[Editorial] Gustavo Gutiérrez, suscitador de esperanza

Nuestras dos instituciones, el Centro de Estudios y Publicaciones y el Instituto Bartolomé de Las Casas, queremos, a través de estas líneas, expresar al Señor nuestra gratitud por la vida y trayectoria de Gustavo Gutiérrez, seguidor de Jesús.

Hemos sido testigos a los largos de estos días, después de su fallecimiento, de numerosísimos testimonios venidos de todo el mundo sobre su aporte a la iglesia y al país. La más alta autoridad de la comunidad eclesial, el papa Francisco, lo hace con un enorme afecto y reconocimiento.

Desde Signos, queremos recordar especialmente la capacidad de Gustavo para combinar una visión de largo y amplio horizonte con una sensibilidad concreta al aquí y al ahora de la vida de cada persona, especialmente, de quien sufre opresión, desprecio y pobreza. En ese sentido, Gustavo supo ser un verdadero seguidor de Jesús de Nazaret.

En su reflexión teológica, en su trabajo pastoral y como profesor nos invitó permanentemente a una actitud de conversión. No bastaba leer y entender el mensaje del Evangelio, había que hacerlo carne en nosotros. Eso suponía callar para saber escuchar, para mirar los signos de los tiempos y no solo los que nosotros quisiéramos ver. Gustavo fue siempre muy firme en recordar la radicalidad, es decir la hondura, del mensaje cristiano. Nunca cedió a interpretaciones o recetas fáciles que podían adaptarlo a propuestas inmediatas. Recordaba machaconamente, por ejemplo, que el Reino se acoge, no se construye; se construye la sociedad en la que ese Reino se encarna.  O a quienes consideraban que la palabra preferencial “moderaba” la opción por los pobres, les señalaba con claridad que la preferencia era una cualidad del amor gratuito de Dios por los pobres, no una “transacción”.

Nos alentó a abrir cauces de compromiso para transformar la realidad en una más acorde con los valores evangélicos de justicia y fraternidad, pero nunca nos dijo qué camino tomar sino solo tener presente los criterios de Jesús.

Finalmente, Gustavo fue un infatigable suscitador de esperanza. Decía: la esperanza no llega, se prepara su camino, se alientan sus signos. Por eso, está muy vigente aquello que escribió en momentos muy oscuros y duros de nuestra vida nacional cuando el terrorismo atacaba sin piedad. Escribía: “La luz no está al final del túnel, se halla en las mismas personas que transitan por él. A ellas les toca iluminarlo… Si la espera del Señor enciende nuestros corazones, si respondemos con nuestro compromiso y solidaridad al don del amor que Dios nos da en su Hijo, nos convertiremos en luciérnagas que, constituyéndose, con la fuerza de Espíritu, en una muchedumbre inmensa, harán de las tinieblas amenazantes una noche humana y reposante.”[1]

Hoy vivimos momentos también oscuros para la humanidad y para nuestro país: la muerte violenta, la corrupción, el hambre y la pobreza están muy presentes. Estas palabras de Gustavo y su caminar infatigable nos convocan al CEP y al Bartolo a seguir en la tarea que Gustavo y los otros fundadores nos encomendaron: estar al servicio de la construcción de una sociedad fraterna y justa desplegando nuestras herramientas educativas, de acompañamiento y las publicaciones que permitieran fortalecer la labor pastoral, las tareas de promoción y defensa de los derechos humanos teniendo en el centro de nuestro trabajo los innumerables rostros de los pobres, los preferidos del Señor.


[1]“Como luciérnagas”, publicado en Signos Navidad de 1992.

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