[Editorial] Democracia: de tripas corazón

Vivimos tiempos políticos muy confusos e inseguros, donde todo aquello que considerábamos una certeza ha empezado a moverse, cambiar, desmoronarse… no solamente en el Perú, sino en todo el sistema mundial. Hay hechos que nos hablan de grandes amenazas, como una nueva guerra mundial, el fuerte debilitamiento de sistemas internacionales como Naciones Unidas, la elección de caudillos nacionalistas-autoritarios como Trump en otros países poderosos y que los estados nacionales concentren tanto poder, que ignoren a sus ciudadanos y no oigan sus demandas. A estas alturas, los signos a favor y en contra de la democracia están activos, tensando fuerzas.

A lo largo de siglos el sistema mundial ha construido su base institucional alimentado por los valores de la democracia. Así, pese a todas sus limitaciones y debilidades, el sistema democrático ganó poder y se volvió un referente que, al poner en el centro de las constituciones al ser humano con sus capacidades, libertades y apuestas, representó un gran avance. Pero, a la par que se construía el sistema democrático, emergieron las amenazas contra él, acumulándose y multiplicándose en este siglo. Las amenazas se encarnan bajo distintos nombres y formas de operar: sea el poder económico, la criminalidad organizada, los dictadores, etc.

El poder económico concentrado encontró la forma de autoprotegerse para crecer y mantener legalmente sus beneficios, en detrimento de otros sectores. Por otro lado, muchas autoridades asumen responsabilidades públicas y sacan ventaja personal o de grupo, torciendo reglas o el espíritu de la democracia, logrando así que pierda legitimidad ante los ciudadanos. Por último, el autoritarismo personal, de grupo o institucional se ha impuesto incluso mediante votaciones y políticas contrarias a la democracia, lo que también la mermaron (algo que nos resulta bastante conocido), y habiendo logrado deslegitimarla fuertemente, no contamos con alternativas viables de un cambio sustantivo en el mundo.

Todas estas amenazas a la democracia han logrado debilitarla severamente, dejando de ser un sistema confiable y deseable para mucha gente. Pero no podemos olvidar que más allá de quienes tienen poder, lo usan y lo concentran, nosotros los ciudadanos somos la pieza clave para sostener o debilitar a la democracia. Así, en tiempos de crisis como la de hoy, nuestra apatía, silencio, despreocupación o descreimiento solo consigue quitarle más apoyo y legitimidad a la democracia, dejando que esos otros poderes ganen terreno, sin que nadie los neutralice. Recordemos al asumir la democracia que al centro está el ser humano1, sus derechos y responsabilidades, entonces su legitimidad y reproducción depende de todos.

En resumen, muchas responsabilidades tienen las autoridades, los poderosos; pero nosotros, los ciudadanos, contamos, y mucho. Así, nuestra aceptación representa el corazón de la democracia; eso no lo podemos obviar, aunque actualmente sea parte del problema. Mucha gente se ha cansado de que no la oigan o la engañen. Y ese sentimiento, al momento de votar, puede ser muy peligroso y llevar a engaño. Igual ocurre con aquellos que creen que nada va a cambiar, que todo da igual.

Por eso, en las próximas elecciones, donde habrá candidatos para todos los gustos (y disgustos), debemos tratar de pensar en clave democrática. ¿Cómo sostener o reanimar
al agónico y deslegitimado sistema democrático? ¿Cuáles candidatos están capacitados y con las credenciales de una trayectoria limpia? ¿Cuáles respetan y oyen a los ciudadanos y les dan un lugar importante en el gobierno?

La valla es alta, pero estar en medio de la crisis no es razón para rebajarla. Esa última táctica nos ha jugado muy malas pasadas. Si no nos movemos, veremos cómo el autoritarismo se reproducirá fácilmente hasta con ropaje institucional y lenguaje de derechos. Toca, como dice el refrán, hacer “de tripas corazón”.

1. El Papa Francisco nos recordó, no hace mucho con Laudato Si’, que los seres humanos no somos el centro del mundo, sino una parte de la naturaleza, y por ello, toca respetarla y defenderla, tratando de mantener armonía con ella.


Editorial publicada en Signos N° 2 – febrero 2026

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