Hemos vivido tiempos intensos, de celebración y de gratitud, pero también de evocar la ausencia de personas cuyas vidas han sido profundamente fecundas.
Hemos conmemorado el 22 de octubre el primer año del fallecimiento de Gustavo Gutiérrez. En palabras de Francisco: “un grande”, que ha dejado una profunda huella en la vida de la Iglesia universal, del país y de una multitud de personas, con su gigantesco aporte teológico, su testimonio eclesial, su compañía de maestro y pastor, su amistad incondicional.
Hace pocos días, el 27 de octubre, falleció Andrés Gallego García, sacerdote español del Instituto Español de Misiones Extranjeras (IEME), entrañable compañero de Gustavo que, desde sus múltiples inserciones en la pastoral, en la formación sacerdotal, en su parroquia, como profesor de teología en la universidad, asesor de movimientos laicales y un trabajo impecable como editor, amigo de todo el mundo, supo ser siempre un forjador de fraternidad.
En este noviembre recordamos un año del fallecimiento de Juan Dumont, sacerdote francés, asesor de Equipos Docentes, que trabajó y animó incansablemente el camino de los maestros en el Perú y el continente, a quien apodaron el padrecito de la Esperanza.
Aunque el vacío de la ausencia de estos amigos nos embarga, es inmensamente mayor la gratitud por el don de sus vidas y por cómo eligieron vivirla, siendo tres verdaderos seguidores de Jesús. Sabemos por la fe que ellos participan de la Resurrección de Jesús y son animadores para nuestras propias vidas. Ese aliento lo necesitamos hoy más que nunca en un país que está atravesado por la violencia del crimen organizado, de la corrupción de sus autoridades y de la incapacidad de quienes tienen la responsabilidad de legislar, gobernar y salvaguardar el régimen democrático para hacer frente a esta profunda crisis que no llega a tocar fondo por lo profunda que es.
Nos corresponde recordar, desde cada lugar donde estemos, que como seres humanos, estamos llamados a construir fraternidad, como nos lo recordó el papa Francisco en su Encíclica Fratelli Tutti hace cinco años. Hoy, cuando siguen muriendo inocentes en Gaza, cuando cada día la extorsión mata sin piedad en el Perú y en tantos otros lugares y cuando en las recientes manifestaciones de protesta en Lima muere un joven, Eduardo Ruiz, por una bala de la policía, el testimonio de Gustavo, de Juan y de Andrés nos alienta a reafirmar ese compromiso de generar vínculos de hermandad y sororidad entre nosotros, pero también, y sobre todo, más allá de nuestros espacios de convivencia, ensanchando la tienda sin límites ni reservas.
El Perú enfrenta tiempos especialmente delicados en que se hará más intensa una campaña electoral. Y si bien es cierto que la indiferencia y la apatía son las actitudes dominantes en la ciudadanía, harta de tanto desprecio, cinismo y mentira, es también verdad que la demanda en las calles grita la aspiración más profunda: “queremos vivir”. Es imprescindible aquilatar que las elecciones son momentos decisivos para expresar nuestra voz y nuestra opinión política, en el sentido amplio del término, de preocupación e involucramiento en la manera de cómo queremos ser gobernados y cómo exigimos los valores fundamentales que permitan cuidar el bien común. Es tiempo para informarse, reflexionar, participar y estar vigilantes para exigir que, quienes aspiran a conducir el país, lo hagan respetando los derechos de todos y todas, y especialmente garanticen el cuidado de la vida de cada uno y cada una.
El Señor, amigo de la vida, de quien son testigos Gustavo, Juan y Andrés, nos lo pide.