decaimiento de la gestión estatal. De allí que sea mayoritaria la percepción del Estado peruano a todo nivel, como fuente de enriquecimiento, especialmente para gobernantes y círculos cercanos, algo que terminó por distorsionar y degradar el servicio público.

¿Qué hemos aprendido? Hay que ser claros y aceptar con preocupación que la corrupción, el individualismo y cinismo, etc., no son actitudes exclusivas de la política. Las encontramos bajo distintas modalidades en los círculos e instituciones de la sociedad, donde nos movemos, incluso en nuestras familias. Algo se pudre entre nosotros, mientras seguimos adelante con nuestras vidas. Y no es que no haya voluntades en acción e iniciativas, claro que sí las hay. Pero conforme pasa el tiempo queda claro que ellas no tienen la fuerza para superar la tendencia depredadora. Por ello, es falso pensar que el problema actual obedece a que “los buenos” sean pocos, frente a “los malos” que son más; además como si la historia se dividiera entre buenos y malos. Creo que el problema no es de bueno y malos, como tampoco de número, sino del alcance y naturaleza de la crisis y como viene corroyendo la política como el tejido social que nos incluye a todos.

Debemos preguntarnos si nuestras acciones y actitudes están a la altura de las circunstancias actuales; repetir discursos o acciones del pasado nos puede satisfacer, pero no rinde buenos resultados, o en todo caso, no resulta suficiente. En definitiva, no solo somos parte de la solución, sino del problema. Tampoco hay una salida mágica. Pero sí un primer paso consiste en aceptar nuestra cuota de responsabilidad, incluirnos como parte del problema y ser autocríticos. No creo que se trate de autoflagelación, pero tampoco creer que repetir acciones del pasado represente un camino. La magnitud de la crisis actual y su impacto, así como los cambios a los que nos exponemos cotidianamente, deberían empujarnos a cuestionar la naturaleza de la convivencia social y nuestro papel.

Pero no se trata de esperar a tener todo claro, sino de actuar. Un paso puede ser identificar círculos de personas interesadas en imaginar y construir una convivencia horizontal, bajo reglas que permitan definir en qué y cómo aportan. Promover conversaciones intergeneracionales horizontales que nos lleven a construir juntos miradas y acciones de cambio podría ser otro paso. Facilitar espacios de encuentro entre jóvenes que compartan y decidan rutas comunes de acción junto con otros. Sabemos que las generaciones tienen sensibilidades y rutinas distintas que nos lleven a enfocar de diversas maneras. Nos necesitamos unos y otros. Seguramente hay también otros grupos de peruanos y peruanas dispuestos a consensuar y actuar en diversos campos. Por eso, pese a que la crisis social y política se ha profundizado, sigamos al poeta, “se hace camino al andar…” no nos dejemos paralizar, ni repitamos el pasado y sus máximas que la crisis destruyó. Hacerlo solo generará mayor escepticismo.

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