Hay una tentación persistente que atraviesa la historia del desarrollo social: la de decidir por otros bajo la convicción íntima de que se sabe lo que les conviene. Esa tentación, revestida de buenas intenciones, ha adoptado múltiples nombres: asistencia, intervención, ayuda, incluso “acompañamiento”. Sin embargo, en su forma más sutil y peligrosa, se manifiesta como paternalismo: una práctica que, aun cuando logra resultados visibles, termina debilitando aquello que dice querer fortalecer.
El paternalismo se nutre de una asimetría de poder que rara vez se cuestiona. Quien acompaña (sea una ONG, un Estado, un consultor o un voluntario) suele llegar con recursos, conocimientos técnicos y legitimidad institucional. Quien recibe ese acompañamiento, en cambio, es frecuentemente percibido como carente: de información, de capacidades, de organización. Desde esa lógica, intervenir “por el bien” de la comunidad parece no solo justificable, sino necesario. Pero esa narrativa omite un hecho fundamental: toda comunidad posee saberes, prácticas y formas de organización que no siempre son visibles para el ojo externo, pero que constituyen la base de su vida colectiva.
Decidir por la comunidad implica, en última instancia, negar esa base. Aunque la decisión tomada desde fuera sea acertada en términos técnicos, su imposición genera una pérdida intangible pero profunda: la del protagonismo. Y sin protagonismo no hay apropiación; sin apropiación, no hay sostenibilidad. Lo que se logra por decreto externo difícilmente se sostiene en el tiempo, porque no ha sido internalizado como propio. Es un cambio sin raíces.
El rol del acompañante: crear condiciones, no imponer caminos
El acompañamiento, entonces, exige una redefinición radical del rol del facilitador. No se trata de ser el arquitecto que diseña el edificio y entrega las llaves, sino el escenógrafo que prepara el espacio para que otros construyan su propia obra. Esta metáfora no es menor: el escenógrafo no controla la trama, no dicta los diálogos ni define el desenlace. Su tarea es crear las condiciones para asegurar que haya iluminación, que el escenario sea habitable, que los actores puedan moverse con libertad. Es un rol menos visible, menos celebrado, pero profundamente transformador.
En la práctica, esto implica desplazar el centro de gravedad de la intervención. Significa priorizar procesos participativos genuinos, donde la comunidad no sea consultada de manera simbólica, sino involucrada en la toma de decisiones desde el inicio. Significa también renunciar a la obsesión por la eficiencia entendida como rapidez. Los procesos comunitarios son más lentos y complejos porque requieren deliberación, conflicto y negociación. Pero en esa aparente “ineficiencia” reside su potencia: cada paso es también un aprendizaje colectivo.
La incomodidad necesaria
Ahora bien, acompañar sin suplantar no es una tarea cómoda. Implica, en primer lugar, soltar el control, una experiencia profundamente incómoda para muchos profesionales del desarrollo. Estamos formados para planificar, para anticipar riesgos, para asegurar resultados. La incertidumbre se percibe como un fallo, no como una condición inherente a lo social. Sin embargo, cuando se trabaja con comunidades, la incertidumbre no solo es inevitable, sino necesaria. Es el espacio donde emerge la creatividad colectiva, donde se ensayan soluciones propias, donde se redefine lo posible.
Aceptar la incertidumbre también implica aceptar la posibilidad del error. Este es quizás uno de los puntos más difíciles de asumir: la comunidad puede tomar decisiones que, desde una perspectiva externa, parezcan equivocadas. Puede elegir caminos menos eficientes, más costosos o incluso fallidos. El error, en este contexto, no es un fracaso, sino una fuente de aprendizaje que fortalece la capacidad colectiva de evaluar y corregir. En cambio, una decisión propia, incluso si falla, fortalece la capacidad de análisis y la responsabilidad colectiva.
Aquí emerge una tensión clave: ¿hasta qué punto es ético permitir que una comunidad se equivoque, especialmente cuando están en juego recursos limitados o condiciones de vulnerabilidad? No hay una respuesta simple. El acompañamiento responsable no implica una retirada absoluta ni una neutralidad pasiva. Implica, más bien, un equilibrio delicado entre orientar y no imponer, entre advertir y no decidir. El facilitador puede y debe aportar información, abrir horizontes, compartir experiencias. Pero la decisión final debe permanecer en manos de la comunidad.
Autonomía como horizonte
Cuando una comunidad decide por sí misma, ocurre algo que trasciende el proyecto específico: se transforma la relación con el poder. La gente deja de verse como beneficiaria y comienza a asumirse como sujeto político. Esto tiene implicaciones que van más allá del ámbito local. Una comunidad que ha experimentado procesos de decisión autónoma está mejor preparada para interactuar con el Estado, exigir derechos y participar en espacios más amplios de gobernanza. En este sentido, el acompañamiento no solo impacta en el desarrollo local, sino en la calidad de la democracia.
Sin embargo, es importante reconocer que no todas las comunidades parten del mismo punto. Existen contextos donde la fragmentación social, la desconfianza o la historia de intervenciones fallidas dificultan los procesos participativos. En estos casos, el acompañamiento requiere una fase previa de reconstrucción del tejido social: generar espacios de encuentro, promover la confianza, facilitar el diálogo. Este trabajo es menos visible y a menudo menos financiado, pero es indispensable. No se puede pedir autonomía donde no existen aún las condiciones mínimas para ejercerla.
También es necesario cuestionar las estructuras institucionales que, muchas veces, refuerzan el paternalismo. Los sistemas de financiamiento, por ejemplo, suelen exigir resultados rápidos y medibles, lo que incentiva intervenciones directivas. Los marcos normativos pueden limitar la participación real, reduciéndola a consultas formales. Incluso las propias organizaciones que promueven el desarrollo pueden reproducir jerarquías internas que contradicen el discurso participativo. Acompañar de manera coherente implica, por tanto, una revisión crítica de estas estructuras.
El desarrollo real no se limita a que las cosas mejoren en el presente. Su verdadera medida está en la capacidad de sostener y profundizar esas mejoras en el tiempo. Y eso solo es posible cuando la comunidad no es objeto de intervención, sino sujeto de transformación. Cuando decide, se equivoca, aprende y vuelve a decidir. Cuando se reconoce a sí misma como autora de su propio destino.
Acompañar, en este sentido, es un ejercicio de renuncia y de esperanza. Renuncia al control, a la inmediatez, al protagonismo. Esperanza en la potencia de lo colectivo, en la inteligencia situada, en la posibilidad de construir desde abajo. Es una práctica exigente y profundamente liberadora, porque transforma tanto a las comunidades como a quienes deciden acompañarlas.
Steve Privat Pérez
Coordinador del Proyecto
«Agroecología para una buena vida» – APTES
(Fotografía de CIFOR)