[Editorial] ¡No son accidentes, existen responsables!

Digámoslo con firmeza: No son accidentes, existen responsables. La reflexión (y la acción) de lo que nos sucede como país exige llamar a las cosas por su nombre y dejar de normalizar la precariedad en que vivimos. Por ello, estos párrafos intentan ser un llamado de atención para abrir los ojos y volver a indignarnos éticamente. 

No es normal ser extorsionado (ni matado) por emprender un negocio que intenta conseguir condiciones de vida digna; o por ser chofer de algún medio de transporte que no quiere pagar algún cupo; o por ser un profesor universitario que recibe amenazas por mensajes de texto; o por tener un colegio que, al rechazar las intimidaciones, se le detonan granadas en las puertas. ¡No son accidentes, existen responsables!

Tampoco es normal que se asesine en promedio a 6 personas al día; que se encuentren implicados entre los delincuentes a los policías; o que el ministro del Interior acuse a inocentes como delincuentes en canal nacional (y que nos mientan con cifras de homicidio falsas). O que el congreso haya impulsado una ley que beneficia a los delincuentes; o que los ministros de un país estén denunciados por violencia contra la mujer, pertenecer a una organización criminal o por chantajes sexuales. No son accidentes, existen responsables.

A mediados de febrero, colapsó el puente de Chancay en la Panamericana Norte dejando como saldo tres muertos y decenas de heridos, a pesar de que funcionarios regionales y alcaldes alertaran del problema. No se tomó ninguna acción. Y, sin duda, no es normal que el techo de un Centro Comercial en Trujillo se haya desplomado hace unos días matando a 6 personas (cifra oficial) y dejando casi una centena de heridos y familias afectados.

No nos olvidemos tampoco de los más de 50 fallecidos a causa de los desbordes y huaicos, así como miles de personas damnificadas por falta de previsión. ¡No son accidentes, en todos estos casos existen responsables! No solo es claro que nuestro país está al revés; sino también debe ser claro que lo que nos sucede no son accidentes, sino que existen responsables y debemos alzar la voz de denuncia ante las injusticias, vulnerabilidad y muerte que producen.

Por ello, debemos de nombrar, alto y fuerte, al empresariado y funcionarios irresponsables que ponen su interés económico particular por encima de la dignidad humana; a los dispositivos legales que han exibilizado las supervisiones; a la clase política enquistada en el poder que entró para ganarse su botín; y al gobierno de turno, el cual ha demostrado que la vida y dignidad de las personas no son partem de su agenda.

¿Y qué podemos hacer? Como diría un viejo amigo (y maestro), debemos de recuperar la indignación ética que permita ser una brújula crítica que devele el sufrimiento de los más vulnerables y tome posición ante la violencia estructural. Solo desde ahí podremos reconstruir un país donde al reconocernos como seres humanos y resistir con firmeza ante la concentración de poder, podamos caminar, no sin tropiezos, hacia el bien común.

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