“Necesitamos ejercitar la mayor lucidez política”

Intervención de Rolando Ames, ex comisionado de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, en el XXII Aniversario de la entrega del Informe de la CVR en el memorial “El ojo que llora”, realizado el 28 de agosto.

Buenos días a todas y a todos: a las autoridades de la sociedad civil y del Estado peruano, de los Organismos internacionales y de las Embajadas de los países amigos que nos acompañan; queridas y queridos familiares de víctimas de la violencia, amigas y amigos todos

Inicio estas palabras con dos cuestiones sobre el contexto en que vivimos: una primera tiene que ver con nuestro Informe final, cuyo 22° aniversario recordamos. Y el otro sobre la situación nueva y sombría que cae hoy, no solo sobre el Perú, sino sobre el mundo globalizado.

Las Comisiones de la Verdad son respuestas que se pueden adoptar cuando conflictos armados internos, hechos de violencia organizados, salen fuera del control de las instituciones judiciales y de sus Estados. Se investiga para comprender por qué ocurrieron los hechos, no para quedarse dentro de los términos del conflicto ya conocido. Se toma distancia de aquellos y se analiza la historia previa y todo el conjunto de la situación que albergó y permitió lo ocurrido. Se busca una mirada grande, pero rigurosa. Todo se hace para ayudar a que esa clase de hechos no se repitan

El Informe de la CVR peruana destaca, por ejemplo, el sufrimiento que esa guerra trajo a grandes sectores de nuestra población que no eran actores violentos de ninguna manera. Solo habitaban y trabajaban en esos lugares. Por eso destacamos que ellos estaban en regiones o periferias de las más pobres y desatendidas por el Estado, más en la sierra y la Amazonía, aunque su presencia fue nacional. Para contribuir a forjar una situación de país distinta, el Informe recomendó políticas de cambio de larga duración y mucha calidad del Estado peruano, justo donde Sendero creció. Pero no se entendió la voluntad de largo alcance del trabajo de la CVR y que era ya más que evidente hace 20 años.      

Mi segundo punto de contexto se referirá los últimos cambios mundiales. La globalización trae evidentemente problemas por los términos en que ocurre. Por ejemplo, las grandes inversiones que son sin duda necesarias entran en colisión con los intereses de la gente de nuestros territorios. Pero me referiré a lo más grave, a lo que está ocurriendo en este momento. El mundo está asistiendo a una situación donde se da una violencia que no habíamos vivido desde la segunda Guerra Mundial. Más allá que el progreso técnico no se oriente a dar trabajo a las poco calificadas mayorías, el punto crítico es que el mundo ha entrado de pronto en alerta máxima. Toman forma tendencias a imponer las políticas desde arriba, desde la cúpula de la economía, desde los Estados y de las armas nucleares.  El presidente Trump, ha impulsado a su país a un nacionalismo agresivo que viola todas las normas establecidas según él lo decide, de acuerdo a sus estados de ánimo de cada día, y de la manera más poco responsable y respetuosa para con el resto de la humanidad. Estas imposiciones son naturalmente más graves para los países y las poblaciones más débiles.

La falta de respeto al derecho internacional podría ser una costumbre que se generalice y no vale la pena ni pensar el daño que los humanos nos haríamos a nosotros mismos, a nuestra especie entera. Si aún varias de estas olas de activismo arrasador, no se materializan de hecho todavía, ya no son solo amenazas. La prueba de esto último es la masacre impune del pueblo palestino, sobre todo en Gaza con mujeres y niños asesinados o muertos de hambre, junto a los periodistas que informaban lo que ocurría. Y, sin embargo, hay algo distinto que creo que vale la pena destacar.

Al frente se perfila, desde la cultura y las convicciones morales de los pueblos más distintos, una reacción que debe ser muy fecunda. Ya sea en Asia, en África, en los Estados Unidos mismos, y ciertamente en América Latina y en Europa. Por ejemplo, la propia intelectualidad judía acusa al gobierno de Netanyahu de estar destruyendo el judaísmo milenario que nunca fue fundamentalista. La importancia para este tema aquí, es que la defensa de los derechos humanos cobra una fuerza potencial de denuncia más grande. Es la ley del rebote ante las acciones de agresión. El contraste se da entre estos comportamientos y el valor de la fraternidad que dignifica y que genera amistad social, comunicación sana. Y la política puede volver no como partidos en los términos de antes, sino por lo principal: la preocupación por dónde vamos como sociedad humana en todo el mundo.

Ahora paso ya a dos puntos de la actualidad peruana que seguramente muchos de los aquí presentes compartimos. De los miembros de la Comisión estamos aquí tres, son Salomón Lerner y Sofía Macher, que ya izaron la bandera, y yo.  

Comienzo por señalar la gravedad que puede alcanzar la Ley de amnistia a militares sentenciados por graves violaciones de los derechos humanos.  Lo acaban de decir desde su experiencia víctimas, familiares de víctimas asesinadas y lo han dicho también representantes de organismos de derechos humanos.

Esta ley ha amnistiado del peor modo a militares sentenciados. Se la ha presentado como corrigiendo una injusticia que habrían padecido quienes, según esta ley, deberían ser considerados héroes en la lucha contra el terrorismo. Sin embargo, se ha ignorado por completo a las y los deudos de centenares de familias que, por ejemplo, siguen buscando los cuerpos de sus familiares desaparecidos, ocultos en fosas comunes escondidas y que permanecen sin reparación alguna. Es como si en el conflicto no hubiese habido muertos y afectados, inocentes en su inmensa mayoría.  Es de esas víctimas de las que hablamos y por las que cobran toda su fuerza moral las Comisiones de la Verdad y la defensa de los derechos humanos.

Esta ley se ha dado en bloque a los militares sin individualización de casos, lo que ha generado cuestionamientos de juristas de las más distintas posiciones en el Perú. Esto último no ha sido destacado por la prensa, pero así ha ocurrido. ¿Acaso no pudo el Estado pedir al menos formalmente perdón a las víctimas inocentes que no han encontrado justicia? No se ha pedido perdón a los no senderistas y no militares. “No hay nada que decirles”, dijo un parlamentario defensor de este régimen ¿Así piensan generar inclusión en un país donde las mayorías vienen de una tradición secular de lejanía de este Estado y que han sufrido o visto experiencias de maltrato y corrupción por parte de él?  

En las audiencias públicas de la CVR, en lugares y tiempos distintos, se repitió una frase espontánea que recordamos los comisionados y no la olvidaremos nunca, porque fue dicha sin concertación entre los que la dijeron. La frase era: “si ocurre otra vez, nos traten por favor como peruanos”. Apena y avergüenza que ya ahora no haya sido así. Más bien, se los agredió de nuevo porque se les ha hecho sentir otra vez que siguen siendo irrelevantes. Y ahora, en campaña, se volverá a hablar de la amenaza de Sendero Luminoso, sin recordar que fue vencido y se rindió hace más de tres décadas, en gran medida porque esa población campesina y los pobres urbanos tan maltratados, en la propia ciudad de Lima, tomaron esa decisión. Todos ellos prefirieron al Estado, aun injusto y precario, que a una violencia fanática que sintieron como una amenaza más directa.

Asunto final. Sin duda no tenemos, y requerimos, una visión actualizada del Perú y una mirada hacia adelante, hacia este siglo XXI tan marcado por la tecnología y por el capitalismo financiero global. Necesitamos este tipo de mirada de conjunto para facilitar que converjan, que se junten las tareas honestas, las tareas eficaces y de seriedad técnica que tanto se hacen en el país. Pero, para eso, hay que reinventar una imagen común del Perú que tenga un sentido más hondo que el emprendedurismo individual, del cual estamos ya cansados de escuchar, no porque no sea real, sino porque es insuficiente para dar cuenta de la crisis social que se agrava.  

Tenemos que sentirnos peruanos e ir sumando desde una diversidad acogedora, no excluyente. Esta tarea de largo aliento tiene que atravesar un tiempo de agitación inmediata intensa, pero muy importante, que es la del tiempo electoral. La simultaneidad de ambos procesos es fundamental, siendo ambos distintos estamos ante un reto particular con el cual voy terminando mi intervención.

Invitémonos a vivir estos meses de modo más consciente, de modo crítico, pero abierto a escuchar lo que pasa en el Perú, lo que nos agrada y lo que no nos agrada. Tratemos de conocerlo como país entero, tan complejo y tan difícil y por eso la necesidad de ejercitarnos en conceptualizar las nuevas realidades y recuperar la mejor política. Volvamos a discernir en cada circunstancia el importante bien común que no daña a los más débiles. El horizonte compartido más allá de las diferencias electorales. Solo detrás de una gran tarea común y solidaria tendremos una alternativa, no sólo política sino cultural, que una los intereses y experiencias de peruanos tan distintos como somos.

El choque de lo que pasa en el mundo, y la gravedad de la situación peruana, pueden reavivar nuestro interés en lo social; ojalá también en lo político.  En nombre de la tarea que fue ayudar a superar el conflicto armado y generar respeto por las víctimas de otras identidades y culturas, que hizo la Comisión, me atrevo a terminar con una última invocación:

Dada la gravedad profunda del deterioro del Perú, necesitamos ejercitar la mayor lucidez política para ver lo más objetivamente posible, no solo la defensa de los más débiles, sino lo que esté pasando objetivamente con el país entero en estos meses críticos. Y saber dialogar, por tanto, con todos los actores que, aun siendo discrepantes, sean honestos y preocupados por el bien común. Que por la vía pacífica de las elecciones pasemos a un tiempo de resolución de los problemas nacionales más vitales para parar la violencia y la miseria. Hoy ambas matan a nuestras y nuestros compatriotas.

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