La Generación Z como voz profética en la crisis peruana

Las calles de Lima han vuelto a llenarse de cuerpos jóvenes que marchan con una fuerza inesperada, y esto no se trata de un estallido aislado, sino de un ciclo de protestas que reúne a estudiantes, gremios de transportistas, colectivos ciudadanos y rostros cada vez más decididos: la generación Z. En sus pasos y consignas no se percibe tanto la obsesión por un detalle técnico o una fórmula perfecta de política pública, sino una búsqueda más radical: un horizonte que ofrezca sentido a un país atrapado en la desconfianza, la corrupción y la violencia.

La chispa de esta movilización surgió a raíz de la cuestionada reforma del sistema de pensiones, que imponía aportes obligatorios a los trabajadores independientes y limitaba los retiros anticipados de fondos a menores de 40 años. Lo que parecía una medida económica se transformó rápidamente en un símbolo del rumbo político del país: un gobierno y un Congreso que deciden de espaldas a la ciudadanía, imponiendo sacrificios a quienes sienten que ya cargan con demasiados. Aunque las autoridades se vieron obligadas a retroceder parcialmente, la indignación ya había prendido.

Lo significativo es que los jóvenes no quedaron satisfechos con una rectificación parcial. En sus pancartas se leía algo más profundo: “Queremos futuro, no limosnas”, “No somos números, somos personas”. No pedían simplemente que se ajuste el «cómo» de las políticas, sino que se redefina el «hacia dónde» de la nación. Su reclamo tiene un carácter ético antes que técnico, porque lo que cuestionan es el sentido mismo del pacto social que hoy parece roto.

Ética, indignación y esperanza

Los transportistas encontraron en esta ola un espacio para expresar su propia desesperación. Hartos de vivir bajo amenaza constante, denunciaron las extorsiones y asesinatos que azotan su sector. Al marchar junto a los jóvenes pusieron en evidencia que no se trata de demandas aisladas, sino de un malestar compartido: el Estado que debería protegerlos no responde y la corrupción ha convertido la justicia en un terreno incierto. La unión de choferes con chalecos de trabajo y muchachos con mochilas al hombro hizo visible la fuerza de un país que ya no quiere aceptar la indiferencia como destino.

La respuesta oficial no fue diálogo, sino represión. Los enfrentamientos en el centro de Lima, los gases lacrimógenos, los cercos metálicos y las detenciones mostraron la distancia entre el poder y la ciudadanía. Periodistas agredidos, heridos en las marchas y la sensación de un Estado atrincherado en su propia debilidad reforzaron la percepción de que las instituciones no solo no escuchan, sino que temen escuchar. Sin embargo, esa violencia no logró apagar la esperanza, sino que la multiplicó.

Porque en el corazón de esta generación late una convicción distinta. Lejos de la apatía con que a veces se la describe, la juventud se muestra como la más dispuesta a interpelar el rumbo del país. No se trata de un cálculo frío ni de una estrategia elaborada en oficinas, es una exigencia ética, un llamado a repensar qué significa vivir en comunidad, qué lugar ocupa la justicia en nuestra vida política, por qué la corrupción sigue gobernando y por qué la impunidad se normaliza. Frente a ese reclamo, acusarlos de inmorales suena irónico: son justamente los que ponen en el centro la moral, la dignidad y el sentido del bien común.

El eco de estas protestas no se limita a la capital. En diferentes regiones, jóvenes de la misma generación han salido también a las calles, levantando banderas de indignación y esperanza. Es un signo nacional: la juventud ha dejado de esperar su turno y se ha lanzado a reclamar el futuro como presente. No preguntan con tecnicismos, sino con gestos que obligan a la política a mirarse en un espejo incómodo.

¿Un signo profético?

Claro que los desafíos son grandes. La diversidad de demandas puede dificultar la unidad y existe el riesgo del desgaste si la protesta se prolonga sin resultados visibles. La violencia, tanto estatal como social, amenaza con empañar la legitimidad de los reclamos; pero, algo irreversible ha comenzado: la convicción de que es posible decir basta y exigir un horizonte distinto.

Hoy el Perú vive una de sus tantas encrucijadas. El gobierno y el Congreso tienen la opción de seguir atrincherados o abrirse a un diálogo real que atienda el clamor ciudadano. Pero incluso si persisten en su resistencia, el mensaje ya está dado: hay una generación que no se resigna a vivir en un país sin rumbo, que ha decidido hablar con la fuerza de la ética y con la esperanza como bandera.

Ese gesto es, en sí mismo, profético. No en el sentido religioso ni en el de adivinar el futuro, sino en el de señalar con claridad lo que está mal y advertir lo que puede venir si no se corrige. Una voz que incomoda, que irrita a quienes ejercen el poder, pero que al mismo tiempo muestra que aún existe la posibilidad de un país distinto. Y quizás esa sea la lección más poderosa de estos días: en medio de la crisis, cuando todo parece condenado a repetirse, los jóvenes nos recuerdan que todavía es posible volver a preguntar hacia dónde queremos ir.

Steve Warren Privat-Pérez
Coordinador del Proyecto
«Agroecología para una buena vida» – APTES

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