[Editorial Signos] Confiar y seguir bregando

Es difícil definir en pocas palabras el tiempo político que vivimos. A nivel internacional, las instituciones que promovían algunas soluciones han sido afectadas, lo mismo que las capacidades de diálogo y el logro de acuerdos constructivos en beneficio de mayorías. Las guerras en curso y problemas graves como la pobreza, el hambre y el calentamiento global, entre otros, son la triste demostración de que se imponen los que tienen poder y no buscan soluciones. En política eso se describe como la crisis de la democracia sobre la que se montaron los caudillos con poder.

Si miramos el panorama político peruano, con su larga historia y riqueza cultural, encontramos que vivimos momentos de una extrema precariedad de la política y sus instituciones, una escasez de líderes confiables y creíbles que puedan facilitar salidas mínimas hacia delante. Pero también, hay que decirlo, cómo puede germinar otra política cuando la desconfianza y el individualismo están instalados como motor en la sociedad, poniendo a prueba acuerdos de vida en común y a las instituciones.

Los gritos de fraude sin pruebas, repetidos por calles y plazas, representaron la negación a perder, la cual recurre a inventar un conjunto de razones, sin razón. Esto, claro, sin guardar ningún respeto por los ciudadanos votantes. Además, no hubo autoridad que los calle; al resto solo nos quedó esperar que se callen. Esa actitud de algunos líderes políticos, como líderes empresariales y otros sectores, muestra un talante no democrático del líder y el gran miedo compartido por sus seguidores. Al final, no pueden aceptar el resultado que les es ajeno. Y vaya que resulta ajeno cuando los votos vienen de territorios tan lejanos a sus barrios. ¿Eso no es democracia?

Por otro lado, entre los líderes en competencia para la segunda vuelta, encontramos que una afirma “el orden” y el otro abraza al “súper poderoso Estado”. Pero todos los votantes sabemos que, al final del día, uno o el otro, pueden gobernar de cualquier otra manera sin seguir esos discursos. Eso es lo que normalmente ocurre, a eso nos han acostumbrado. De eso trata la política actual: “el Estado botín”, fuente de empleo, y el “ahora nos toca a nosotros”. No hay palabra, sino intereses que se acomodan en coaliciones políticas con una plasticidad increíble, que posterga o altera los consensos políticos y las políticas públicas acordadas, incluso en pleno proceso de ejecución; y donde ni los niveles de pobreza, el deterioro de la educación pública o de los servicios de salud importan. Y menos urge atender el calentamiento global que nos afecta. Claro, con este tipo de políticos ¿qué atractivo puede tener la política para el ciudadano?

¿Y debemos confiar en esos políticos o en los funcionarios públicos que coloquen? ¿Tenemos que creer en un Estado asaltado por una plaga insaciable? Los peruanos hemos aprendido a ser resilientes y ¡de qué manera! El Estado no merece nuestra compasión, lo criticamos a fondo, lo soportamos con sus servicios deteriorados y corruptos. Como hijos de estos tiempos consideramos que lo privado está por encima de lo público. Y, claro, es así para una mayoría de peruanos, pues desde sus vidas privadas resuelven como pueden su día a día. ¿Qué sentimientos acompañan esos procesos? ¿Resignación, rabia acumulada esperando otro momento?

Al final del día sabemos que, sin una ciudadanía más activa y desafiante, difícilmente cambiarán las cosas. Le hemos dejado el protagonismo a lo peor de la baraja y no queda otra que alertar que puede haber más fondo en nuestra crisis política. ¿Podrán emerger las ganas de acción que venzan la apatía y el miedo? O la motivación que nos haga comprender que sin voz y acción somos invisibles en política. ¿Entenderán los y las peruanas eso en algún momento?

Solo nos queda confiar… y seguir bregando, sin olvidar que nuestra fe y nuestras experiencias de vida nos permiten mantener la esperanza para salir adelante.

Editorial publicada en Signos N° 5 – mayo 2026

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