Asistimos en estas últimas semanas a una nueva crisis en el país, que tiene diversas caras. Una, la más visible, la política que nos ha puesto nuevamente ante un escenario en el que la combinación de decisiones, entre apresuradas y basadas en intereses absolutamente particulares, ha evidenciado la mediocridad y desentendimiento del país.
Luego de vacar raudamente a Dina Boluarte se optó por una alternativa que, desde el momento de su elección, tenía serios cuestionamientos. Éstos no se tomaron en cuenta y, por la fuerza de la mayoría de los votos y el procedimiento que se optó, el Congresista José Jerí se convirtió en presidente de la república. Solo dos meses después, su comportamiento, al inicio proactivo y mediático, dio paso a dudosos encuentros que evidenciaron que las objeciones planteadas al ser elegido se confirmaban de manera contundente.
Tras semanas de destapes y justificaciones el Congreso eligió al congresista José María Balcázar, también con muchos y diversos cuestionamientos en su haber. Su elección y su posterior propuesta de Gabinete Ministerial han suscitado un debate entre quienes, siendo responsables de la crisis en su conjunto, buscan quitar el cuerpo para no desprestigiarse ante tan cercanas elecciones. Estamos a la intemperie en términos de conducción política responsable.
Mientras tanto, el país sufre otras crisis: la violencia del crimen, los fenómenos climáticos y sus consecuencias económicas y de calidad de vida para la población afectada.
Con respecto al crimen, las extorsiones han cobrado (en estos dos primeros meses) gran número de asesinatos. Las fuentes oficiales se contradicen, pero sabemos que van en aumento. Los fenómenos climáticos, una constante en estos meses del año, han golpeado de manera excepcional gran parte del territorio nacional, produciendo desastres que no son “naturales”, sino fruto de la desidia, la corrupción y la imprevisión. Además de las muertes lamentables de muchos ciudadanos, la pérdida que sufre la población, especialmente la más vulnerable, es enorme. Ante ello, no ha habido medidas de previsión y ahora no parece haber capacidad para afrontar la emergencia. Estamos desprotegidos, literalmente, en términos de previsión y cuidado y en capacidad de respuesta ante los desastres que están ocurriendo, y pueden incrementarse.
Se sabe que huaicos e inundaciones tienen un costo económico enorme que cae sobre las espaldas de los afectados y también del Estado, que deberá invertir para remediar provisionalmente lo que no previó. Pero estos fenómenos climáticos no solo traerán efectos económicos graves para las personas, también en otros aspectos centrales, como la salud. Habrá proliferación de epidemias como el dengue y la fiebre amarilla, pero los servicios de atención están hoy disminuidos en su cobertura. El daño a locales escolares implica el retraso del inicio de clases, viéndose afectada una importante población infantil y adolescente. Gran parte de la población, aquella más golpeada por los fenómenos climáticos, lamentablemente sigue viviendo a la intemperie.
¿Será posible revertir esta situación? Sabemos que la capacidad organizativa de los vecinos, de la sociedad civil en general y del sector privado están afrontando en lo inmediato las carencias que todo ello está produciendo; pero, sin duda, la responsabilidad del Estado es enorme y en este momento su capacidad de respuesta parece aún totalmente insuficiente.
En ese sentido, estando próximos a un proceso electoral, es urgente reflexionar sobre la tarea fundamental e insustituible del Estado y lo decisivo que es que quienes lo conduzcan sean responsables y velen por el bien común. Las elecciones son una ocasión para expresar nuestra opinión sobre qué clase política queremos tener. Francisco nos recordaba en Fratelli Tutti: «necesitamos una política que piense con visión amplia, y que lleve adelante un replanteo integral, incorporando en un diálogo interdisciplinario los diversos aspectos de la crisis» (FT 177)
Es imprescindible que vayamos a votar bien informados, discerniendo alternativas que sean consistentes. Que nadie descuide este aspecto práctico decisivo. La responsabilidad de cada uno es central para superar el abandono en el que hoy el Perú se encuentra.