De manera cotidiana somos testigos de hechos que dan cuenta de una falta de ética en múltiples sectores del país. Observamos alianzas políticas que tienen intereses mezquinos e inmediatos y que sacrifican el bien común frente a las ventajas personales más ruines. Pero eso no ocurre solamente a nivel político, semejantes taras han calado en los sectores más diversos de la sociedad civil que desde sus organizaciones también revelan prácticas discutibles. Con frecuencia tenemos la triste sensación de que el tejido social que organiza nuestra nación se encuentra en descomposición. No es necesario dar ejemplos ni describir con detalle estas penosas situaciones, todos tenemos esa experiencia y sentimos una combinación de frustración y amargura ante la impotencia de lograr cambios significativos.
¿Qué ha pasado para que aun pudiendo elegir actuar de manera ética, se hace lo que se sabe que no nos beneficia ni como individuos ni como nación?, ¿es posible hacer algo para revertir este proceso que tiene visos de conducirnos a un abismo? Sin duda, hay causas de largo, mediano y corto plazo que explican el extremo individualismo en el que estamos hundidos, no es esta la ocasión para describir semejantes causas, muchas de las cuales conocemos, pero una que debe ser resaltada es el hecho de que toda colectividad en la que sus miembros no confían en la justicia y la eficiencia del Estado, tiende a fraccionarse en pequeños grupos de lealtades limitadas donde muchos actúan al margen de la ética y de la ley. Más aún, con frecuencia se dan conflictos entre la ética y la ley, pues esta última es hecha y utilizada para el beneficio de grupos de poder que con máscara de institucionalidad operan para cuidar sus intereses más viles.
¿Cómo es posible reconstruir un Estado que está resquebrajado por los enfrentamientos entre grupos sociales que solo aspiran a la supervivencia y al poder? Lamentablemente, en este espectáculo quienes más padecen, tanto a nivel económico como quizá psicológico ante la percepción de lo que se considera una insalvable decadencia, son los grupos más pobres y desprotegidos y, en particular, los jóvenes que parecen no tener una perspectiva de futuro. ¿Cómo confiar el país a estos jóvenes que dentro de poco serán quienes deban construir un tejido social confiable, si ellos mismos hoy no cuentan con las oportunidades para salir adelante?, ¿cómo pedirles a quienes son víctimas de esta destrucción del comportamiento ético que pongan el bien de los demás por encima del suyo si lo que observan es exactamente lo contrario y, además, si su situación es tan desventajosa que es muy poco lo que pueden ofrecer?, ¿cómo esperar un cambio real si casi nadie lo considera siquiera concebible?
Quizá no haya un solo camino sino varios. Al respecto, es importante tomar conciencia de que, a lo largo de su historia, el Perú ha pasado por baches como este en innumerables ocasiones y, sin embargo, ha sabido resurgir y salir adelante. Hoy nos enfrentamos como país, nuevamente, a uno de esos entrampamientos, con la sensación de que no hay salida. Sin embargo, hay que recordar que, en todas las situaciones, quienes conservaron, por lo menos, un pequeño espacio de su corazón y su mente para la esperanza en un mundo mejor, acertaron en que éste siempre se puede lograr, ya sea a nivel nacional, global o en el pequeño territorio específico de la vida familiar, laboral, o barrial. La esperanza en el cambio y la posibilidad de una vida en plenitud para cada peruano y peruana es algo que debe mantenernos vivos y con los pies en marcha. Esa esperanza no es ni un mito ni una fantasía, es una realidad posible que se hace cada día desde los grupos más pequeños hasta los niveles nacionales más amplios. Así pues, salvemos la esperanza para recuperar la ética.