Este julio, mes de la patria, en este año 2024, bicentenario de la independencia del Perú (y de América Latina) de España, sellada en las batallas de Junín y Ayacucho, nos encuentra con el peso de las promesas incumplidas de nuestra república. La pobreza está a niveles del 2010, hemos retrocedido 14 años; nuestros niños padecen anemia y una educación de ínfima calidad. A las mujeres nos acaban de despojar del derecho a la real participación política, al borrar la paridad y la alternancia en las listas electorales; lo que refleja en el plano político la persistencia del desprecio y el maltrato que se vive cotidianamente.
A más de 500 niñas awajún las han estado violando sistemáticamente sus profesores, sin que las autoridades hagan nada, salvo insultar la cultura nativa. Los líderes de los pueblos amazónicos siguen siendo asesinados por defender nuestros bosques ante la depredación causada por la codicia de madereros ilegales e invasores de sus territorios. Los campesinos siguen alimentándonos, aun cuando apenas recuperan su inversión dados los bajísimos precios de sus productos debido a los intermediarios. Los trabajadores, más de 70% de ellos informales, no logran mantener a sus familias con sus escasos ingresos; no tienen casi sindicatos que los defiendan.
Mientras tanto, el poder político está en manos de grupos que no tienen noción de su deber de procurar el bien común, sino que defienden intereses de grupos o, peor aún, de mafias. Un Ejecutivo frívolo deja hacer a un Congreso con clara voluntad de destruir los avances logrados con tanto esfuerzo en las instituciones del país, en la separación de poderes, en la lucha contra la corrupción y el crimen organizado. Ambos están mereciendo la rotunda desaprobación de la población y la condena de instituciones internacionales y gobiernos democráticos. También a nivel nacional gremios de empresarios y de trabajadores, organizaciones de derechos humanos y de la sociedad civil rechazan el destrozo que se está cometiendo y temen por la viabilidad del país.
Estamos ante una clara y urgente demanda de respuesta de la población. Recordemos las palabras del Papa Francisco en su visita al Perú en 2018: “No se dejen robar la esperanza”.
No podemos dejar al país en manos tan nefastas. Es necesario organizarnos y luchar contra los males que provocan, y no dejar que la esperanza de un Perú fraterno y justo se desvanezca en el corazón de los peruanos. Cada uno de nosotros debe hacer todo lo que pueda por recuperar nuestra patria, por combatir la pobreza y la injusticia, por defender la Amazonía y los pueblos originarios, por fortalecer una conciencia ciudadana responsable orientada al bien común.
Para no perder la esperanza, tenemos que actuar. La esperanza no viene en paracaídas, dice Gustavo Gutiérrez. Tenemos que construir razones de esperanza. Ese es nuestro desafío, nuestra tarea hoy.







