Febrero suele ser el mes en el que comenzamos a poner en práctica todo aquello a lo que nos hemos comprometido semanas antes desde la Navidad, seguida por una serie de festividades familiares y religiosas que todavía seguiremos viviendo este 2025.
Este año, además, es uno muy particular, ya que la Iglesia inició el 25 de diciembre el Año Santo, el Jubileo. Pocos creyentes saben que la expresión “jubileo” viene del término “Yobel”, en referencia a un instrumento musical elaborado del cuerno de un carnero y usado posteriormente para convocar a los fieles en cada Año Santo. Ello ocurría en el pueblo de Israel cada 50 años y su significado más profundo era renovar la alianza de amor con Dios y con los hermanos.
Celebrar el Año Santo cada 50 años para Israel comprendía: perdonar las deudas, liberar a los esclavos, restituir terrenos, dejar descansar la tierra, proclamar la amnistía para todos los habitantes del país, en particular con los considerados más pobres. Y todo lo anterior con el objetivo central de restablecer la relación con Dios y empezar de nuevo en un pueblo marcado por la justicia y la igualdad.
Simbólicamente todo comenzaba con “abrir la puerta” como bienvenida a la conversión y a la novedad. La Puerta Santa de la Basílica de San Pedro en el Vaticano se abrió el 24 de diciembre de 2024, marcando así el inicio del Año Jubilar 2025. Su apertura es un ritual que simboliza la invitación a los fieles a reconciliarse y perdonarse. También es un llamado a seguir un camino de misericordia, como le gusta decir al Papa Francisco cuando se refiere a Dios: “Dios es misericordia”.
Como cristianos, nosotros también estamos invitados a abrir las puertas para salir de nuestra cerrazón egoísta que nos aleja de los demás y, por lo tanto, de Dios. Abrirlas significa, ver y comprometerse a mejorar todo aquello que produce sufrimiento, pobreza y hambre a nuestros hermanos. Actualmente estamos viviendo en tiempos de zozobra especialmente en nuestro país, rodeados de incertidumbre, miedo e inseguridad, generando mucho sufrimiento a los peruanos y acabando con su paz y tranquilidad. Comprometámonos y seamos empáticos con el prójimo. El próximo año elegiremos nuevas autoridades y este año será fundamental para informarnos y decidir qué país queremos, no pensando en nosotros, sino también en los demás.
La biblia, desde Caín, pasando por la parábola del Epulón y Lázaro, y muchos otros pasajes más, nos muestra cómo desagrada a Dios que ignoremos el dolor que marca la vida de los demás. Cuando Caín le responde a Yahvé: “¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?”, se retrata como egoísta e indiferente…es como si el asesinato de Abel no hubiera sido ya lo peor.
Por otro lado, hablando de puertas que se abren, desde el Instituto Bartolomé de Las Casas y el Centro de Estudios y Publicaciones saludamos y acogemos con esperanza a la nueva directiva de los obispos del Perú para los próximos años, que, entre otras cosas, ha expresado su deseo de estar cerca de los pobres y los que más sufren.
Evocamos un párrafo de este primer mensaje episcopal que recomendamos leer en su integridad. “El compromiso de la Iglesia con la justicia social, a la cual no puede renunciar, ha estado siempre presente en su misión. Hoy vivimos en un mundo en el que se mezcla paradójicamente progreso tecnológico con desatención a la pobreza y maltrato a la naturaleza, un “mundo de sombras” que necesita de la justicia y el cuidado de la Casa Común. La Misión de la iglesia, en fidelidad a Jesucristo es construir la fraternidad, hoy muy maltratada”. No nos olvidemos de los pobres.