Los huaicos que nos hacen repensar la democracia

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TEMA DEL MES

Los desastres naturales ocurridos en estos días en varias ciudades y poblados de la costa y sierra peruana así como los hechos de corrupción vinculados a la empresa brasilera Odebrecht  ponen en cuestión la forma como se ha organizado la convivencia democrática en el Perú. Como bien se ha señalado: el problema principal no es la naturaleza con sus periódicos eventos, el evento de El Niño se viene estudiando y monitoreando, sino la reiterada incapacidad del Estado peruano y sus autoridades de planear la prevención para que no afectara a las poblaciones.

Este modo actual de operar del Estado peruano tiene un antecedente cercano en los años noventa cuando hubo una reacción muy contraria a promover la planificación como una herramienta que permitiera proyectar políticas públicas de largo plazo, basadas en grandes consensos públicos. Posteriormente con el inicio del siglo se promovió la transición a la democracia, pero aquél estilo siguió funcionando en el Estado. La democracia como sistema político se basa en que se gobierna en favor de la ciudadanía; son ellos su base y razón de ser. Teóricamente todos cuentan. Sin embargo, pareciera que el desastre ha despertado a muchas autoridades: vemos a los ministros o alcaldes activos en las regiones y pueblos coordinando la ayuda o a los helicópteros que recogen a las personas incomunicadas por huaicos, o personas de diferentes lugares se movilizan para llevar comida o ayuda a otros que la necesitan.

DEBILITANDO DEL ESTADO

Pero esta imagen no ha sido el común denominador de la gestión del Estado. Al contrario la gestión pública se alimentó durante la democracia de la negociación de los círculos de poder económico cercanos al poder político; ellos han sido los que han marcado la dinámica política que encauzó inversiones de todo tipo. Como  vamos conociendo esto se ha prestado a todo tipo de negocios y negociados, de todos los tamaños al servicio del cliente. ¿Quiénes han sido los protagonistas de este modus operandi? Pues representantes políticos (alcaldes, congresistas, gobernadores regionales, ministros etc.), dueños de empresas grandes, medianas y pequeñas y los propios funcionarios o tecnócratas del Estado tanto a nivel nacional, regional como local, pues se han hecho de la vista gorda o han relajado y/o torcido la ley o no aplicaron las  medidas de control sobre concursos u obras. En definitiva el desastre actual no hace testigos de cómo en democracia el Estado peruano ha venido sirviendo como un medio para los negocios privados o ganancias personales, sin importar las necesidades de las poblaciones, la prevención o la calidad de las obras.

En esa lógica la inversión pública ha sido disminuida y postergada por aquella idea nefasta de que el Estado es ineficiente y no sabe gestionar los recursos. Esta leyenda negra tiene que cambiar porque va contra la posibilidad de generar grandes proyectos de inversión. Por ejemplo la empresa Sedapal en varios momentos se ha pretendido privatizar, y cuya infraestructura no se renovó ni amplió. Hoy sabemos que solo puede guardar agua  atender al 10% de la población de Lima o solo durante 5 horas. La población creció pero la empresa no se puso al nivel de la demanda ciudadana,  y este es un servicio básico o como ocurre con la salud pública donde los hospitales y centros de salud son escasos o cuentan locales precarios o con falta de materiales para atender a la población en tiempos normales.

Y en el caso de Odebrecht, se ha preguntado insistentemente: ¿por qué no se planificó y construyó una nueva carretera central en vez de la Interoceánica? O ¿por qué se hizo un tipo de carretera cuyo movimiento no justificaba la inversión? La razón económica y pública de construir la Interoceánica, solo se explica por la cercanía de los representantes de la empresa al poder político en los gobiernos de Toledo y García y de las coimas entregadas a varios niveles. En pequeño hay también otros ejemplos del conocido afán de “hacer obras” en gobiernos locales enfocados en el cemento y ladrillo, que muchas veces llegan al absurdo como han sido algunos monumentos en las plazas de armas o enormes coliseos, allí donde no había servicios de salud. La descentralización ha sido una apuesta importante para democratizar el poder central generando muchos polos de gobierno, lo cual debiera ser un avance en democracia. Sin embargo, constatamos que en muchos lugares los vicios del gobierno central se repiten en otras instancias que no incluyen a los ciudadanos más vulnerables. Pero esta película no estaría completa si no colocamos a los ciudadanos y ciudadanas que votan y eligen “al mejor postor” o sea al que tiene dinero pero no conoce las necesidades o se resignan al “que robe pero que haga obra.”  Encontramos a la población que haciendo uso de los mecanismos democráticos electorales también ha justificado a la corrupción o se enfocó en otra cosa y no controló a sus autoridades.

SACANDO LECCIONES:

Presenciamos los casos terribles ocurridos en las zonas periféricas ciudades y poblados rurales en donde el poder político local y regional claudica de su autoridad, permitiendo y/o promoviendo que la gente habite zonas de huaico o lechos de ríos. Estas poblaciones actualmente lo han perdido todo. Seguramente la precariedad o la necesidad de tener casa lleva a estas personas a ubicarse en cualquier lugar; sin embargo, vistas las desgracias materiales y humanas de las que somos testigos hoy, no podemos justificar estas acciones. Esto tiene que cambiar. En democracia, asegurar la vida de la población es deber de la autoridad y del ciudadano.

Repetimos vivir en democracia implica que las necesidades y demandas de todos los ciudadanos cuentan porque cada quien vale como ser humano. De allí nace la democracia, cada persona un voto. Y esta es la gran lección que tenemos por delante. El Estado tiene un valor público propio, que lo demuestra al ocuparse de estas necesidades y para eso tiene que funcionar con eficacia y transparencia. La planificación y la prevención son parte de la tarea del Estado que debe ir en articulación con los profesionales expertos en cada campo. Los ciudadanos tienen que hacerse oír por la autoridad en tiempos normales. Pero nada de esto va a funcionar si continuamos despreciando e ignorando al Estado como si tratara de una peste, o cuando solo lo pensamos ajeno y nos quejamos, o  dejamos que se lo apropie el poder grande o el pequeño. En verdad, en democracia debiéramos volverlo nuestro aliado, no nuestro enemigo. Pero claro el estado es un aliado que necesita democratizarse: abrir puertas y ventanas para impedir la corrupción, ejercer los controles necesarios,  impartir justicia y asumir que necesita contar con la colaboración de las personas.

POLÍTICA Y VIDA COTIDIANA

Queremos pensar que la solidaridad que representa un sentimiento tan positivo que nos ha movilizado en estos días, también pudiera canalizarse en la vida cívica cotidiana porque es allí donde podríamos compartir la voz y acción para atender tantas necesidades ciudadanas y reconocernos como parte de un mismo Perú como lo estamos haciendo. La política y la vida cotidiana no son campos separados, si algo se nos revela en estos días es la íntima relación entre las vidas afectadas de tantas personas y esa mala política, contraria al sentido de la democracia y de la política misma, que ignora a las personas y sus necesidades. Como ciudadanos también saquemos nuestra lección en estos días, valoremos la democracia y no dejemos que otros actúen por nosotros. Colaboremos a poner al centro las necesidades de las personas y a que el Estado se ocupe de gestionar democráticamente los bienes públicos.