“¡Esta es la hora del amor!”

Por Steve Warren Privat-Pérez

El Papa León XIV inició su ministerio y nos llamó a amar. Sí,  amar todavía. Amar a pesar de todo. Amar con las manos vacías, con el cuerpo cansado, con el alma herida. Ese amor es la forma más radical de respuesta frente a un mundo que nos quiere fríos, eficaces, cerrados. Es un acto de rebelión contra la lógica del desprecio, del individualismo, del castigo. Y es también una promesa: no permitiremos que nos conviertan en lo mismo que nos hizo daño.

No hablamos aquí del amor romántico que empapela las publicidades, ni de la emoción pasajera de las películas. Hablamos de un amor comprometido, encarnado, resistente. Un amor que se vuelve verbo, que se hace cuerpo en los pequeños gestos cotidianos. El amor que cocina para otros cuando no hay mucho que ofrecer. El que escucha sin juzgar. El que pone el cuerpo en una protesta. El que cuida a los que ya nadie cuida. Ese amor es político, profundo, urgente.

No hay que ser ingenuos. El amor no borra las injusticias, no hace desaparecer la violencia estructural, ni evita los abusos del poder. Pero sí interrumpe sus efectos. Sí produce otras formas de relación. Sí desarma el odio que se cuela en nuestras venas cuando todo invita a odiar. En un tiempo donde la desconfianza se ha convertido en moneda corriente, donde el dolor se hereda y la exclusión se sistematiza, amar se convierte en una forma de desobediencia civil.

Las grandes crisis —ambientales, sociales, económicas— nos han vuelto más cautos, más pragmáticos, más escépticos. Se ha instalado la idea de que protegernos es lo mismo que cerrarnos. Que cuidar de uno es lo opuesto a cuidar de otros. Que confiar es de ingenuos. Pero, ¿qué queda de la humanidad cuando se ha evaporado la ternura? ¿Qué tipo de sociedad queremos construir si amar se vuelve un riesgo que nadie está dispuesto a correr?

Hay pueblos que han sido despojados de casi todo, menos de su capacidad de amar. Hay mujeres que han resistido con amor cuando todo a su alrededor gritaba venganza. Hay comunidades enteras que, en medio de la devastación, han elegido seguir cuidando, seguir creyendo, seguir construyendo. Esa no es una decisión ligera. Es una postura ética. Es una manera de estar en el mundo. Es una trinchera.

En las comunidades rurales, amar es sembrar después del incendio. En los barrios empobrecidos, amar es organizar una olla común. En los territorios indígenas, amar es hablar la lengua de los abuelos, proteger el agua, cuidar el monte. En las cárceles, amar es creer en la redención. En los colectivos de mujeres, amar es acompañarse en la sanación. En las juventudes que sueñan, amar es bailar, es crear, es resistir.

El amor no elimina el conflicto, pero lo hace habitable. El amor no garantiza un final feliz, pero abre posibilidades impensadas. El amor no niega las heridas, pero se niega a dejar que ellas definan todo. Amar, en este sentido, es mantener abierta una fisura en el muro de lo imposible.

Amar es asumir que los vínculos importan más que los resultados. Que lo humano no se agota en la eficiencia. Que los cuerpos tienen derecho a la ternura. Que la vida merece ser vivida, incluso en medio del desastre. Amar, entonces, no es un lujo. Es una necesidad urgente. Es un acto de supervivencia.

Y sí: no siempre sabremos cómo hacerlo. A veces no tendremos palabras. Otras veces, nos sentiremos solos. Amar, en estos tiempos, es también una forma de vulnerabilidad. Pero hay una fuerza inmensa en esa fragilidad asumida. Porque el amor no es una fortaleza que lo puede todo, sino una grieta por donde entra la luz.

Por otro lado, nos han hecho creer que el amor se opone al odio. Pero no. El verdadero contrario del amor es la indiferencia. Es la desconexión. Es la frialdad emocional que convierte al otro en nadie. Amar es negarse a esa anestesia. Es mirar al otro y reconocerlo. Es decirle: “Tu vida me importa. No porque seas útil. No porque te parezcas a mí. Sino porque existes.”

Ese reconocimiento es profundamente político. Implica cuestionar los mecanismos que determinan quién merece vivir y quién puede ser desechado. Implica asumir que nuestras vidas están entretejidas. Que lo que le pasa al otro no me es ajeno. Que no hay “nosotros” posible sin los “ellos” que este sistema ha tratado de borrar.

Por eso el amor no es neutral. No es “ni de izquierda ni de derecha”. No es tibio ni indiferente. El amor verdadero se posiciona. Se pone del lado de los que sufren. Se compromete. Toma partido. Y en ese sentido, es profundamente transformador.

Y sí. Nuestra venganza será el amor. No porque ignoremos el daño que nos han hecho. No porque no tengamos derecho a la rabia. No porque no sintamos dolor. Sino precisamente porque no queremos que ese dolor nos convierta en lo que combatimos. Porque hay algo más fuerte que la violencia: la voluntad de cuidar, de sanar, de reconstruir.

Amar será el idioma que aprendimos del duelo. El gesto que nos salvó cuando todo se caía. La semilla que sembramos en tierra seca. El fuego que no pudieron apagar. Amar será la pedagogía que transmitimos a nuestras hijas e hijos. La forma en que defendimos lo común. El canto que resistió al silencio. El puente que tendimos cuando los muros eran demasiado altos.

Amar será nuestra manera de decir: aquí estamos. No nos han vencido. No nos han arrebatado del todo. Seguimos creyendo. Seguimos confiando. Seguimos tejiendo.

Y aunque no sepamos bien cómo, aunque no sepamos cuándo, aunque no tengamos muy claro desde dónde… seguiremos amando.

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