Rafael López Aliaga y sus expresiones dirigidas contra Carlos Bruce no pueden entenderse como un episodio aislado de una campaña electoral. Las declaraciones de 2026 se inscriben en una serie de hechos ocurridos durante los últimos años que han colocado al político y a su gestión municipal en el centro de cuestionamientos relacionados con la población LGBTIQ+. En este contexto, la homofobia aparece como un elemento que atraviesa parte de las expresiones y controversias vinculadas con su discurso público.
En agosto de 2026, López Aliaga afirmó que era amigo de personas homosexuales, pero diferenció entre quienes, según él, son “prudentes” y quienes tendrían una homosexualidad “escandalosa”; además, calificó a Bruce de “depredador” al cuestionar su presencia en espacios frecuentados por jóvenes. Unas semanas después, en medio de la disputa por su participación en un debate electoral, volvió a referirse a su adversario como “bebita” y sostuvo que “las bebitas son caprichosas”.
Estas expresiones requieren ser analizadas más allá de la indignación inmediata. No toda frase ofensiva constituye automáticamente un delito ni toda declaración polémica puede ser jurídicamente considerada discurso de odio. Sin embargo, sí es posible examinar qué estereotipos reproduce un lenguaje y qué lugar ocupa dentro de una cultura donde la orientación sexual continúa siendo utilizada como mecanismo de ridiculización.
La orientación sexual como un arma electoral
El problema central de las declaraciones contra Bruce no está simplemente en que sean ásperas o insultantes. Lo problemático aparece cuando una característica personal, que no guarda relación con una propuesta de gobierno, se transforma en instrumento de descalificación. La orientación sexual de Bruce no explica sus posiciones políticas, su desempeño administrativo, ni sus propuestas para Lima; sin embargo, fue introducida en la confrontación pública y asociada discursivamente con la idea de una homosexualidad “escandalosa” y con la acusación de “depredador”.
Algo semejante ocurre con el término “bebita”. Su eficacia como mecanismo de burla depende precisamente de una concepción cultural según la cual feminizar a un hombre sirve para hacerlo parecer débil, infantil o inferior. La expresión no necesita mencionar explícitamente la homosexualidad para apoyarse en códigos que históricamente han utilizado lo femenino y lo afeminado como formas de humillación masculina. Por eso, el problema no consiste únicamente en determinar qué quiso decir el emisor, sino también en comprender qué significados sociales hacen que ese insulto pueda funcionar.
La homofobia normalizada
Una de las razones por las que la violencia contra las personas LGBTIQ+ se normaliza es porque muchas veces deja de reconocerse como violencia. Puede aparecer como una broma, un apodo, una provocación o una forma “coloquial” de hablar. Esa transformación resulta importante porque permite que el prejuicio circule sin asumir abiertamente su carga discriminatoria. Una expresión puede producir risa precisamente porque activa una asociación previamente aprendida de que ser homosexual, afeminado o considerado poco masculino constituye algo de lo que una persona puede ser objeto de burla.
Los prejuicios tienen raíces sociales mucho más profundas. En 2025, Ipsos[1] encontró que el 59% de los peruanos reconocía que las personas LGBTIQ+ sufren discriminación, mientras que solo el 24% aprobaba el matrimonio entre personas del mismo sexo y el 49% señalaba que no apoyaría a un presidente LGBTIQ+. Estos datos muestran una sociedad atravesada por contradicciones: existe reconocimiento de la discriminación, pero persisten resistencias significativas frente a la igualdad y la representación pública de las personas LGBTIQ+.
Por ello, un discurso político no aparece sobre un terreno vacío. Puede recoger prejuicios existentes y devolverlos amplificados a la sociedad. La política no necesariamente inventa la homofobia, pero puede convertirla en un recurso de confrontación y otorgarle una nueva visibilidad.
¿Por qué se normaliza esta violencia?
La normalización ocurre, en buena medida, porque la violencia simbólica suele presentarse en pequeñas dosis. Una palabra aislada puede parecer irrelevante; una broma puede parecer inofensiva; un comentario puede ser explicado como una provocación electoral. Pero la repetición modifica el umbral de aquello que una sociedad considera aceptable. Lo que antes generaba rechazo puede terminar produciendo únicamente indiferencia o entretenimiento.
Las redes sociales profundizan este fenómeno porque convierten las declaraciones más provocadoras en fragmentos fácilmente reproducibles. Una propuesta municipal requiere explicación; un insulto puede convertirse en un video. De esta manera, la política de la provocación encuentra un mecanismo perfecto de circulación: cuanto más polémica resulta una frase, mayores posibilidades existen de que sea reproducida por quienes la celebran y también por quienes la condenan. La indignación, paradójicamente, puede terminar amplificando aquello que pretendía cuestionar.
Pero existe además una razón cultural más profunda. La homofobia está relacionada con una determinada concepción de la masculinidad. Cuando un hombre es llamado “bebita”, “afeminado” o cualquier término equivalente, el insulto funciona porque todavía existe la idea de que lo femenino representa debilidad y que un hombre debe demostrar permanentemente una masculinidad determinada. En ese sentido, homofobia y machismo pueden encontrarse en un mismo mecanismo de jerarquización: establecer quién cumple correctamente con las expectativas sociales y quién merece ser ridiculizado por apartarse de ellas.
El verdadero problema
El problema más profundo es que existen condiciones sociales que permiten que la orientación sexual continúe funcionando como arma de ridiculización. Un político puede utilizar un prejuicio, pero para que ese prejuicio tenga eficacia debe existir un público capaz de reconocerlo, reproducirlo o tolerarlo.
Por eso, la pregunta fundamental no debería ser solamente qué quiso decir López Aliaga, sino por qué todavía funciona llamar “bebita” a un hombre como forma de humillarlo, por qué la homosexualidad puede presentarse como algo “escandaloso” y por qué una parte de la sociedad todavía acepta que la identidad sexual sea utilizada para desacreditar a un adversario político. La respuesta se encuentra en una cultura que todavía conserva prejuicios que muchas veces se presentan como humor, tradición, moral o sentido común.
El desafío democrático debería interrumpir el proceso antes de que la discriminación se vuelva invisible. En una sociedad plural, los candidatos pueden enfrentarse por sus ideas, sus programas y sus decisiones. Lo que debería dejar de ser considerado una herramienta legítima de confrontación es convertir la orientación sexual de una persona en una forma de disminuirla. Porque una democracia no se fortalece cuando todos piensan igual, sino cuando pueden pensar diferente sin que la identidad de nadie sea convertida en un blanco de humillación.
[1] https://www.ipsos.com/sites/default/files/ct/news/documents/2025-06/Curadur%C3%ADa%20D%C3%ADa%20del%20Orgullo%202025_V2_27Jun25.pdf







