«la selva no es un recurso para explotar, es un ser, o varios seres con quienes relacionarse» (Querida Amazonía, 42).
Estos días he tenido el regalo de estar visitando algunas comunidades indígenas del distrito del Cenepa, en la provincia de Condorcanqui (Amazonas), jurisdicción eclesial del Vicariato Apostólico San Francisco Javier, del cual formo parte.
Mientras releía las palabras del papa Francisco sobre ecología Integral, nació en mí el deseo de compartir algunas reflexiones que espero puedan remover el corazón de quienes las lean y despertar una mayor gratitud y responsabilidad compartida por nuestra Casa Común.
Iniciamos nuestro viaje desde Jaén a Santa María de Nieva: ocho horas de recorrido por una carretera en mal estado. Desde allí abordamos una chalupa para navegar por cuatro horas por los ríos Marañón y Cenepa. La única indicación que recibimos de nuestra guía, Nila, una mujer awajún, fue sencilla y contundente: no mirar, y mucho menos fotografiar, a los mineros instalados a lo largo de nuestro trayecto.
Sin embargo, mientras avanzábamos río arriba, descubrí que no éramos los únicos que observábamos; y esa mirada estaba marcada por la desconfianza. Desde las orillas, desde los pequeños embarcaderos, desde las escasas chacras de cacao o plátano y desde las comunidades, había rostros que seguían nuestro paso. Sentí que la selva nos veía; no solo los árboles, el río o el bosque, sino también las personas que habitan ese territorio desde mucho antes que nosotros llegáramos.
Y entonces una pregunta comenzó a acompañarme: ellos y ellas nos ven… ¿pero nosotros los vemos?
No me refiero únicamente a mirar. Mirar es pasar por delante de una realidad. Ver implica reconocerla, dejarse afectar por ella, comprender algo de su historia, de sus heridas, sus luchas y sus resistencias.
¿Cómo hablar del Estado a Elena, artesana de la comunidad de Achu, que tuvo que resignarse a criar a sus seis hijos con lo que le ofrece el bosque? ¿Cómo hablar de legalidad a Juan, de la comunidad de San Antonio, que tiene dos dragas extrayendo oro del río Cenepa? ¿Cómo dialogar con los apus de comunidades que ven hacerse realidad escaleras, parques o casas comunales financiadas por quienes llegan y extraen su oro?
Y cuando uno empieza realmente a ver, aparecen preguntas incómodas: ¿Cómo hacer sentir seguros a los niños y niñas que son violentados por sus profesores? ¿Cómo exigir calidad de enseñanza a los profesores que están en aulas precarias? ¿Cómo hablar de crianza a los padres cuando sus hijos e hijas salen, desde pequeñitos, a los internados que se encuentran lejos para poder estudiar?¿Cómo hablar de salud, cuando la tasa de VIH/SIDA en el Cenepa es de 7%, por sobre el promedio nacional? Ya que hablamos de datos, en mi recorrido conté un aproximado de 38 dragas en el río Marañón y 27 en el río Cenepa, gran parte de ellas frente a los campamentos militares. ¿Cuidamos el territorio?.
Ver, para mí, implica dejarnos interpelar por esta realidad tan dura donde muchas veces no existen respuestas simples.
Ellos y ellas nos ven. Ven nuestras instituciones, nuestros discursos, nuestras promesas y también nuestras ausencias. La pregunta sigue siendo si nosotros somos capaces de verlos, de reconocer su cultura, su identidad, sus dilemas, sus esperanzas y las complejas decisiones que enfrentan cada día.
Cuando digo «nosotros», me refiero a ti, que estás leyendo este artículo, pero también a nuestras autoridades que solo van en campañas políticas, a nuestras instituciones… a nosotros, la Iglesia, que tiene una responsabilidad compartida en el cuidado de la Casa Común. En un territorio donde predomina la ilegalidad, la desigualdad y el abandono del Estado es esperanzador seguir siendo fieles a nuestra misión: ver, acompañar y caminar junto a los pobres, siendo una Iglesia con una opción preferencial por ellos y ellas.