Violencia contra las mujeres: ¡Que no se normalice!

25 marzo, 2019

VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES: ¡QUÉ NO SE NORMALICE!

por Lucia Alvites Sosa, licenciada en sociología por la Universidad Nacional de San Marcos

 

El actual Presidente de Estados Unidos, todavía el más poderoso país del mundo, declaró públicamente que “la mejor parte de cualquier película es cuando hacen callar a las mujeres”.

Un hecho qué muestra hasta qué punto el patriarcado está tan arraigado en la sociedad actual que su violencia verbal y simbólica contra la mujer no sólo queda impune, sino que se ha normalizado, se la acepta y hasta celebra. ¿Acaso no se nos vienen a la mente, con facilidad, muchas otras bromas similares contra las mujeres, de uso cotidiano todavía?

Pero no es nada para celebrar, todo lo contrario. Es justamente en las bromas donde está la cara más sutil, menos notoria y supuestamente inocente, de la misma estructura de violencia de los hombres hacia las mujeres que continúa con la publicidad sexista, la desigualdad salarial, la exclusión política, la sobrecarga de labores del hogar y de cuidado, las relaciones de pareja enfermizas y abusivas y, finalmente, la cara menos sutil, más notoria y más repulsiva, de la violencia física y el feminicidio.

El nivel de normalidad, aceptación y celebración de las bromas contra las mujeres es de esta manera un indicador incontestable de hasta dónde nuestra sociedad reproduce hombres violentos y abusivos y mujeres aún sometidas a la tiranía del machismo oficial y oficioso.

La próxima vez que tengas el impulso de hacer una broma contra las mujeres o escuches una, debes saber que ahí está empezando –invisible, psicológica y simbólicamente– la misma violencia que condenas y rechazas cuando se hace visible en los cuerpos de las mujeres y en las portadas de los diarios.

Fábrica de violencia

Es en la cultura, en nuestras cabezas, desde niños y niñas, donde está a ple- no funcionamiento esta verdadera fábrica de violencia de género contra las mujeres. Así se explica y compren- de el evidente e insalvable fracaso de limitar las políticas públicas contra la violencia de género en el puro aumento de los castigos penales a los agresores y feminicidas. El hecho insuperable es que en el Perú, al mismo tiempo que aumentan las penas, aumentan las agresiones y los feminicidios y se hacen aún más crueles, más inhumanos.

En mayo pasado, mientras reaparecían voces que insistían en ese enfoque fracasado, trayendo una vez más la propuesta ruidosa de la pena de muerte para los feminicidas, en el mismo momento, en San Juan de Lurigancho, un hombre se suicidaba ahorcándose después de matar a golpes a su pareja. Pocos días antes de escribir estas líneas, el 7 de febrero, otro hombre, en Jesús María, se mató prendiéndose fuego tras asesinar a su pareja, madre de dos niños pequeños. ¿Alguien puede, seriamente, creer que a estos agresores los disuadirá la pena de muerte? Además del hecho de que la pena de muerte llega, por definición, tarde para salvar las vidas de las víctimas.

En ese escenario, resultan intolerables las ignorancias negligentes, como las de una congresista que hace semanas pretendió presentar un supuesto proyecto de ley en que asignaba al enfoque de género –impulsado como una política prioritaria de Derechos Humanos por el sistema de Naciones Unidas– como la causa del cáncer y el Sida. En el mismo momento en que, según cifras oficiales, es precisamente la falta de un enfoque de género la que mata a 140 mujeres al año y agrede gravemente a otras 100.000.

Masculinidad tóxica

Según una encuesta oficial del INEI y el MIMP, en el año 2015, cuatro de cada diez peruanos y peruanas estaban de acuerdo en que si la mujer era infiel, el esposo o pareja debía castigarla de algún modo. Literalmente, no sólo es un supuesto derecho, sino un “deber” del hombre castigar a la mujer.

Veinte años antes, en 1995, un estudio pionero publicado por Demus con entrevistas a hombres procesados por delitos de violación, descubrió los extendidos mandatos sociales tóxicos que llevaban a esos hombres a violentar sexualmente a las mujeres como parte de sus supuestos debe- res varoniles. El nombre de aquel estudio, tomado de los dichos de uno de los violadores entrevistados, lo dice todo y ahorra comentarios: “Yo actuaba como varón solamente”.

¿No está ahí, evidente, la explicación de la conducta de un congresista actual que bromea orgulloso de haber manoseado indebidamente a una azafata?

¿Qué se debe cambiar exactamente?

Se debe dejar de envenenar a nuestros niños y niñas con la enfermiza y dañadora idea de que el “valor” del hombre, su orgullo, dignidad, “hombría”, “virilidad”, no radican en él mismo, no dependen de sí mismo, sino de la “virtud”, “fidelidad”, “sumisión” de otra persona, su pareja, la mujer. Y que por tanto “tiene el derecho y el deber” de conquistar, seducir u obligar a la mujer. Sobre todo, someterla y controlarla, para cuidar ese “su honor y hombría”.

Que “la vida se acaba” si no logra ese control. Y que de ser así, “tiene derecho a castigarla”. Incluso asesinarla, asesinar a los hijos e hijas y luego suicidarse.

Sacar decididamente ese guión maligno de las cabezas, de la cultura, es la única forma de cerrar la fábrica de violencia contra las mujeres. Enseñar una afectividad sana, que se basa en el respeto y la igualdad entre quienes forman una relación. Que asume con madurez el hecho normal de que las relaciones de pareja, como todo en la vida, se aprenden, se ensayan, se yerran y se vuelven a ensayar, buscando el crecimiento personal y la felicidad compartida.

Que identifica como insana y dañina -para sí mismo, la pareja, la familia y la sociedad- la posesividad de la otra, el ansia de dominación sobre ella y la vivencia innecesariamente traumática y violenta de una ruptura de pareja.

Responsabilidad del Estado 

¿Que en eso la responsabilidad es de todos y todas? Claro que sí. ¿Que sin embargo las responsabilidades compartidas son diferenciadas? Por supuesto. Quienes tienen mayor capacidad y poder, tienen más responsabilidad. Pero quien tiene la mayor responsabilidad de todas es quien está obligado por sus deberes constitucionales e internacionales, en este caso, el Estado peruano, desde el nivel nacional al local.

Este cambio cultural, preventivo, debe ser política pública, es decir, con norma, institucionalidad y presupuesto. Desarrollando acciones decididas para cerrar la fábrica de violencia patriarcal contra las mujeres, en las cabezas. Desde el imprescindible, urgente, enfoque de género para los colegios, ahora entrampado legalmente por sectores prisioneros de sus miedos e ignorancias, hasta campañas mediáticas masivas para erradicar la violencia verbal y simbólica normalizada en las bromas machistas.

Diagnósticos específicos, por otra parte muy rápidos de realizar, mostrarán con claridad dónde y cómo empezar en cada lugar. Lo importan- te es hacerlo y hacerlo ya. No queda tiempo y es literalmente un crimen esperar. Entre tanto, no queda ya espacio para condescendencias cómplices. Tus bromas contra las mujeres no son ningún chiste y no hacen gracia. Violentan y matan.