Hace unas semanas, una noticia relacionada con RJ Mitte, el actor que interpretó a Walter White Jr. en Breaking Bad, volvió a poner el suicidio en el centro de la conversación pública. Cuando ocurren noticias así, nos detenemos unos instantes, compartimos alguna publicación y expresamos nuestra tristeza. Después, casi sin darnos cuenta, regresamos a nuestras rutinas. Sin embargo, hay preguntas que no deberían desaparecer cuando dejamos de hablar de una noticia: ¿qué lleva a una persona a experimentar un sufrimiento tan profundo? ¿Qué condiciones atraviesa? Y, sobre todo, ¿qué estamos haciendo como sociedad para que pedir ayuda sea una posibilidad real y no solo una recomendación que repetimos cuando alguien muere?
Cada vez que leo sobre un suicidio, mi corazón se aprieta al imaginar cuánto dolor pudo haber cargado esa persona en silencio, cuántas veces intentó continuar sin saber cómo hacerlo y cuánto necesitó que alguien se sentara a su lado para recordarle que no tenía que afrontarlo todo en soledad. Me pregunto si tuvo con quién hablar, si encontró un espacio seguro para expresar lo que sentía y si recibió la ayuda que necesitaba.
Soy Steve Privat y no escribo únicamente desde la preocupación que me producen estas noticias, sino también desde mi propia historia. Hace algunos años tuve un intento de suicidio. Compartirlo significa abrir una puerta hacia una etapa de mi vida a la que no siempre resulta sencillo regresar. No me avergüenzo de lo vivido, pero reconozco que hay experiencias para las que necesitamos tiempo y palabras antes de poder nombrarlas. Como tantas otras personas, tuve que aprender a convivir con mis contradicciones y con sentimientos que no siempre sabía explicar.
¿Por qué no basta con decir «pide ayuda»?
Cuando alguien muere por suicidio, las preguntas aparecen casi inmediatamente: ¿por qué no pidió ayuda?, ¿por qué no habló con su familia?, ¿por qué nadie se dio cuenta? Intentamos reconstruir sus últimos días y encontrar señales que quizá pasaron inadvertidas. Pero también necesitamos hacernos preguntas más incómodas: ¿tenía realmente las condiciones para pedir ayuda?, ¿había alguien dispuesto a escuchar?, ¿podía acceder a atención psicológica?, ¿vivía en un entorno donde expresar su dolor era seguro?
¿Qué le decimos a quien necesita atención profesional, pero no puede pagarla? ¿A quien vive en una familia donde expresar tristeza es motivo de burla o reproche? ¿A quien teme sufrir discriminación por hablar de lo que siente? A veces, hablamos de pedir ayuda como si bastara con tomar una decisión, como si todas las personas tuvieran los mismos recursos y oportunidades. Sin embargo, pedir ayuda no depende únicamente de la voluntad: también requiere servicios accesibles, personas dispuestas a escuchar y entornos donde mostrarse vulnerable no signifique exponerse a nuevas heridas.
Por eso, me cuesta aceptar que la prevención del suicidio se convierta en una responsabilidad exclusivamente individual. Con frecuencia, pareciera que todo depende de aprender a gestionar las emociones, desarrollar resiliencia y encontrar la fortaleza suficiente para continuar. Cuando alguien no lo consigue, corremos el riesgo de interpretar su sufrimiento como una incapacidad personal, sin preguntarnos por las circunstancias que lo rodean.
Las condiciones sociales detrás del sufrimiento
Vivimos en una sociedad que nos exige fortaleza, productividad y resultados. Tenemos que estudiar, trabajar, pagar las cuentas, cumplir responsabilidades y responder a las expectativas de los demás. Debemos mantenernos en pie cuando estamos cansados, sonreír aunque no tengamos ganas y continuar incluso cuando no sabemos cómo resolver aquello que nos duele.
En ese contexto, frases como «tienes que ser fuerte», «todo depende de tu actitud» o «hay personas que están peor que tú» pueden terminar agravando el sufrimiento. Aunque se pronuncien con buenas intenciones, pueden hacernos sentir que nuestro dolor es exagerado, que no tenemos derecho a estar mal o que debemos recuperarnos rápidamente para no incomodar a nadie.
La salud mental no ocurre en el vacío. Está atravesada por nuestras relaciones, condiciones de trabajo, posibilidades económicas y los espacios que habitamos. También por la violencia, la discriminación y la soledad. Por eso, me niego a pensar que todo se resuelve enseñándole a una persona a resistir. Hay sufrimientos que requieren atención profesional, redes de apoyo y cambios concretos en las condiciones de vida; no desaparecen con una frase motivacional ni con la exigencia de seguir adelante.
Quiero una sociedad donde podamos descansar, equivocarnos y pedir ayuda sin sentir vergüenza. Una sociedad que no normalice el agotamiento, que cuestione las dinámicas familiares que silencian el sufrimiento y que enfrente las desigualdades que dificultan el acceso al cuidado. Prevenir también significa comprender que la salud mental no puede depender exclusivamente de los recursos individuales ni de la suerte de encontrar a alguien que nos acompañe.
Si algo agradezco de mi propia historia es haber encontrado personas que me hicieron sentir escuchado, protegido y acompañado. No podían resolver todos mis problemas, pero su presencia me recordó que no tenía que sostenerlo todo en soledad. Por ellas, creo que debemos seguir hablando de este tema, no solo cuando una noticia nos conmueve o durante las campañas de sensibilización, sino también en nuestras familias, comunidades, centros de trabajo e instituciones educativas.
Escuchar sin juzgar y acompañar con empatía
Necesitamos hablar del suicidio sin romantizarlo ni reducirlo a una explicación única. Hablar de salud mental implica reconocer tanto el sufrimiento personal como las condiciones sociales que lo atraviesan. También significa dejar de responsabilizar a quienes sufren por no haber buscado a tiempo la ayuda que necesitaban.
Porque no todas las personas necesitan que les digamos que sean fuertes. Algunas necesitan que dejemos de hacerles daño; otras, que las escuchemos sin juzgarlas. Muchas necesitan atención profesional, seguridad, descanso u oportunidades para reconstruir sus vidas. Y algunas necesitan todo eso al mismo tiempo. Quizá nunca lleguemos a comprender por completo el dolor que atraviesa otra persona, pero podemos aprender a no juzgarlo, a escuchar sin minimizarlo y a acompañar sin exigir explicaciones. No siempre tendremos las palabras adecuadas ni podremos resolver aquello que hace sufrir a quienes queremos, pero sí podemos contribuir a que encuentren espacios seguros donde su dolor sea reconocido y su vida cuidada.








