[Editorial] Reivindicar el amor y la esperanza

Vivimos tiempos cargados de dolor e injusticia; a diario somos testigos del hambre y la muerte de niños y niñas, de mujeres y hombres inocentes a causa del constante bombardeo a Gaza por parte del Estado de Israel y la guerra entre Rusia y Ucrania. Duele ver cuántos proyectos de vida son truncados debido a la indolencia y sinrazón de quienes usan el poder para matar.

En el Perú, desde diciembre del 2023, somos testigos de las amenazas que se ciernen sobre la Amazonía debido a leyes que favorecen la deforestación de los bosques y la proliferación de la minería ilegal; son leyes que atentan contra la vida de las comunidades y sus territorios. Recientemente, estamos siendo testigos de la desfachatez de los congresistas y el descaro con que la presidenta enrostra a tantas familias pobres, padres y madres que tienen que trabajar de sol a sol para poder llevar un pan a la boca de sus hijos, el uso de lujosos y superfluos relojes y joyas que contrastan enormemente con la realidad de pobreza del país, con la precariedad de nuestra escuela pública y sistema sanitario. Asimismo, es causa de indignación, la solicitud de la Municipalidad Metropolitana de Lima al Ministerio de cultura que pide demoler el “Memorial El ojo que llora”, se trata una vez más de un maltrato hacia las víctimas del periodo de violencia en el Perú.

Todas estas acciones no pueden ser otra cosa que producto del odio y la venganza, de la indolencia y el egoísmo humano que “crucifica” vidas inocentes; en aras de salvaguardar los propios intereses se termina aplastando la humanidad de los otros, se termina negando su dignidad.

Jesús de Nazaret, de quien hacemos memoria cada Semana Santa, nos invita a vivir de otra manera, a ver a cada persona como imagen de Dios, a la naturaleza como reflejo de su amor; Jesús nos enseña que los otros y otras son “tierra sagrada” que hay que tratar con respeto y cuidado, con ternura y compasión. Toda la vida de Jesús, su muerte en la cruz y su resurrección estuvieron marcadas por el amor, su poder radica en su entrega y servicio por amor hacia los otros: “nadie me quita la vida, yo la doy” (cf. Jn 10, 18); especialmente, amor por quienes padecían dolencias, enfermedades, opresiones, por quienes vivían situaciones de exclusión y de violencia. Jesús los veía y trataba con compasión auténtica, como seres humanos, sin importar su lugar de procedencia, su género, su edad, esa fue su gran enseñanza. En un mundo lleno de injusticias, en el que se vulnera una y otra vez la dignidad de las personas, Jesús nos enseña a amar, a servir, ese es el motor que hoy falta en quienes gobiernan y por qué no, quizá también en nosotros, tendríamos que hacer una evaluación del tipo de relaciones que cultivamos y de cómo tratamos a los demás.

Ese amor es también el amor de Dios, capaz de hacer lo imposible, posible, de resucitar a Jesús; es un amor capaz de remover “rocas pesadas”, de hacer que la paz gane a la guerra, que la vida triunfe sobre la muerte, que el respeto por los Derechos Humanos venza a la violencia, que la fraternidad prevalezca frente a la enemistad (papa Francisco). Este amor también crea esperanza, nos moviliza a cuidar la vida, a no resignarnos con el estado actual de las cosas, como afirmaba el papa Francisco en plena pandemia: “Podemos y debemos esperar, porque Dios es fiel, no nos ha dejado solos, nos ha visitado y ha venido en cada situación: en el dolor, en la angustia y en la muerte. Su luz iluminó la oscuridad del sepulcro, y hoy quiere llegar a los rincones más oscuros de la vida. Hermana, hermano, aunque en el corazón hayas sepultado la esperanza, no te rindas: Dios es más grande. La oscuridad y la muerte no tienen la última palabra”. Que este tiempo pascual nos sea propicio para reivindicar el amor y la esperanza como legado de Jesús de Nazaret, crucificado y resucitado.

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