Vientos de corrupción tropical

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Por: Ana María Guerrero, psicóloga. Estudios de doctorado en la Universidad Federal de Río de Janeiro.

Dicen que Jorge Amado diseñó al Brasil. Un país azul y verde, desbordante, fusionado al amarillo encendido de las tres de la tarde. Llega un navío. En él viajan, apretujados, el político, el banquero, el coronel y la dama. Regresan de sus vacaciones en Francia. Son los tropicales, dice Amado, las élites coloridas que retornan, acaloradas, hacia la Casa Grande. Son los albores del siglo XX y en la senzala quedan algunos negros. Es la estampa de una élite confusa que habita en un país todavía incierto.

Algo entre manos

En tiempos de la República Vieja la política nacional brasileña dependía fuertemente de la incondicionalidad que obtuvieran de los poderes locales. Éstos, a su vez, se perpetuaban anudando tradición y modernidad: aseguraban la presencia del ejército, de la iglesia, ferrocarril, teléfono y un bar con cerveza para el fin de la jornada. El avance era ficticio, pues el orden estamental-esclavista sobrevivía.

Cuando Lula subió al poder llevaba, “en sus cabellos y su sangre”, las historias de desenfreno portugués en terra brasilis. Era un semi-analfabeto, de familia pobre y numerosa, operario tornero en una fábrica. Su barrio lo vio crecer y su ciudad sindicalizarse; luego sorprendería a los empresarios levantando a los obreros. Todavía en la dictadura fundó el Partido de los Trabajadores (PT) y encabezó en las calles el inicio de su derrota. Como dos personajes de novela, el sindicalista de Pernambuco y la guerrillera de Minas Gerais ampliaron la democracia donde antes no había nada: médicos en la Amazonía, agua para un desierto que mal sobrevivía, y reconocimiento y derechos para minorías con largas historias de franca expoliación. En estos momento, ante la perplejidad de ver a Lula perder sus bases, acusado de corrupción, la pregunta que salta, evidente, es qué pasó.

Un dato esencial es que el PT nunca tuvo mayoría en el congreso ni la habría conseguido con toda la izquierda. Obligatoriamente tuvo que irse a la centro-derecha y asimilar a personajes de dudoso compromiso como Michel Temer. A estas alturas es evidente que las alianzas espurias pasan factura. Pongamos, además, que el sistema de corrupción entre el Estado y las constructoras se hizo, todo, en nombre del proyecto nacional, que si fortalecer a la industria nacional, que si el petróleo para el pueblo, que si alcanzaban el pleno empleo. Digamos. Luego aceptemos, como un dato de la realidad, que el sector financiero, junto con la prensa y las clases rentistas, convergieron en ahondar las grietas del PT y desde allí lanzaron un juego mediático y deshonesto para salvarse a sí mismos de la investigación de Lava Jato. Un dato más: el juez Moro, moralizador de esta historia y promotor de delaciones ampay-mesalvo, ostenta una sospechosa cercanía a corruptos de larga data que, como en nuestro país, fueron convenientemente excluidos de los procesos.

Reminiscencias del pasado

El gran error de Lula fue creer que podía entrar a la casa del jabonero. La promesa que forjó en décadas quedó muy grande. Actualmente, bajo la teoría de la autoría mediata (usada con Fujimori), su caso exige elementos probatorios más sólidos jurídicamente. Movimientos populares y sectores progresistas, aunque desmarcados de Lula, demandan transparencia en Lava Jato y esperan trascender a lo político.

Jorge Amado habría imaginado al brasileño común sudando en el asfalto encendido y, en el ocaso del día, a las nuevas élites políticas bañándose en las mismas representaciones de la política de siempre. La insólita añoranza que las clases acomodadas expresan por la dictadura y el coronelismo, tal como vivían con el Ancien Régime, deja fuertes interrogantes por cómo la Nueva República resolverá la paradoja de albergar, en su seno, la corrupción más atávica. Quizás no sea mala idea, en el Perú, asomarnos por esta ventana.

 


* Publicado en la revista Signos – Agosto 2017.