Amazonía y sinodalidad: el territorio como lugar de revelación divina


Fe y Alegría 62 es un centro intercultural bilingüe. Inicial y primaria es mixto, la secundaria es solo de mujeres. La población más grande es awajún, la más pequeña es wampis porque vienen del Alto Marañón. No hay niñas mestizas porque el centro educativo es para las comunidades nativas. Algunas hablan awajún, otras wampis y algunas hablan los dos idiomas y el español.

Es una residencia estudiantil, el año pasado fueron 431 estudiantes. De ellas, se quedan en la residencia las que tienen sus comunidades más alejadas, alrededor de 270. Sin embargo, se da desayuno, almuerzo y cena a casi 300 estudiantes.

Si bien el colegio queda en la comunidad Wachapea, no todas las estudiantes son de ahí. Vienen de los cinco ríos: del río Nieva, de la ribera del río Chiriaco, del río Santiago y del Alto Cenepa, o sea, del Marañón.

Lo primero es que conecta con mi vida y mis orígenes. Yo soy quechua, mi idioma materno es el quechua, no es el español. Con ellas es igual, mantienen muy vivo el idioma.

Son mujeres líderes, con un nivel de racionalidad muy alto, y son muy contemplativas, tienen una relación muy despierta con la naturaleza, muy fuerte, aunque en el mundo occidental son muy estigmatizadas.

También son muy comunitarias. Siempre caminan en grupo, hay un sentido de comunidad y de pertenencia a la tierra muy fuerte. 

Las mayores tienen mucha ascendencia con las más pequeñas. Por ejemplo, en la residencia, una vez a la semana, las más grandecitas lideran un grupo de pequeñas y limpian todo el colegio desde las 5 de la mañana. Eso es parte de la convivencia, es el proyecto del cuidado de la casa que habitamos.

Para mí, después de Laudato si’ y el Sínodo de la Amazonía, el territorio es lugar de revelación divina, es una categoría teológica. Dios se revela y se vive en esa relación armónica entre lo humano y el territorio, lugar sagrado (la tierra, toda la Amazonía o el mundo andino).

Otro lugar de revelación divina es el cuerpo de la mujer, de la mujer indígena, quechua, aymara. Son orillas que todavía no han sido visibilizadas.

Tenemos tres aulas de 1° de secundaria, con 30 estudiantes cada una, y el año pasado solo llegaron a 5to de secundaria 18 alumnas. Unas se comprometen muy jovencitas, otras no terminan por los recursos económicos, y otras salen embarazadas; y pareciera que el sueño de realización humana se termina en ser mamá, pero en el fondo hay otros factores.

El año pasado, en la inscripción para 1° de secundaria, vino una pareja muy joven que tenía ocho hijos. La mayor tenía quince años y, por esperar a la segunda, que tenía entre diez y once años, porque la tenía que cuidar, no iba a estudiar la secundaria, no la podíamos recibir porque estaba mayor. Tenía que ir a un Centros de Educación Básica Alternativa (CEBA), pero no podía porque no hay en su comunidad; tampoco puede quedarse en Chiriaco porque vive a cinco horas.

Las leyes no conocen las costumbres ni las familias. Son mundos completamente diferentes.

Entonces, no solo es vivir la sinodalidad eclesial o la de los carismas desde nuestra condición bautismal; también es la sinodalidad en el ámbito social, cultural, ético, y político.

Desde antes del Concilio Vaticano II se fueron incorporando las pastorales en las parroquias, vicariatos y diócesis. Ese modelo se fue extendiendo en el vicariato San Francisco Javier, al que pertenecemos, hace muchos años. Sin embargo, en la parte amazónica del Vicariato no caló porque son dos mundos culturales distintos, territorialmente es otra cosa. Por eso, desde el 2024 los jesuitas hicieron un proceso para ver qué modelo podía recoger el mundo amazónico.

El plan pastoral define, en uno de sus objetivos, recoger el mundo awajún/wampis como misión, pero también que permee todo el plan. Entonces, el Buen Vivir está incorporado en la visión de la parroquia, los Etserin/Etsejin (catequistas awajún/wampis) son los animadores de las comunidades, y también los apash (los hispanohablantes). Tres ministerios distintos culturalmente: uno awajún, otro wampis y los apash, estos se diversifican, pero a la vez se encuentran en comunidades.

También se proyectó la recuperación y la integración del rito awajún/wampis en las celebraciones: en los cantos, la traducción de la Biblia, especialmente el Nuevo Testamento y ciertos ritos, como en el bautizo. Además, se abrió una escuela de formación, llamada Sentuch, para los agentes pastorales del territorio, y hemos ido trabajando en el rito amazónico. Todo ha sido en escucha atenta a los saberes ancestrales de los abuelos y abuelas, que han ido compartiendo oralmente; y los jesuitas mayores habían escrito algo sobre ello.

Toda la estructura organizativa en la parroquia está en lo que llamamos “juntas”. La estructura central se llama “junta sinodal”, compuesta por el párroco, los responsables que animan las comunidades y los coordinadores de cada área pastoral. Otra estructura son las “juntas misionales”, que tienen viarias comunidades nativas, y cada tres comunidades hacen una “junta comunal”; el que coordina la junta comunal pertenece a la junta sinodal, que se reúne mensualmente para ir haciendo camino.

En las comunidades, los responsables son los laicos. Por ejemplo, en la comunidad de Chiriaco, a la que pertenece Wachapea y siete u ocho comunidades más, el que nos coordina es un laico, que puede ser mestizo o awajún.

No podemos seguir hablando de sinodalidad si no hablamos y no incorporamos periferias que no se incluyen en el camino sinodal.

Hablamos de sinodalidad con el mismo lenguaje de hace muchos años. Es decir, una estructura y una hermenéutica teológica o una epistemología que solo se fija en un solo modelo, una sola mirada teológica y praxis pastoral.

El gran desafío de la sinodalidad es aventurarnos a escuchar otras voces desde otras orillas. No podemos seguir nuestra reflexión y nuestra praxis teológica sinodal desde el androcentrismo patriarcal. Creo que hay otras orillas, y hay que escucharlas y mirarlas con cariño, acogerlas. Creo que el aporte podría ir por ahí, con todos sus desafíos.

Hemos cambiado a las mesas circulares, pero las posturas de formación siguen siendo las mismas. Para mí es un gran desafío, de repente estoy alterando el orden establecido, pero creo que todavía estamos siendo políticamente correctos, por más mentalidad abierta que tengamos todos y todas. Todavía hay que intuir y percibir más.

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