La parábola del Buen Samaritano, narrada en el Evangelio de Lucas (10:25-37), ha sido una fuente inagotable de reflexión a lo largo de la historia. Su mensaje atemporal sobre la compasión y la responsabilidad hacia el prójimo resuena con fuerza en la actualidad, recordándonos la urgente necesidad de considerar las lecciones que nos ofrece.
Tal vez la historia de la humanidad se erige como un testamento doloroso de nuestra tendencia a desentendernos del sufrimiento de otros (humanos y no-humanos). Por ejemplo, los relatos de guerras, opresión y marginación resuenan con la voz desgarradora de aquellos que han sido abandonados en las carreteras de la vida, como el hombre asaltado en la parábola. Hoy, Palestina encarna de manera brutal esta imagen: un pueblo herido, desplazado y bombardeado, que yace a la orilla del camino de la historia mientras el mundo entero está decidiendo pasar de largo.
Al igual que el sacerdote y el levita en la parábola, la comunidad internacional se muestra como intérprete negligente de la ley moral de la historia. Gobiernos, organismos internacionales e incluso potencias que se proclaman defensoras de los derechos humanos miran hacia otro lado, justifican la ocupación o maquillan con diplomacia la violencia estructural que sufre Palestina. Nos aferramos a nuestras tradiciones políticas, religiosas y económicas, mientras niños, mujeres y ancianos palestinos yacen bajo los escombros de sus hogares destruidos, clamando por una justicia que nunca llega.
La indiferencia en el presente
En el siglo XXI nos enfrentamos a la realidad de ser los nuevos indiferentes. A pesar de vivir en una era de globalización y conectividad sin precedentes, la indiferencia hacia el sufrimiento palestino persiste en formas novedosas. Las redes sociales y los medios de comunicación nos muestran en tiempo real los bombardeos a las ciudades palestinas y los restos humanos que quedan luego de los ataques. Sin embargo, demasiadas veces respondemos con meros clics y desplazamientos, sin verdadero compromiso con el cambio. La deshumanización de los palestinos se ha normalizado en los discursos oficiales y, como el sacerdote y el levita, preferimos mantenernos “puros” en nuestras certezas ideológicas antes que mancharnos las manos con la sangre de la solidaridad activa.
La parábola del Buen Samaritano nos interpela directamente, recordándonos que la indiferencia no es solo un fenómeno histórico, sino una realidad contemporánea que debemos enfrentar. Palestina es hoy ese hombre caído en el camino, herido por la violencia, despojado de su tierra y de su dignidad. La pregunta que nos lanza Jesús —“¿Quién fue el prójimo del que cayó en manos de los salteadores?”— resuena con crudeza. La respuesta no admite evasivas: el prójimo no son los indiferentes que pasan de largo, sino quienes, como el samaritano, se detienen, se conmueven y actúan.
En este contexto, la figura de Jesús se alza como portador de una mirada transformadora. Su enseñanza no se limita a la contemplación pasiva del sufrimiento ajeno, sino que nos llama a una misericordia activa. Aplicada a Palestina, esta misericordia implica denunciar la ocupación, cuestionar las narrativas que justifican el genocidio y solidarizarnos con quienes resisten día a día. La compasión que Jesús propone no es sentimentalismo vacío, sino compromiso político, económico y social. Significa exigir un alto al fuego, un fin al apartheid y el derecho de Palestina a existir libre, digna y soberana.
La misericordia como compromiso transformador
El “cuídamele” (Lc 10:35) del samaritano se convierte en un imperativo urgente. No basta con compartir el dolor palestino en abstracto; se requiere un compromiso real que abarque la totalidad de la vida: apoyo humanitario, presión internacional, boicot a quienes financian la ocupación y acompañamiento a las voces palestinas que reclaman justicia. La misericordia, en este sentido, es acción transformadora que supera la retórica y construye puentes de humanidad donde se nos ha enseñado a ver muros.
Ante Palestina, la indiferencia global no es un destino inevitable, sino un desafío que debemos abordar con valentía y compasión. Para superar esta indiferencia debemos mirar más allá de las alianzas geopolíticas, de las tradiciones religiosas y de los intereses económicos que sostienen la ocupación, y abrazar un sentido compartido de humanidad. La parábola nos enseña que el prójimo no está limitado por fronteras, nacionalidades ni banderas, sino que es cualquier ser humano que necesita nuestra ayuda.
La acción individual y colectiva se vuelve esencial para romper la cadena de indiferencia que hoy mantiene a Palestina bajo opresión. Inspirada en la mirada transformadora de Jesús, la misericordia no es solo una virtud espiritual, sino un compromiso activo con el sufrimiento ajeno. En este siglo XXI, marcado por nuevas formas de indiferencia, la misericordia se revela como un llamado urgente a abrazar la causa de los pueblos que luchan por su liberación.
La transformación del extraño en hermano, núcleo de la parábola, adquiere hoy un rostro concreto. Los palestinos, sistemáticamente presentados como “otros”, como enemigos, como amenaza, deben ser reconocidos en su plena humanidad. El ejercicio de la misericordia exige derribar las narrativas que justifican su exterminio y afirmar que Palestina no es un asunto lejano ni ajeno, sino una herida común que interpela la conciencia de toda la humanidad. Vivir la misericordia significa no tolerar más muros ni ocupaciones, sino afirmar con radicalidad: PALESTINA LIBRE.