[Editorial] Un mundo por descubrir. Una responsabilidad que asumir

Todos decimos que, en el Perú, el que no tiene de inga, tiene de mandinga. Eso quiere decir que, pese a la escasa extensión del Perú amazónico, la amazonia peruana tiene una gran impronta cultural y política, aunque siga siendo aún un Perú poco valorado y conocido. La amazonia abarca el 60% del territorio peruano con escasa densidad de población. De otro lado, lo que llamamos “sierra” cubre 30 % del territorio peruano y la costa aproximadamente la mitad de ello; aunque su densidad territorial es la más alta.

En el marco de la celebración por el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, el Instituto Nacional de Estadística e Informática – INEI dio a conocer en el 2007 que la población indígena de la Amazonía en nuestro país asciende a 332 mil 975 habitantes; siendo el 52,2% hombres y el 47,8% mujeres. La cuenca panamazónica genera entre el 16% al 20% del agua dulce del planeta, contiene el 25% de la biodiversidad terrestre, más especies de peces que cualquier otro sistema fluvial, 6.000 especies de animales y al menos 40.000 especies de plantas, según la publicación de mayo 2019 del Banco Mundial.

La Amazonía es una región que ofrece grandes oportunidades para lograr el desarrollo sostenible porque contiene muchos recursos naturales en forma de minerales, hidroenergía, biodiversidad y suelo. Las más importante son los recursos humanos, los animales y las plantas. Pero las posibilidades económicas basadas en las materias primas que puede proporcionar no son la base para promover un desarrollo nacional sostenible porque los peruanos, empezando por el Estado, miramos para otro lado mientras firmas internacionales muy poderosas explotan nuestras potencialidades en beneficio de pocos.

Consciente de la debilidad de los “Estados amazónicos” de forma aislada, hace décadas la Iglesia comenzó a hablar de la “Panamazonía” y ello desembocó en la REPAM (Red Eclesial Panamazónica). El territorio considerado Panamazónico por la Iglesia se extiende hoy sobre nueve países sudamericanos, conformando una iniciativa pastoral eclesial que nació con el auspicio del cardenal Hummes (Brasil) y el cardenal Barreto (Perú), inspirada en el aliento del Papa Francisco que en 2015 dio a luz su famosa encíclica Laudato Si’.

La Laudato Si’ afirma que el deterioro del planeta no se puede negar. La hermana tierra, la casa de todos, está enferma. La causa de ese deterioro proviene del olvido de una triple relación: del ser humano con Dios que lo formó, con el polvo arcilloso del que fue moldeado, y con otro ser humano “semejante a él” -expresada en la unión del varón con la mujer.

El Papa Francisco, en su encíclica, mantiene la mirada fija en esa triple relación: los seres humanos, creados por Dios, no pueden disociar su responsabilidad con “la tierra” del compromiso con la humanidad entera, en particular con los más pobres y las futuras generaciones. Es oportuno que recordemos aquí la primera homilía del Papa Francisco, que versó sobre la figura de José como el “cuidador” del niño y de María. Se habló entonces de la teología del “cuidado”.

Con el Papa, el tema ecológico entró en la preocupación pastoral de la Iglesia y de la sociedad mundial. Por eso, Francisco visitó Puerto Maldonado y desde allí quiso convocar a toda la Iglesia universal al Sínodo Panamazónico. Algunos cristianos entre los más conservadores y también algunos autodenominados progresistas quisieron ver en este énfasis del Papa una nueva teología tendiente a diluir la teología de la liberación. Consciente de este posible error de algunos, el Papa quiso afirmar desde un inicio que el deterioro del planeta y la injusticia que sacude la vida de los pobres eran las dos caras de un fenómeno humano, social y mundial que, como cristianos, tenemos que resolver conjuntamente.    

Una realidad injusta y desigual. La crisis ecológica y la crisis social son las dos caras de una sola crisis. Como explica bien la Laudato Si’, la responsabilidad del deterioro del planeta recae sobre todo en los países desarrollados que consumen y malgastan las energías no renovables, guiados por los intereses de unos pocos. La profunda injusticia de esta realidad es que, de otro lado, quienes más sufren en sus vidas por el deterioro del planeta son los países más pobres. Los más ricos depredan sin piedad y los más pobres sufren los efectos de esa depredación y se quedan sin árboles, sin agua y tienen que hacer frente a la desertificación y la sequía.

Ante este panorama, la Laudato Si’ llama a todos a actuar, no solo a los creyentes. Aboga por una vida marcada por la sobriedad frente a lo lógica del consumismo. Enfatiza la importancia de la política como cambio de una manera de vivir en busca de un nuevo modelo de desarrollo. El camino para esa conversión espiritual y mundial es la solidaridad.

Hoy nadie se salva solo, nos dice el Papa. La triple relación con Dios, con la naturaleza y con los demás es el único camino. La Amazonia no se salvará sola, pero el mundo tampoco se salvará si no nos hacemos “Amazonía”.

Compartir Artículo

Compartir en Facebook
Compartir en Twitter
Compartir en Linkdin
Compartir en WhatsApp