8 de marzo: Des-masculinizar

Por Glafira Jiménez París, equipo de teología del Instituto Bartolomé de Las Casas

De una vez por todas. El Día Internacional de la Mujer, el 8 de marzo, conmemora la lucha de las mujeres por una plena y satisfactoria participación en la sociedad que incluye un desarrollo integral y sostenible como personas, en equidad a los varones: por justicia y dignidad. No está ocurriendo. Las mujeres tienen menos derechos (o no tienen) por ser mujeres. La feminización de la pobreza se hace cada vez más evidente: analfabetismo –dos tercios de la población mundial -. En Perú, brecha salarial –72% del salario de un varón-, trata de personas con fines de explotación sexual -dos niñas y/o adolescentes al día- y un largo etcétera. Recogiendo el hashtag de la Defensoría del Pueblo, este día es el eco de todos los días: erradicación de estas situaciones de una vez, por y para todas.

Ser cristianos hoy, en búsqueda y contribución al bien común, para hacer realidad la vida en abundancia propuesta por Jesús de Nazareth para todos y todas, nos desafía a interrelacionar Fe y Política, Sociedad e Iglesia. Empecemos por la Iglesia.

Des-masculinizar la Iglesia: persistencia del clericalismo. En el último mes, una (nueva) palabra adquiere protagonismo (Papa Francisco, feb 2024): “La presencia y la contribución de las mujeres a la vida y al crecimiento de las comunidades eclesiales constituyen su identidad. Es necesario «desmasculinizar» la Iglesia: comunión de hombres y mujeres que comparten la misma fe y la misma dignidad bautismal”. No está ocurriendo. Des-masculinizar es erradicar la visión androcéntrica – visión del mundo y de las relaciones sociales desde el punto de vista masculino – que sostiene una perspectiva jerárquica de la organización eclesial -subordinación, violencia- y una sacralización del ministerio ordenado – sin aprecio por otros ministerios eclesiales: causa de abusos -, que excluye la presencia de las mujeres en instancias de liderazgo, gobierno y toma de decisiones, así como el acceso a ministerios eclesiales. Y desde la Ruah-Espíritu común que nos anima, seamos levadura en la sociedad y la política.   

Des-masculinizar la política: retrocesos democráticos y avances de los fundamentalismos.  Asistimos a un proceso de des-democratización mundial (Pilar Arroyo. Informe Coyuntura-IBC, enero 2024). Un asunto de capital importancia porque el feminismo no hubiera dado un paso sin las luchas políticas, sin los cambios legales y las reformas estructurales del espacio público. Estamos dando pasos atrás. No está ocurriendo. Observamos cómo emergen tendencias regresivas en términos de derechos de las mujeres, adolescentes y niñas en su diversidad, y proliferan visiones que ponen resistencias para avanzar hacia la equidad sustantiva – transformadora – entre varones y mujeres. Des-masculinizar es erradicar los fundamentos que sostienen organizaciones sociales piramidales, despreciativas por raza, género, edad, cultura y pobreza; que justifican políticas – públicas – injustas, violentas, de control, dominio y explotación sobre los cuerpos (sobre todo mujeres y niñas) y territorios (culturas y biosistemas).

Urgente, una construcción colectiva de una amistad política entre mujeres: pactos sororales. Que este 8M sea una (nueva) oportunidad para construir redes y alianzas con otros grupos y colectivos (varones y mujeres) que trabajan en la defensa de los derechos humanos y de la Tierra, articulando agendas comunes para una cultura del cuidado en el marco de la sostenibilidad de la vida (cuerpos y territorios), que nos permita resistir colectivamente el impacto de la masculinización: “Uno de los principales retos de la diaconía de las mujeres es la capacidad de establecer pactos sororales entre mujeres, lo que implica el ejercicio de solidaridad política (en sentido de bien común), hermandad entre mujeres, para lograr los mayores bienes para las mujeres” rompiendo el esquema de dominio y rivalidad (Marilú Rojas).

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