Una plaga que afecta nuestro continente

18 mayo, 2018

EDITORIAL

La criminal agresión hacia Eyvi Ágreda, la mujer que fue quemada en un bus por su acosador, pone en el tapete nuevamente la urgencia por resolver la gran problemática de la violencia contra la mujer en nuestro país. Según cifras del año 2014, el Perú es uno de los países con más feminicidios de la región, colocándonos por encima de Honduras, Argentina, Guatemala, etc.

“Mirando a las madres y a las abuelas, quiero invitarlos a luchar contra una plaga que afecta a nuestro continente americano: los numerosos casos
de feminicidio”, dijo el Papa en la ciudad de Trujillo. Esta problemática, como dice el Papa, es de una magnitud tremenda y viene vulnerando la vida de las mujeres en nuestro país y varias partes de Latinoamérica.

El caso de Eyvi Ágreda ha sido uno de los que más han conmocionado nuestro país, sin embargo diariamente aparecen casos como este o más terribles en nuestras regiones. Aunque no todos sean visibles por no ser mediáticos, las cifras son terribles y nos llevan a reflexionar sobre la urgencia de erradicar este terrible problema.

crédito: LaRepública

¿Cómo empezamos?
“El trato dado a la mujer es un verdadero e interminable escándalo. Estamos ante una escala de valores que evidencia un profundo desdén por la condición humana de la mujer a la que se le niega la plenitud de sus derechos como persona”, señala el padre Gustavo Gutiérrez. Por ello, hay dos cosas sumamente importantes por hacer. Por un lado, urge reconocer que existe una desigualdad real entre hombres y mujeres que tiene como consecuencia la vulneración de los derechos de la mujer a todo nivel: educativo, laboral, sexual, etc. Ser conscientes de eso nos llevará a trabajar un cambio cultural para revertir esta desigualdad, esto supone una tarea educativa que debe ser asumida desde el ámbito familiar así como en la educación y el ámbito de los medios de comunicación.

Lo segundo importante es no permitir que los casos de violencia hacia la mujer queden sin sanción. El episodio de violencia que vivió Arlette Contreras, por ejemplo, que quedó grabado por una cámara de seguridad del hotel en el que fue agredida a golpes, no tiene una pena hasta el día de hoy. Una de las consecuencias de la impunidad es el mensaje que le deja a los agresores y a los potenciales agresores:  no pasará nada. Un Estado que no sanciona ni hace nada para evitar más feminicidios, es un Estado que se vuelve cómplice, forma agresores e indirectamente fomenta la agresión.

Por otro lado, es necesario romper con la idea de que los agresores como en los casos de Arlette o Eyvi padecen de una enfermedad mental por el ensañamiento contra su víctima. Esto ya ha sido desestimado por especialistas, quiénes han indicado que este tipo de comportamientos responde más a factores como el machismo y no a un trastorno mental. Según el director de Salud Mental del Ministerio de Salud “esa violencia está asociada a la salud mental por lo que causa en las víctimas. Las mujeres que sufren de violencia terminan afectadas en su salud mental y muchas veces para el resto de sus vidas”. Atribuir una enfermedad mental a un agresor trae comoconsecuencia más estigmatización hacia los pacientes con esta patología.

La violencia no solo son golpes
La violencia no sólo son golpes, se expresa de diversas maneras como por ejemplo, en la negación de participación de la mujer en espacios de toma de decisión, cuando no tienen una remuneración justa por su trabajo, cuando no tienen acceso a la educación y en cada una de las aristas de la vida que no permiten el desarrollo como debiera ser de todas sus capacidades. El compromiso hoy debe ser a todo nivel para terminar con esta violencia estructural que a veces pasa desapercibida o que ha sido normalizada. Partiendo de esta premisa se podrá llegar a construir una sociedad más equitativa, una tarea enorme y desafiante que debe ser competencia de todos y todas, del Estado, de la sociedad civil y de todas las instituciones que componen el país (Iglesia, escuelas, medios de comunicación, etc).