Podemos acostumbrarnos a hablar de los desastres como si fueran acontecimientos inevitables. Tiembla la tierra y decimos que ocurrió un “desastre natural”; llueve intensamente y culpamos a El Niño; un río se desborda o un huaico destruye viviendas y la explicación para algunos parece sencilla: “la naturaleza volvió golpear”. Pero detrás está la pregunta: ¿por qué un mismo fenómeno natural se convierte en tragedia para unos y apenas en una dificultad para otros?
Un terremoto puede ser inevitable; que una vivienda se desplome porque fue construida en condiciones precarias no lo es. Una lluvia intensa puede ser un fenómeno climático, pero que esa lluvia encuentre ciudades sin drenaje adecuado, quebradas ocupadas, viviendas ubicadas en zonas de riesgo y poblaciones sin capacidad de evacuación responde a decisiones humanas. El desastre, por tanto, no comienza cuando tiembla la tierra ni cuando empieza a llover. Comienza mucho antes, cuando una sociedad distribuye de manera desigual la seguridad, la infraestructura y las posibilidades de protección.
Huancayo: una advertencia que no podemos ignorar
Los movimientos sísmicos registrados recientemente en Junín deberían ser entendidos como una advertencia. El territorio del valle del Mantaro no está libre de peligro sísmico y los registros oficiales de INDECI incluyen a numerosos distritos de las provincias de Huancayo, Chupaca, Concepción y Jauja dentro de las zonas expuestas a peligro por sismos. Entre ellos aparecen Chongos Bajo, Chupaca, Ahuac y diversos distritos del entorno de Huancayo.
La preocupación no está relacionada únicamente con la posibilidad de que vuelva a producirse un movimiento sísmico, el verdadero problema es qué condiciones sociales y materiales encontrará ese movimiento cuando ocurra. Una sociedad preparada puede reducir considerablemente las pérdidas. Una sociedad que posterga la prevención convierte una amenaza conocida en una tragedia anunciada.
Hay algo profundamente injusto en la manera como solemos interpretar los desastres. Cuando una vivienda pobre colapsa, fácilmente se habla de “mala construcción”. Cuando una familia vive en una zona vulnerable, se dice que “se instaló donde no debía”. Cuando una comunidad queda aislada, se presenta como una consecuencia inevitable de la geografía. No se trata de culpar a las familias por sus decisiones, se trata de preguntarnos por qué una sociedad obliga a millones de personas a tomar decisiones bajo condiciones de necesidad. La vulnerabilidad también es una consecuencia de la desigualdad.
La experiencia reciente en Junín vuelve visible esa vulnerabilidad, y también debería servir para mirar hacia Huancayo y sus viviendas, sus edificaciones antiguas, sus zonas de expansión urbana, sus vías de comunicación y sus establecimientos educativos y de salud. La pregunta no debería ser si habrá otro sismo, la ciencia no puede decirnos exactamente cuándo ocurrirá. La pregunta responsable es: ¿estamos preparados para cuando ocurra?
El Niño ya no es una amenaza lejana
El Comité Multisectorial encargado del Estudio Nacional del Fenómeno El Niño (ENFEN) mantiene actualmente el estado de Alerta de El Niño Costero. En su Comunicado Oficial Nº 13-2026, publicado el 17 de julio, señaló que es probable que El Niño Costero continúe hasta abril de 2027. El organismo considera además que el evento pueda alcanzar una magnitud fuerte, aunque no descarta una magnitud extraordinaria hacia finales de 2026.
Y aquí aparece una de las mayores contradicciones de nuestra política pública. El Perú tiene instituciones científicas capaces de producir información y pronósticos, así como organismos encargados de la prevención y respuesta. También posee experiencia acumulada después de El Niño de 1982-1983, 1997-1998 y 2017. Tiene mapas, protocolos, sistemas de alerta y diagnósticos.
Sin embargo, los efectos del inicio de El Niño continúan afectando viviendas, infraestructura de transporte y producción agrícola. En marzo de 2026, por ejemplo, el desborde del río Sonomoro, provocado por lluvias intensas, ocasionó daños en viviendas, infraestructura de transporte y producción agrícola en Ciudad de Dios, distrito de Pangoa, en Junín. INDECI registró además que el distrito se encontraba bajo estado de emergencia. Es decir, ni siquiera necesitamos esperar al próximo gran Niño para observar la relación entre pobreza, vulnerabilidad y fenómenos naturales. Esa relación ya está ocurriendo.
Los pobres pagan la factura más alta
Cuando un fenómeno natural golpea, no todos pierden lo mismo. Para una familia con recursos, una vivienda dañada puede significar una pérdida económica importante. Pero, para una familia pobre, puede significar perder absolutamente todo. La casa puede ser simultáneamente vivienda, almacén, pequeño negocio y espacio donde se guardan las herramientas de trabajo.
Una inundación puede destruir cultivos y animales; un terremoto puede destruir habitaciones construidas durante años; la carretera bloqueada puede impedir que un productor venda su cosecha; una escuela dañada puede interrumpir durante semanas o meses la educación de niños y adolescentes. El desastre no termina cuando deja de temblar la tierra. Para los pobres, muchas veces comienza allí.
Y eso significa que la reconstrucción tampoco puede limitarse a levantar nuevamente paredes. Si no se modifican las condiciones que produjeron la vulnerabilidad, reconstruiremos exactamente el mismo riesgo para que el próximo fenómeno vuelva a destruirlo. Por eso, la gestión del riesgo no puede separarse de las políticas sociales, ambientales y territoriales.
No necesitamos adivinar el futuro, necesitamos prepararnos
El Perú no necesita que alguien le diga exactamente cuándo ocurrirá el próximo terremoto, tampoco necesita esperar a que El Niño alcance su máxima intensidad para reaccionar. Necesita algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, paradójicamente, mucho más difícil: tomarse en serio la prevención.
Los recientes sismos en Junín y la alerta vigente por El Niño deberían servir como una oportunidad para cambiar la lógica de la emergencia por una verdadera política de prevención. Tenemos información científica, instituciones especializadas y experiencias anteriores. Lo que falta es convertir ese conocimiento en decisiones políticas sostenidas. Por eso debemos dejar de hablar de “desastres naturales” como si la naturaleza fuera la única responsable.
La tierra puede temblar, el océano calentarse y la lluvia caer; pero quién está más expuesto, quién tiene una vivienda segura, quién puede evacuar, quién recibe ayuda primero y quién puede reconstruir su vida después: todo ello es una decisión profundamente política. Y mientras esas decisiones sigan favoreciendo la protección de quienes tienen más recursos y dejando a los pobres en la primera línea del desastre, cada terremoto, cada inundación y cada Niño Costero nos recordará que el fenómeno puede ser natural, pero la desigualdad que convierte el fenómeno en desastre no lo es.