La Santa Sede confirmó que León XIV visitará Perú del 11 al 17 de noviembre, con escalas en Lima, Chiclayo, Cusco y Pucallpa. El itinerario tiene un valor especial porque Robert Prevost vivió durante décadas en el país, ejerció como obispo de Chiclayo y conserva la nacionalidad peruana. Será la visita de alguien que conoce nuestras periferias, nuestra realidad social y eclesial. Además, el 11 de noviembre, cuando el papa pise nuevamente el Perú, encontrará una sociedad golpeada por la desconfianza política, el avance criminal, el miedo cotidiano y la fragilidad institucional.
Un país con las instituciones heridas
La primera herida que encontrará León XIV es política. El Perú llega a noviembre después de años de inestabilidad, confrontación y debilitamiento institucional, pero también después de un proceso electoral que ha dejado una sociedad profundamente polarizada. El artículo de coyuntura de junio, del Instituto Bartolomé de Las Casas, describe una acelerada concentración de poder y cuestiona la subordinación de instituciones llamadas a garantizar pesos y contrapesos. Entre los casos señalados aparecen la Junta Nacional de Justicia, el Ministerio Público, el Poder Judicial, la Defensoría y el Tribunal Constitucional.
El artículo de coyuntura de julio sostiene que el nuevo gobierno recibe una institucionalidad deteriorada por años de disputa entre poderes, leyes cuestionadas y una creciente sensación de impunidad. El cardenal Carlos Castillo, en el Te Deum de Fiestas Patrias, describió incluso una situación “catastrófica”, no tanto por los indicadores económicos, sino porque la dignidad humana se encuentra en peligro.
Mientras el Estado prepara protocolos y cordones de seguridad para recibir al papa, millones de peruanos se preguntan si ese mismo Estado está presente cuando no hay cámaras ni ceremonias. El problema es la pérdida de confianza en instituciones que deberían proteger derechos y responder a las demandas de justicia.
El país del miedo
La segunda realidad que recibirá a León XIV está en las calles. El Perú vive una expansión de la extorsión que ha convertido el miedo en una experiencia cotidiana. El Ministerio Público registró 12.634 denuncias por extorsión y chantaje entre enero y junio de 2026. El dato habla de comerciantes que pagan cupos, transportistas amenazados y familias que cambian sus rutinas.
La violencia también golpeó al transporte público. Entre agosto de 2024 y mayo de 2026 se registraron 214 atentados vinculados presuntamente con extorsiones en Lima y Callao, con 152 personas fallecidas y 131 heridas. Cuando un bus, una combi o una mototaxi se convierten en objetivo de una organización criminal, la inseguridad deja de ser solamente un asunto policial y pasa a convertirse en una forma de control territorial y social.
La respuesta estatal ha oscilado entre estados de emergencia, despliegues militares, endurecimiento penal y promesas de “mano dura”. Pero el problema no se resuelve únicamente con soldados en las calles. Se necesita inteligencia policial, investigación criminal, cárceles que no funcionen como centros de dirección del delito y coordinación entre Policía, Fiscalía y Poder Judicial.
Por tanto, la paradoja es brutal cuando el gobierno quiere ofrecerle seguridad al papa, mientras millones de ciudadanos llevan años esperando una seguridad mínima para tomar un bus, abrir una tienda o caminar por su barrio.
El desafío climático
El clima es la tercera amenaza que no lleva uniforme ni pide permiso. León XIV llegará en noviembre, cuando el Perú se encuentre bajo la influencia de El Niño y una complicada temporada de lluvias. El Estudio Nacional del Fenómeno “El Niño” (ENFEN) mantiene la alerta de El Niño Costero y señaló en julio que podría prolongarse hasta abril de 2027, con posibilidad de magnitud fuerte y sin descartar una intensidad extraordinaria hacia fines de 2026. Para el Pacífico central, además, se proyectó una magnitud muy fuerte durante noviembre y diciembre.
Esto significa que el papa podría encontrarse con un país que no solo enfrenta crisis políticas y criminales, sino también una amenaza climática que pone a prueba su infraestructura y su capacidad de prevención. Chiclayo, precisamente una de las ciudades de su recorrido, acelera obras de recuperación de vías antes del periodo de mayor impacto de El Niño.
El FEN desnuda la desigualdad, porque quienes tienen mejores viviendas y recursos resisten mejor; quienes viven en zonas vulnerables pierden casas, ingresos, caminos y servicios. La emergencia climática exige, por ello, una prevención que coloque en el centro a las comunidades más expuestas.
El papa frente al espejo del Perú
La presencia de León XIV puede convertirse en un espejo. Verá un país que conserva una enorme capacidad de fe y solidaridad, pero que convive con instituciones debilitadas, una violencia criminal que se expande, respuestas estatales que muchas veces privilegian la fuerza sobre la prevención y un territorio vulnerable a los extremos climáticos.
Su historia peruana hace que esta visita tenga una particular responsabilidad: conoce Chiclayo y la pobreza, y sabe que la Iglesia no puede limitarse a acompañar ceremonias mientras la vida cotidiana se deteriora. Ha insistido en la dignidad humana, la paz y el diálogo, y había expresado su deseo de volver a Perú, donde fue misionero durante más de veinte años.
Keiko Fujimori ha anunciado que su gobierno trabajará con la Iglesia para garantizar una visita exitosa, pero la verdadera prueba no será que él pueda recorrer el Perú sin incidentes, será que su presencia nos obligue a mirar aquello que las ceremonias suelen esconder.
El país que recibirá a León será contradictorio: capaz de movilizar multitudes por la fe, pero incapaz de garantizar justicia para muchas víctimas; capaz de desplegar seguridad para el pontífice, pero incapaz de asegurar el camino diario de sus ciudadanos; capaz de anunciar prevención ante El Niño, pero todavía marcado por la reacción tardía frente a las emergencias.
Quizá por eso la visita tenga un significado que vaya más allá de la devoción. El papa regresará al país que considera parte de su historia, y el Perú tendrá la oportunidad de preguntarse qué quiere mostrarle. No solamente sus plazas llenas, sus templos y sus canciones, sino también sus heridas; porque recibirlo no debería consistir en esconderlas durante unos días, sino en tener el valor de reconocerlas y comenzar a curarlas.