En mayo, luego de un fallido intento de la presidenta Boluarte de ocultarlas, se dieron a conocer las cifras de pobreza. En mayo de cada año el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) publica las cifras correspondientes al año anterior. Lo que llamó la atención es el aumento de la pobreza. Pasó de 27,5% en el 2022 a 29% en el 2023. Hay 596,000 pobres más que en el 2022.
El intento de ocultar las cifras hizo que, a diferencia del año pasado, se destacara más el tema. Ya que no tuvo éxito en ocultarlas, buscó quitar toda responsabilidad a su gobierno por dicho aumento. Nos dijo: “El país sufrió una convulsión política social en diciembre 22-enero-febrero 2023. Las cifras económicas de esta convulsión política de casi 500 manifestaciones, todas ellas violentas, económicamente han sido más fuertes que la misma pandemia del Covid 19”.
Esta afirmación fue rápidamente cuestionada por el economista Javier Herrera, miembro de la Comisión Consultiva del INEI, quien afirmó que “La versión oficial pretende culpar al ciclón Yaku, al fenómeno de El Niño o a las protestas sociales que ocurrieron en el primer trimestre del año, sin mostrar mayor evidencia al respecto. Una primera mirada a las evoluciones mensuales nos permite descartar tales explicaciones (o, mejor dicho, excusas ante la inoperancia de las políticas públicas). Observamos que durante la primera mitad del año la pobreza disminuyó, mientras que se incrementó rápidamente a partir del mes de agosto”. Herrera también llamó la atención sobre el agravamiento de la situación de pobreza en la capital, nos dijo: “Los resultados del 2023 confirman y agravan una tendencia ya manifiesta desde el 2016: la pobreza en la capital crece a un ritmo acelerado, mayor que en el resto del país. La pobreza en Lima se ha prácticamente triplicado en 7 años, pasando de 11% en 2016 a 28,7% en 2023 y duplicado desde la prepandemia (2019)”[1].
Los datos publicados nos recuerdan el gran desafío que afrontamos para que desde donde estemos contribuyamos a que se tomen las medidas que permitan remontar estas cifras, detrás de las cuales hay un gran sufrimiento humano. Recordemos que si bien lo que se nos presenta son las cifras económicas, la pobreza tiene múltiples dimensiones. En efecto, como ya constató una extensa investigación del Banco Mundial, de la década de los 90, publicada en los tres tomos de Voices of the Poor, los pobres son socialmente invisibles para otros, de allí su demanda permanente de reconocimiento.
Pero, además, los pobres no tienen participación ni voz en la toma de decisiones que afectan sus vidas, pues no se toman en cuenta sus derechos civiles y políticos. Naciones Unidas señala que“Los derechos civiles y políticos facultan a los pobres para reivindicar sus derechos económicos y sociales a alimentos, vivienda, educación, atención de salud, un trabajo digno y seguridad social”[2]. También hay que tener en cuenta que los pobres viven experiencias límites de sufrimiento, soledad, vulnerabilidad e inseguridad con mayor frecuencia y en mayor intensidad que el resto de ciudadanos. Los británicos Richard Wilkinson y Kate Pickett, en una interesante investigación, afirman que “experimentos usando escáneres cerebrales muestran que la pena causada por la exclusión social estimula las mismas áreas cerebrales que se estimulan cuando alguien experimenta dolor físico”[3].
El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) nos dice que la “pobreza limita las libertades humanas y priva a las personas de dignidad (…) la extrema pobreza y la exclusión social constituyen un atentado contra la dignidad humana”[4].Como bien señaló en una oportunidad el Premio Nóbel de Economía 1998, Amartya Sen, en últimas, la pobreza es una restricción de la libertad.
[1] ) 14 mayo 2024 “La continua pauperización de las ciudades”
[2] ) Informe sobre Desarrollo Humano, 2000 (Madrid, Mundi Prensa, 2000) p. 86.
[3] ) The Spirit Level. Why Greater Equality Makes Societies Stronger (New York, Bloomsbury Press, 2010)p.214.
[4] ) PNUD op.cit. p.73.






