Eco a la verdad les hará libre

Por Glafira Jiménez París, area de Teología. Instituto Bartolomé de Casas-Lima

En ámbitos cristianos, es habitual recurrir a la cita de textos bíblicos para fundamentar opiniones, acciones y juicios, muchas veces sobre esas opiniones y acciones. La elección del texto bíblico en cuestión es importante porque podemos, o bien, no acertar, en cuanto a lo que acontece y/o se dice no corresponde al mensaje bíblico o, en el peor de los casos, contradecirlo. Solemos elegir una frase que impacte, muchas veces aislada del contenido más amplio del que forma parte: discurso, enseñanza, parábola, etc. Es el caso de la afirmación la verdad les hará libres.

La relación verdad y libertad evangélicas es un tema recurrente en el mensaje bíblicos. Pero esta frase forma parte de un contenido más amplio: Si se mantienen fieles a mi palabra, serán realmente discípulos míos, conocerán/entenderán la verdad y la verdad les hará libres (Juan 8, 31-32). Por tanto, la sentencia bíblica “la verdad les hará libres” no es una afirmación, es una propuesta. Un don (regalo) que exige una tarea (hacerla).

En este contexto amplio de la sentencia, leemos que esa promesa de libertad exige condiciones a la verdad, para que lo sea. Y lo sabemos por experiencia. El solo y completo conocimiento de la verdad, no es suficiente. Las autoridades religiosas contemporáneas de Jesús eran eruditos en la ley judía, pero dicho conocimiento no, necesariamente, afectaba a su comportamiento: recriminado por Jesús en multitud de ocasiones. Y esto sucede hasta el día de hoy: conocemos y actuamos mal.  Es decir, obramos en contra de ese conocimiento porque nuestros deseos, intenciones, intereses, “ataduras” varias, apuntan en dirección contraria. Una opción es convertirnos. Otra, engañarnos y/o pretender engañar. Atando a otros/as.    

La sentencia bíblica del evangelio de Juan apunta a desenmascarar esa verdad a medias, o sea, una mentira. Jesús enseña las condiciones de una verdad que libera. Son dos, en esta sentencia. La primera, mantenerse fieles a la Palabra de Jesús que es el Camino, Verdad y Vida,  por encima de nuestras palabras, es decir, ser verdaderos discípulos: ser caminos hacia la verdad que lleven a la vida, una vida digna de ser vivida. La segunda, conocer-entender (bien, no a medias) las consecuencias de optar por esa Verdad (que es camino y vida) ante la realidad que vivimos a nivel personal, familiar/comunitario e institucional, sin filtros, sin maquillaje y sin sombras por intereses personales y/o institucionales que poco tienen que ver ni con la verdad, ni con la libertad que se proclama, se busca y, en ocasiones, se exige.

Una realidad hoy: los abusos en la Iglesia. La conocemos gracias a personas valientes que han escuchado la sentencia de Jesús y  la han hecho suya interrelacionando verdad y libertad, libertad y verdad, porque la opción de hacer vida esta sentencia funciona en ambos sentidos. Libertad para hablar del daño infligido, para acoger sin titubeos los dramas que se han mantenido en la intimidad por tanto tiempo; el sufrimiento, la humillación y la vergüenza que han fatigado la vida de tantos hermanos y hermanas nuestras. Una libertad que, como en círculos concéntricos, va más allá y la verdad no solo se proclama, se vida, además cura y restaura. La verdad como propuesta y con un objetivo: para que no se repita.

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