Perú, el país que no tuvo Resurrección en Semana Santa

Cada año, la Semana Santa convoca a miles de peruanos a procesiones, celebraciones litúrgicas y expresiones públicas de fe. Las calles se llenan de símbolos, las iglesias de fieles y el lenguaje religioso vuelve a ocupar un lugar central en la vida social. Sin embargo, tras el paso de estos días, queda una pregunta inquietante: ¿ha ocurrido realmente algo parecido a la Resurrección en la vida del país?

Hablar de la Resurrección de Jesucristo en el Perú actual exige ir más allá del rito y la tradición. No se trata solo de recordar un acontecimiento del pasado ni de afirmar una esperanza futura. Se trata de confrontar esa fe con una realidad marcada por el dolor, la violencia y la impunidad.

Si la Resurrección significa que la vida vence a la muerte, entonces su ausencia se hace evidente allí donde la muerte, en sus múltiples formas, sigue teniendo la última palabra. Y eso es precisamente lo que parece ocurrir en el país: una Pascua celebrada, pero no encarnada; proclamada, pero no vivida.

La Resurrección que no llegó

La Resurrección, entendida en su sentido más profundo, no es una invitación a la pasividad. No es un consuelo espiritual que permite soportar la injusticia sin cuestionarla. Lejos de justificar la resignación, impulsa una actitud crítica y comprometida. Se trata de una postura activa que confronta todo aquello que degrada la vida humana, una fuerza que mueve a oponerse a las dinámicas de injusticia y a resistir cualquier forma de deshumanización.

Sin embargo, esta dimensión parece ausente en la vida pública peruana. Las estructuras de poder, lejos de transformarse, continúan reproduciendo desigualdades. La violencia no se detiene, la corrupción persiste y la vida de muchos sigue siendo vulnerable. En este contexto, la fe corre el riesgo de convertirse en un refugio que no incomoda, en un lenguaje que no interpela.

Se celebra la Resurrección, pero no se asume su exigencia. Se habla de vida nueva, pero no se cuestionan las realidades que niegan esa vida. Una auténtica experiencia pascual implicaría no aceptar como normal aquello que es injusto. Implicaría una toma de postura clara frente al sufrimiento evitable. Pero esa insurrección ética, que debería brotar de la fe, parece no haber llegado.

Las víctimas que esperan justicia

Uno de los signos más preocupantes de la ausencia de Resurrección es la normalización de la muerte. Cuando la violencia se vuelve cotidiana, cuando las noticias de asesinatos dejan de sorprender y la indignación se disipa rápidamente, algo esencial se ha perdido.

La Resurrección rompe precisamente con esa lógica. Afirma que la muerte no es normal, que no debe ser aceptada como parte inevitable de la realidad. Introduce una ruptura, una resistencia frente a todo lo que deshumaniza. Sin embargo, en el contexto peruano, parece haberse instalado una cierta resignación. Las injusticias se repiten, las respuestas son insuficientes y la vida humana pierde centralidad en el debate público.

Por ello, el núcleo más radical de la Resurrección está en su relación con las víctimas. No puede entenderse sin ellas. Jesús muere como víctima de un sistema injusto, y su Resurrección es la afirmación de que esa muerte no es legítima ni definitiva.

En el Perú reciente, las víctimas tienen nombres, rostros e historias concretas. Las muertes ocurridas en el contexto de las protestas sociales, en medio de la crisis política vinculada al gobierno de Dina Boluarte, siguen clamando justicia. A ellas se suman las víctimas de la violencia cotidiana: personas asesinadas por redes de extorsión, ciudadanos atrapados en un clima creciente de inseguridad, familias marcadas por la pérdida.

Frente a estas realidades, la pregunta es inevitable: ¿dónde está la Resurrección? La memoria de las víctimas no puede quedar reducida a cifras o titulares. Recordarlas es un acto ético. Es negarse a aceptar que su sufrimiento sea olvidado. Es afirmar que cada vida tiene un valor irreductible y que ninguna muerte injusta puede ser normalizada.

Una esperanza que no se compromete

Uno de los mayores riesgos de la fe es desplazar la esperanza hacia un futuro lejano, desconectándola del presente. Pero una esperanza auténtica no paraliza, moviliza. No permite permanecer indiferente ante el sufrimiento ajeno. No se limita a consolar, impulsa a transformar. Y en el Perú, esta tensión es evidente. Existe una profunda religiosidad, pero muchas veces desvinculada del compromiso social. Se cree, pero no siempre se actúa en consecuencia. Se ora, pero no necesariamente se cuestionan las estructuras que generan muerte.

La Resurrección, entendida como victoria de la vida, debería traducirse en decisiones concretas: en la defensa de la dignidad humana, en la denuncia de la injusticia, en la construcción de relaciones más justas. Sin embargo, cuando estas dimensiones no se hacen presentes, la fe corre el riesgo de volverse estéril.

Resucitar como tarea pendiente

La Resurrección no es solo un acontecimiento que se celebra, sino una tarea que se asume. En el Perú, esa tarea sigue pendiente. No basta con proclamar que la vida vence a la muerte si, en la práctica, la muerte sigue imponiéndose.

Resucitar, en este contexto, significa comprometerse con la justicia. Significa ponerse del lado de las víctimas, exigir verdad, construir condiciones de vida dignas. Significa no aceptar la impunidad ni la indiferencia.

La fe pascual, si quiere ser auténtica, debe traducirse en una transformación concreta de la realidad. De lo contrario, corre el riesgo de convertirse en un discurso vacío. El desafío está planteado: hacer de la Resurrección algo más que una celebración anual. Convertirla en una práctica cotidiana que transforme la historia. Solo entonces será posible decir que, en medio de tanta muerte, la vida comienza realmente a abrirse paso.

Steve Privat Pérez
Coordinador del Proyecto
«Agroecología para una buena vida» – APTES

(Fotografía compuesta con imágenes de ANDINA y Asociación de mártires y víctimas del 09 de enero Juliaca – Puno)

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